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Perseida

por Jesús Serna Quijada
Ilustración de Jano

Sec. 29. Plaza del Carmen. Ext. Noche. La luz del proyector arroja a Keaton sobre la sábana de cal de una casa baja. Mendoza entera, doscientas, trescientas personas, miran cómo centellean las imágenes que susurra la caja prestidigitadora. Parpadeo de abanicos. Limonada, sandía y Charlot friendo un huevo de avestruz. Los ojos encandilados de las adolescentes. Todos sus sueños en una tira de celuloide. Pasodoble improvisado, foxtrot y Lloyd en el baño vestido de marinero. Alguien sonríe y aplaude desde una ventana. Dan las once. De repente, la luz del proyector se vuelve arcoíris y un velo de niebla cubre la plaza. Un dragón de agua y diamante cruza el cielo de Mendoza y fugaz se desvanece.

Perseida. Ilustración de Jano.

Jesús Serna Quijada nace en Albatera y se forma en Alicante, Madrid y Santiago de Chile como cineasta y filólogo. Diplomado en Dirección de Cine y Realización de TV por la Escuela Superior de Artes y Espectáculos TAI (Madrid) en 2005 y Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante en 2012. Participó en el Taller de Poesía de Raúl Zurita (Premio Nacional de Literatura en Chile) en la Universidad Diego Portales de Chile (2009). Trabaja en educación, impartiendo clases de teatro a niños y ancianos, y compagina su actividad creativa con colaboraciones en diversos proyectos audiovisuales, entre los que destacan Paisajes de mujer (2005), Polvo de hadas (2006) y Los sentados (2011). En 2005 publica la colección de poemas A boca de verso, y en 2013 su primer libro de relatos: Girasoles en Venecia.
Desde entonces, ha recorrido diversos rincones de la Península participando en tertulias, recitales, presentaciones, artículos literarios, etc., dando a conocer Girasoles en Venecia. Actualmente, está inmerso en su nuevo proyecto literario y en otros proyectos artísticos relacionados con el cine y el teatro.
Le interesa la imagen, la periferia de la imagen, su impureza. La escritura como juego de espejos, como reescritura. El laberinto. Su obra se desarrolla en el corazón de un mandala de miradas, palabras. | www.jesussernaquijada.com

Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico. | janoilustracion.blogspot.com

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Cerezo, roble, nogal y caoba

por Jesús Serna Quijada

El olor a serrín me regresa a la infancia, a la serrería de padre que tú no llegaste a conocer. Recuerdo las ratas royendo los sacos de viruta y astillas. Recuerdo a madre guisando en el patio, desollando conejos, por qué lloras, mamá. Todavía no dormías en su vientre. También recuerdo a padre fabricando juguetes con alambre y maderos. La bola del mundo colgaba de una viga en el cielo del taller. Hermano, hermano, entonces la vida era otra cosa: cerezo, roble, nogal y caoba. Yo tenía un microscopio y me asomaba a su ojo para perderme en las geografías infinitas de los insectos. Junto al banco de trabajo descansaban la tele y una mecedora. Recuerdo el olor a madera húmeda las tardes de lluvia. Y el fuego abrasando la serrería tres días antes de tu nacimiento.

Jesús Serna Quijada nace en Albatera y se forma en Alicante, Madrid y Santiago de Chile como cineasta y filólogo. Diplomado en Dirección de Cine y Realización de TV por la Escuela Superior de Artes y Espectáculos TAI (Madrid) en 2005 y Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante en 2012. Participó en el Taller de Poesía de Raúl Zurita (Premio Nacional de Literatura en Chile) en la Universidad Diego Portales de Chile (2009). Trabaja en educación, impartiendo clases de teatro a niños y ancianos, y compagina su actividad creativa con colaboraciones en diversos proyectos audiovisuales, entre los que destacan Paisajes de mujer (2005), Polvo de hadas (2006) y Los sentados (2011). En 2005 publica la colección de poemas A boca de verso, y en 2013 su primer libro de relatos: Girasoles en Venecia.
Desde entonces, ha recorrido diversos rincones de la Península participando en tertulias, recitales, presentaciones, artículos literarios, etc., dando a conocer Girasoles en Venecia. Actualmente, está inmerso en su nuevo proyecto literario y en otros proyectos artísticos relacionados con el cine y el teatro.
Le interesa la imagen, la periferia de la imagen, su impureza. La escritura como juego de espejos, como reescritura. El laberinto. Su obra se desarrolla en el corazón de un mandala de miradas, palabras. | www.jesussernaquijada.com

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Líber

por Jesús Serna Quijada

Ermita Santo Sepulcro. El chocolate lo sirven en vasos de plástico. No todos toman, porque hace calor. Tampoco todos se divierten. Tú miras la exposición de mandalas que decora las paredes. Los han coloreado unos niños del barrio en un taller de teatro y pintura. Suena Camela y bailas. Mueves los hombros, más bien. Alguien te saluda, Líber, y tú sonríes. No te quedan dientes en la boca. Pálida, tímida. Te recuerdo dibujando rayuelas y subiendo hasta el cielo. Te recuerdo en los tubos del parque esnifando pegamento. Libertad. Como la estatua. Te acercas al puesto de ayuda inmediata y te pruebas unos zapatos. Unas adolescentes improvisan una coreografía. Las miras bailar. Les sugieres unos pasos. Y luego pides un vasito de chocolate. Tus ojos siguen siendo hermosos, te digo. Y me miras, pero no me reconoces. Caminas por la sala. Te quedan restos de chocolate en el mentón y algo de aliento entre las costillas.

Jesús Serna Quijada nace en Albatera y se forma en Alicante, Madrid y Santiago de Chile como cineasta y filólogo. Diplomado en Dirección de Cine y Realización de TV por la Escuela Superior de Artes y Espectáculos TAI (Madrid) en 2005 y Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante en 2012. Participó en el Taller de Poesía de Raúl Zurita (Premio Nacional de Literatura en Chile) en la Universidad Diego Portales de Chile (2009). Trabaja en educación, impartiendo clases de teatro a niños y ancianos, y compagina su actividad creativa con colaboraciones en diversos proyectos audiovisuales, entre los que destacan Paisajes de mujer (2005), Polvo de hadas (2006) y Los sentados (2011). En 2005 publica la colección de poemas A boca de verso, y en 2013 su primer libro de relatos: Girasoles en Venecia.
Desde entonces, ha recorrido diversos rincones de la Península participando en tertulias, recitales, presentaciones, artículos literarios, etc., dando a conocer Girasoles en Venecia. Actualmente, está inmerso en su nuevo proyecto literario y en otros proyectos artísticos relacionados con el cine y el teatro.
Le interesa la imagen, la periferia de la imagen, su impureza. La escritura como juego de espejos, como reescritura. El laberinto. Su obra se desarrolla en el corazón de un mandala de miradas, palabras. | www.jesussernaquijada.com

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Abuela

por Alberto Albert Alonso

Este cuento ha recibido una Mención en el I Certamen Literario Mario Benedetti, organizado por el Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti de la Universidad de Alicante

Sé que a ella le gustaba que la besaran. Lo veía cada vez que comíamos todos en la mesa. Ella miraba la huella de los labios en los vasos y echaba de menos los besos que le dábamos cuando éramos todos pequeños. Acostumbraba, a la hora de la comida, a observar de pie cómo comíamos. Solía tocarse las muñecas. «¡Échate alcohol, abuela!» le decía mi gente. Las tenía secas. Intentaba redondearlas con los dedos, girándolas. Y nos miraba. Sonreía. Parecía estar feliz de vernos comer en silencio. Era el mismo silencio que habrá dentro de nuestras tumbas, el día en que muramos. La mesa era un ataúd.

Esta mañana ha empezado todo. Una oliva podrida ha caído en el parabrisas del coche, justo en el punto al que yo miraba. Se me ha puesto negra la vista. Y todo por aparcar el coche en un campo de olivos. Ya se lo dije a mi gente y ellos insistieron en salir con mi abuela desde la casa en que aprendió a ser muñeca. Ella ni se ha enterado, o eso creo. Como ella quería que yo rezase, yo he rezado. Pero esa oliva ha hecho que me perdiese en el padrenuestro, aunque es cierto que me ha servido de excusa para dejar de recitarlo, porque apenas me acordaba ya y me entraba miedo.
Y seguía allí, en el coche fúnebre. Estaba sentado detrás, a la izquierda. A mi derecha iría ella, mi abuela, tumbada y de camino a la tumba. Yo, mientras, le leería en voz baja unos versitos que escribimos juntos. Había visto cómo le desataban las muñecas, atadas en cruz a la cama, y cómo la bajaban. Vi sus estigmas. Luego, quise ver el interior del ataúd para ver si yo también cabía. La trajeron al coche, tambaleándose.

La vida está para poder ser independiente e ir solo, sin ayuda de nadie, porque ya necesitaremos esa ayuda cuando muramos y alguien tenga que llevarnos a la tumba. Mi abuela fue acompañada en vida, compañía represora, e iba también ahora (¡lástima no poder ir solos también a la tumba!, porque conocemos muy bien el camino, como el niño castigado que va solo a ponerse cara a la pared).

Cuando la pusieron a mi lado, comencé mi prometido recital.

Camino al cementerio, vi que el viento movía de un lado a otro los campos de trigo, ovacionándonos. Y las nubes se agrupaban para consolarse. No pudieron evitar, al final, echarse a llorar. Al final, llovía, abuela. Pero llovía como algo gris, enfermo.

Yo iba al lado de ella, con la mano derecha sobre el ataúd, donde yo intuí que estaría su corazón. El ataúd estaba frío y yo ya no supe si el calor de la palma de mi mano era porque estaba sudando, al tacto de la caja, o porque ella aún latía.

Algunas gotas de lluvia se quedaban agarradas a la ventana. Querían vernos, abuela. Era nuestro público. Los charcos de la carretera las llamaban y ellas no querían ir. Tenían que ser el viento y la velocidad quienes las empujasen hasta el asfalto, y allí morían, en los charcos.

Conducía mi gente. Yo quería que fuese San Pedro el chófer, para que me llevase con ella. Quizá yo no vaya al Cielo, abuela. Pero ellos, ellos ya no te verán nunca más. Ni tú los verás a ellos, porque quedarán encerrados en el Infierno. Aún no saben que me he dejado abierta la llave del gas, antes de salir de casa.

No tengo pensado volver a esa carpintería, donde te tallaban para ser títere de madera, con cuerdas e hilos por todos lados, con tus estigmas, no me olvido, en las muñecas. No tengo pensado volver a esa casa porque ella también ha muerto al morir tú. Yo me iré a oler café a las cafeterías, porque huelen a domingo y allí esperaré tu resurrección, abuela.

Ya en el cementerio, el cielo toca sus tambores de truenos. ¡Qué triste ha sido ver, a la luz de un maldito relámpago, el agujero de tierra donde descansarás en paz! ¡Y ser ese el último banquete al que asistamos! Y no podemos preguntar dónde está la comida, ni pedirla, porque los gusanos se reirían de nosotros. Oigo risas. Creo que no son los gusanos, al menos todavía. Son otros. ¡Por favor! ¡En el cementerio no cabe la risa! La risa se fue con Adán, se fue con Eva, cuando expulsaron a los tres del Paraíso.

Ha sonado un golpe al dejar el ataúd en el suelo. Estamos esperando al enterrador. Se alarga la agonía. Mi gente comenta: «¡Ya empieza a oler esto!». Y yo les maldigo. Mi abuela no huele. Ni mi abuela es “esto”. Ella es la santa que os ha cuidado a todos, gente. Yo me arrepiento enormemente de no haber dado más salida al gas.

El ataúd se moja. Está frío. Es una bañera a rebosar. El ataúd mal cerrado es lo que te está mojando las alas, abuela. Ellos no te lo han cerrado bien para que se te mojen y no puedas volar. Tus alas, abuela, tus alas. Recuerdo, ahora, cuando me decías: «Cariño, no cojas las mariposas, no toques sus alas, porque les quitas el polvillo y ya no pueden volar más». A ti te tocaron demasiado las alas, abuela.

Y mientras voy pensando en volver andando hasta la casa de los olivos para darle fuerza a la llave del gas, mi gente deja que el ataúd se moje, pero ellos bien secos bajo el paraguas. Secos como sus corazones.

Entonces, me acerco a él, me arrodillo y lo cubro con mi paraguas. En ese momento, esperando al enterrador, empiezo a recordar el drama de esta muñeca de porcelana.

A mi abuela le pusieron los grilletes nada más nacer. Su madre no quiso cortarle el cordón umbilical hasta haber hecho de ella una señora. Iba a casa de sus tías cogiéndose del cordón para no perder de vista a su madre, que iba delante. Luego, cuando iba a casa de alguna amiga, se sentaba al lado de la ventana de la habitación para poder echarlo a través de ella: su madre, desde casa, oía las risas y, entonces, daba un tironcito de cuerda y mi abuela se ponía seria, se ponía señora.

Su madre decidió cortárselo a mi abuela cuando se iba a casar. Agarró las tijeras y le dijo: «Hija, mira bien qué voy a hacer, porque lo mismo tendrás tú que hacer con tu hija». Mi abuela, entonces, se sorprendió. Era la primera vez que oía la palabra “hija”. A ella todos la llamaban “muñequita”. Aseguró (o tuvo que asegurar) que no le dolió el corte. Ni siquiera sangró. Eso sí: tenía muchos sudores y muchas dudas. Quizá fueron las dudas las que le permitieron no pensar en el corte.

Y después de eso, su marido le ató los pies, uno al otro. Empezó a sentirse pingüino con el paso corto, con la frialdad de la casa y con el agua helada. Ya era una señora.

La vida se le hacía cada vez más larga y, para abreviar la seguridad de morir un día, decidió volverse loca. Lamentablemente, lo que ella creía que era una decisión, una voluntad, no era más que el resultado de unos acontecimientos que lo habían ido provocando. Enloqueció de manera natural porque se ahogaba, porque se moría de frío en esa casa, siendo pingüino, porque tuvo que regalar su vida a otros.

Luego, vinieron los arco iris tristes, que tenían colores negros, vinieron las nubes con asma, que no podían respirar bien el agua del mar, vinieron los esguinces en la maratón por la que se corre encorsetado en unas mallas fosforitas, con el corazón negro; vinieron más y más momentos que recuerdo de las tardes con mi abuela, ella cogida de las manos a la cama y yo a su lado, sentado en una silla, escuchándola decir todo eso.

Yo me creía todo lo que contaba (¿por qué no?) y aprendí a ver esos arco iris unicolores, esas nubes enfermas, esos mares sin nadie que los respirase, y aprendí a verme vestido con las mismas mallas que llevó mi abuela. Me encorseté como ella.

Pero llegará el día, si no es hoy ese día, en que reúna fuerzas y le haga el boca a boca a las nubes, para que dejen de estar enfermas (porque nos echan lluvia gris, pachucha) y puedan respirarlos a todos, y los dejen caer desde miles de metros. Llegará ese día, abuela.

Tú me enseñaste en la vida muchas cosas que definen el miedo, que definen la agonía. Y yo, para comprenderte, he acabado sintiendo un mismo miedo y una misma agonía. Pero no me importa, ya te digo, porque yo también soy mártir. En tu bajada de la cama, la cruz en la que estuviste por mucho tiempo, vi que los estigmas de tus muñecas te habían llegado hasta el hueso y que estaba raspado.

Comprendí, entonces, que tú misma, en impulsos, tratabas de quitarte los grilletes que te dio la vida, cuando aparentemente te rascabas las muñecas porque las tenías secas («¡Échate alcohol, abuela!»). Intentabas quitártelas, ¿verdad? Yo he decidido tomar el relevo de tu martirio para comprenderte, porque te quiero.

La muñeca de porcelana ya ha explotado en sus propios añicos de blancura perfecta. Espero que ahí dentro, ahí donde ella va, no siga raspándose las muñecas. Ya las tienes libres, abuela.

El enterrador no llega. Sigue lloviendo. Algunos que estaban ahí plantados, en tiestos, pisando barro, se han marchado. Quedamos unos pocos. Solamente unos pocos y yo cada vez huelo más a gas.

Las hojas negras de los árboles se pegan a mi cuerpo con la lluvia y el aire. Parecen querer amordazarme. Y yo encantado: porque llueve, porque hace frío, porque yo también quiero conocer a los gusanos. Mi gente me mira con rostros como de goma, o de cera, no sé muy bien. Están hinchados. No se atreven a hablarme, me miran de reojo y se miran entre ellos. Veo algo que me hace sonreír: unos cuerpos de cera deshechos, unas gargantas rotas de gritar, unas caras descarnadas. Satanás les espera en la casa de los olivos.

A mí me da por pensar: «tú y yo nos vamos a ir, abuela, tú en mis brazos como cuando yo, niño, iba en tus brazos». Pienso eso una y otra vez. Quiero robar el cuerpo de mi abuela porque aún no comprendo cómo no ha resucitado. O tal vez ya sí y no me he dado cuenta. Quiero abrir el ataúd para ver si está su cuerpo. No me importa que me miren. Empiezo a abrir la tapa… y una mano con guantes deshilachados la cierra. Es el enterrador.

Parece que no esté pasando nada. Esto se acaba. No me gusta el sonido de la pala. El enterrador intenta hacer el hoyo más profundo, pero cava en balde porque no hace más que llenarse de agua, y se embarra. Y sin pensarlo dos veces, echan a mi abuela (o al ataúd sólo, no lo sé) como si fuera un barco. No sé si vas dentro, abuela. Me apetece llorar. Es tu entierro, y parece que esté asistiendo a tu parto. Estás en agua, en barro. Parece todo eso una placenta. Pero ya no hay cordón umbilical, ni grilletes, ni muñecas rotas, porque ya no hay muñeca.

Y el día en que te mueras, abuela, verán todos que habrá una oliva podrida en el parabrisas del coche, enfrente de mi pupila. Verán todos que habrá lluvia, que habrá viento. Todos escucharán, el día en que te mueras, el recital de nuestros versos. Todos verán cómo cierro tu ataúd, para que no te mojes. Recordaré tus arco iris, tus nubes, y mi luto serán unas mallas negras. Verán que el enterrador llegará tarde, el día en que te mueras. Nos mojaremos. Se reirán, los conozco. Comentarán, lo sé. A mí me amordazarán las hojas de los árboles, el día en que te mueras. Y tú te habrás perdido en una placenta de barro. Pero yo, te prometo, me sumergiré y te sacaré de ella para irnos juntos a celebrar con un desayuno tu resurrección, cualquier domingo.

Les llegará a todos un olor a gas, al volver de tu entierro. Yo ya huelo a gas, a fuego, a brasas. Pero ahora ustedes no se chiven, por favor. No se chiven.

Alberto Albert Alonso (Petrer, 1993) es estudiante de Filología Hispánica en la Universidad de Alicante. Aficionado a la lectura y a la escritura. Sus metas son el multilingüismo y la interculturalidad. Viajar por viajar. Otro superviviente del mundo deshumanizado. «No será el miedo a la locura lo que obligue a bajar la bandera de la imaginación.»

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Los tulipanes

por Joaquín Lameiro Tenreiro

Ilustrado por Lucía Torres Rosende

–He leído… he leído una reseña a una traducción de Dylan Thomas; una traducción nueva… bueno, eso no importa… y dice que es algo superficial…

–¿La traducción?

–No, no… Dylan Thomas… Su poesía… Que es algo superficial. Que suena muy bien, pero que no es profunda, especialmente antes de The Map of Love. ¿Tú estás de acuerdo?

–Bueno, es posible… Tal vez los primeros libros no sean muy profundos…

–Pero… no sé… a mí me gusta. Me parece muy bueno. ¿No te gusta, a ti?

–Yo no he dicho que no me guste. Pero tal vez el crítico tenga razón. Sólo eso.

–Ya… pero es que ahora parece que la canción está desprestigiada. No lo entiendo… no…

–¿Qué canción? ¿De qué me estás hablando?

–Quiero decir… ¿Me estás escuchando? ¿Me…

–Sí, sí… Puedo hacer esto y escucharte… Somos multitarea, ya sabes.

–Quiero decir… ¡Multitarea! ¡Vaya!… que Dylan Thomas es un poeta de la canción, no es un filósofo. Pero, ¿y qué pasa con toda la poesía cortés medieval, o con Espronceda, o con todo eso? ¿No es digno, eso? No descubre grandes verdades intelectuales, pero… es otra cosa… a su manera también es profundo. Es la profundidad de la tradición, de la tierra… y se expresa mejor cantando que filosofando… lo compara con Eliot y con Auden… Pero ¿qué tiene que ver? Una época no hace a un poeta. Son verdades distintas, las de Thomas y Eliot. Y yo prefiero la de Thomas, qué demonios.

–Oye, mira… A mí también me gusta Dylan Thomas, pero creo que estás sacando las cosas de quicio. Puede que el
crítico tenga razón.

Mientras dice esto (razón), levanta los ojos azules de los geranios hacia él, y arquea ligeramente las cejas negras y
finas. Luego todo se convierte en una media sonrisa con algo de socarronería complaciente. Poco antes, en el oye, mira, se ha dado la vuelta, para mover la maceta del fregadero a la mesa, y ha sido sólo entonces cuando ha dejado de darle la espalda. No ha sido interpretado como un gesto de descortesía o desdén por parte de su marido, porque venían hablando ya desde el dormitorio, cuando ella había cogido la maceta con los geranios y la había llevado hasta la cocina. Y él había ido detrás de ella todo el tiempo, como el vagón del carbón, haciendo rechinar las ruedas sobre ir al cine, el domingo y, por último, la reseña sobre la nueva traducción de Dylan Thomas. La locomotora había seguido hasta el fregadero sin dejarle saber a él que era ella la que dirigía y él el que era arrastrado, y aquí están en este momento. Las conversaciones suelen ser así, porque, aunque se reparten las tareas que a ninguno de los dos les gustan, ella hace el resto de las cosas que no son estrictamente necesarias, pero sí de agradecer. Y, en general, ella es más activa y suele ir por delante. Pero no importa, porque tiene una espalda bonita, con ese lunar tan característico en el hombro izquierdo y la columna recta y bien marcada.

–No sé que les pasa… creo que hay poca luz en la ventana del dormitorio. ¿Qué es eso de qué demonios?

–¿Mmh?

–Siempre me han hecho gracia esas expresiones tuyas. Son como de doblaje de película, o algo así.

Qué demonios es una buena expresión, ¿no?

–Sí, sí… si eso te digo. Que me hace gracia. Eres un tipo peculiar.

–¿Peculiar?

–Sí, siempre lo has sido.

Un tipo peculiar… eso si que es de películas. Como en el Nido del Cuco… Peculiar, peculiar.

–Sí… Peculiar.

Él

Él

El sol entra distante por la ventana de la cocina, como un pollo perdido buscando a su mamá gallina. Pero, como todas las gallinas, todos los edificios del bloque son más o menos iguales, y el pobre pollo no sabe bien a dónde dirigirse. Debajo, ocho pisos por debajo, la mañana del domingo circula somnolienta en una furgoneta de reparto y se pierde por entre los periódicos y el pan. Es como una mañana de Reyes, pero sin cartones en los contenedores, bicicletas nuevas y coches teledirigidos. En los niños piensa él cuando apoya la frente en el vidrio. Luego queda una marca y trata de dibujar algo en ella, pero no sabe bien qué, y acaba haciendo tres rayas cruzadas. Las tres rayas cruzadas le recuerdan a un embrión de estrella o asterisco, y añade otras dos. La imagen que tiene en mente es la de la panorámica de la noche en el pueblecito de Gepetto que abre la película de Disney. Algo así quiere él. El texto es bueno, poético, incluso; ¿por qué a los niños no se les ha de dar derecho a la justicia poética? Antes va la estética que la ética. Por lo menos para un niño. Y ella lo sabe y por eso sus textos son tan buenos. Una escritora infantil tiene que haber leído a Saint-Exupéry, pero también a Dylan Thomas. Eso es lo que el crítico de la reseña no comprende. Y las
ilustraciones han de estar a la altura del texto. Cinco años colaborando juntos y siempre queda camino por andar. Cinco años durmiendo juntos y a veces parece que nunca encontrará el delineado apropiado para los textos de ella.

–¿Cómo sabes que es un hombre?

–¿Quién?

–El crítico

–¿No lo es?

–Sí

–Claro. ¿Cómo si no?

–Ya.

Puede ser una buena idea lo del cine –mientras lleva los geranios de vuelta a la ventana del dormitorio–, a él le vendrá bien. Tan inmerso en las ilustraciones. Nunca las considera a la altura, aunque ella sabe que son muy buenas. Pero él cree que se lo dice por complacerlo. Siempre ha tenido ese deje de docilidad. Es a la vez tierno e irritante. Y luego podrían bajar al centro a tomar algo. En realidad, ese afán de perfección hacia su trabajo no depende tanto de que esté a la altura del texto, sino de que esté a la altura de él mismo. Y de ese mismo afán de perfección resultan también esos comportamientos extravagantes, los cambios de humor, el odio visceral a un crítico sólo porque dice que tal vez los primeros libros de Dylan Thomas son poco profundos. Ahora lo oye ir hasta el salón y el ruido mecánico y como de autopista de la bandeja del reproductor deslizándose hacia fuera. Luego hacia dentro. Un piano que ella cree  reconocer rueda hasta el dormitorio.

–¿Qué es? ¿Chick Corea?– se asoma a la puerta del salón.

–¿Qué?– gira la cabeza hacia ella y chasquea los dedos de ambas manos.

–¿Qué es? ¿Chick Corea?– se apoya en el marco, como las mujeres de Leonard Cohen.

–Aha. Las Children’s Songs.

–Es luminoso. Vendrá bien para los geranios– hacia la cocina de nuevo.

–Sí, claro…

–¿Vamos al cine, entonces?

–Pues… no sé. Como quieras.

–¿Qué?

–Como quieras.

–No… como quieras tú.

–Pues oye, mejor no…

–¿No?– la cabeza morena aparece brillantemente por el marco, horizontal y cómica.

–No. Quiero ir a pasear yo solo… si no te importa…

–Claro… haz lo que quieras.

–Gracias– mascullado, pero la cabeza ya ha desaparecido, como una paloma en un sombrero.

Tulipanes

Los tulipanes

Vistas desde arriba, las botas tienen un aspecto extraño. Aparecen y desaparecen alternativamente, como dos intermitentes descompasados. No parece que avancen. Parece, más bien, que lo que se desplaza es la acera. El movimiento lo hace pensar en un metrónomo. Le gustaría aprender a tocar el piano. Con el dinero de la última publicación podrían plantearse el comprar uno a plazos. Uno de esos de pie, que parecen tostadoras o radios de otra época. Tendrá que hablarlo con ella. Tal vez le parezca buena idea. A lo mejor ella también quiere aprender. Luego podrían tocar piezas a cuatro manos. Sería como hacer el amor, pero podrían hacerlo delante de invitados. A él, por una parte, le gustaría aprender a tocar como Chico Marx en las películas. Uno de esos graciosos ragtimes haciendo monerías con las manos y poniendo caras. Eso la divertiría a ella, como una de las niñas que ponen siempre cerca del piano en esas escenas y que se mondan de risa. Pero, por otro lado, también querría hacer algo más serio. Improvisaciones y todo eso. Espera que ambas cosas no sean incompatibles. En cualquier caso, será autodidacta. No se ve con paciencia para aguantar a un profesional y los estudios de Chopin. Nunca le han gustado los profesionales en el arte. Él está más del lado del “rudo oficio” de Dylan Thomas. Lo que se pierde en técnica se gana en frescura, en idiolecto artístico. Se sorprende de haber inventado de forma tan espontánea un término tan apropiado como idiolecto artístico. A esa creatividad es a lo que se refiere. Eso no es profesional. En todo caso, el piano quedará bien en el salón.

En esta calle, unos pasos más adelante, hay una tiendita de flores y productos de jardinería. La dueña es una señora muy anciana que lo hace todo con una parsimonia desesperante. Es como si todo lo que hiciera lo hiciera acariciando. A él esto lo pone un poco de los nervios. Pero le gusta la tienda. Es pequeña y abigarrada de colores, olores y tacto de madera. Le recuerda a un cuadro impresionista, como si todo, flores, maderas y anciana fueran puntos de color. A  veces también le recuerda a Nueva Orleáns, aunque de esto no está seguro, porque nunca ha estado allí. En el fondo, no es otra cosa que una ilustración de Roberto Innocenti troquelada, o más bien arrugada. Todos los pequeños detalles fuera de su sitio, pero formando un conjunto coherente.

Entra y a los cinco minutos sale con un par de pequeñas patatas en una bolsa. Deben de ser más de las siete. El sol anaranjado oscila a poca altura de la calle. Hay una cabina en una plaza cercana. Llega allí mientras revuelve en el bolsillo del pantalón hasta que encuentra cincuenta céntimos. Son italianos y le da pena deshacerse de ellos. Finalmente descuelga, introduce la moneda y marca. Unos segundos y el teléfono digiere la moneda con un sonido de juguete roto. Sí, está solo. Tiene dos o tres horas. Lo que ella quiera. Donde siempre estará bien. Entrará ella primero, él llegará un cuarto de hora después. Bien. Hasta luego, entonces.

A través de la cortina amarillenta entra aún un poco de luz natural. Pero la habitación está en penumbra. Sentado en una silla de madera con un tapizado ridículo en el contexto de la habitación, la mira desnuda y larga en la cama. La cortina, movida por la brisa, hace que la poca luz baile sobre su cuerpo y lo haga cambiar de aspecto continuamente. Lo divierte verla ahí, tintineando como uno de esos móviles de piezas de metal que ponen a las puertas de algunos establecimientos.

–Me gusta el ambiente festivo de las noches del final de la primavera…

–¿Qué es eso? ¿Cebollas?

–O del principio del verano. Creo que es más bien eso.

–Sí; tienen algo de perfume y coñac en las terrazas.

–Vaya. Eso es poético.

–Lo siento.

–No son cebollas. Son tulipanes.

–¿Tulipanes?

–Bueno. Serán tulipanes, si ella los hace crecer.

–Parecen cebollas, o patatas.

–Ella dice que eso es lo bonito. Que de algo tan prosaico salga una flor.

–Tú la quieres mucho, ¿verdad?

–¿Cuál es tu flor favorita?

–No sé. La rosa, supongo. Como todas las chicas sin novio.

–Ya.

–Del uno al diez, ¿cómo la quieres?

–Del uno al diez es poco.

–¿Infinito?

–¿Infinito? No. Infinito no. No se puede querer nada hasta el infinito. Es como no quererlo siquiera.

–Bueno, ¿cómo entonces?

–Supongo que algo intermedio. Entre diez e infinito.

–Eso es mucho.

–Es suficiente. Quiero comprarme un piano.

–¿Para qué?

–Para aprender a tocar como Chico Marx.

–Pues cómpralo.

–Uno de esos pianos de pie, que son como tostadoras o radios antiguas.

–¿Ella qué opina?

–Aún no se lo he comentado. ¿Qué crees que dirá?

–Creo que dirá que sí. Podrá poner los tulipanes encima.

–Sí. No lo había visto así…

Por la ventana comienza a entrar el murmullo del “coñac en las terrazas” y un coche ronronea una dirección de vuelta a casa. Esto le hace pensar en la hora. Debe irse ya. Tiene algunas ideas para las ilustraciones y no quiere llegar demasiado tarde. No le gusta trabajar de noche. Está bien. Nos llamaremos. ¿Cómo van las ilustraciones? Bien, bien; saldrán adelante. Como siempre. ¡Como siempre! Se gira sobre la cama y exhibe la espalda recta y blanca. Él se levanta, la besa en el hombro izquierdo y se va.

Ella

Ella

A los diez minutos, se pone las bragas y va al cuarto de baño. Se sienta sobre la tapa del váter, y se encoge, abrazándose las rodillas. Puede verse en el espejo. Gira la cabeza, horizontal y cómica. ¡Un piano! ¿Dónde va a meter un piano? Se levanta y se dirige hacia el lavabo. Coge la alianza y se la coloca en el anular. Se apoya en la pileta y se mira fijamente los ojos azules. Tendrá que comprarse un libro sobre tulipanes, nunca los ha plantado. Pero un piano… Habrá que ceder. Arquea las cejas negras y todo lo que queda es una media sonrisa.

–Un tipo peculiar.

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

Lucía Torres Rosende (A Coruña, 1975) es Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Granada.

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El hombre inopinante

por Joaquín Lameiro Tenreiro

A los cincuenta y dos años se percató de lo inoportuno de la opinión. Para empezar, tener una opinión fomenta el entrar en controversia con otras opiniones, ya sea de forma expresa o implícita y, continuamente, tener que actualizar y reformular uno la propia opinión, también expresa o implícitamente. Además, es común consideración el que una opinión, para serlo, debe ser expresada. Esto implica aún mayores contrariedades, pues no solo debemos escuchar las opiniones de los demás sino que –por si esto no fuera ya suficientemente engorroso– se espera de nosotros que aportemos la nuestra, y lo que es más, que la sostengamos. Así que, a los cincuenta y dos años, cansado de malentendidos, discusiones, rencillas y reyertas, decidió erradicar de sí mismo y para siempre el vicio de opinar.
Sus primeras medidas fueron, hemos de reconocerlo, inocentes; poco radicales y por tanto nada efectivas. En un principio, partiendo de la infantil creencia de que la opinión se fomenta por medio de determinados hábitos, dejó de leer. Ni novelas, ni poesías, ni ensayos, ni, por supuesto, periódicos. También abandonó los cines, los teatros y los estadios de fútbol –estos últimos, donde las opiniones están tan a flor de piel, llegaron a resultarle tan sumamente intolerables, que incluso evitaba sus cercanías, y no salía de casa los días de partido–. Con la televisión hubo más observancias. Durante un tiempo consideró una buena cura de embrutecimiento los late-night, y fue asiduo de algunos de ellos. Pero pronto se dio cuenta de que, lejos de lo que la autoridad moral pretendía hacer creer, aquellos programas eran un auténtico hervidero de opinión… eran la olla exprés de lo opinable. Así que finalmente se decantó por no ver la televisión tampoco y, si no la tiró al contenedor de la esquina de su calle, fue por deferencia a su esposa.
Sin embargo, estos intentos de apartarse de las fuentes de opinión institucionales pronto se revelaron a todas luces insuficientes, pues seguía forjándose opiniones constantemente: por la calle, cuando una madre regañaba a su hijo, cuando una pareja de adolescentes discutían o incluso cuando un joven ejecutivo sobradamente preparado vociferaba por el móvil más de lo que su corbata se lo permitía, no podía evitar posicionarse.
Así las cosas, se resolvió por no salir de casa y, a ser posible, de su cuarto, a no ser que fuera estrictamente necesario. Volvía tarde del instituto para poder comer a deshora y solo, y el tiempo que necesitaba perder con este fin lo empleaba con el sector más conservador del profesorado, con el que nunca antes se había llevado, pero que resultó ser de gran ayuda en su propósito, pues no parecían sus integrantes interesados en inculcarle sus opiniones, ni mucho menos en recibir alguna de él, al tiempo que se mostraban satisfechos de que a su nuevo compañero se le hubiera dado por ejercer inexorablemente el voto en blanco en todo tipo de asambleas y reuniones, ejercicio que, por lo demás, era a un tiempo democrático y reivindicativo. Él, por supuesto, no se metía a opinar sobre aquello.
Llegó un momento en el que consiguió evitar incluso el mínimo indicio de opinión en las aulas. Se limitaba a repetir, clase tras clase, lo que otros antes que él habían dicho, sin opinar siquiera sobre el criterio de autoridad, pues, como no era jefe de seminario, los textos y temarios le venían impuestos y descubrió que esto, que tiempo atrás le pareciera fastidioso, se volvía ahora en un gran provecho para su proyecto. Más difícil le resultó conseguir que los propios alumnos, jóvenes e inexpertos en eso de la opinión, lo dejasen de importunar con continuas opiniones o, lo que era más grave, solicitándole la suya propia. Pero a base de repetir una y otra vez las mismas respuestas, extraídas del libro de respuestas para el profesor, hasta los alumnos más tediosamente curiosos se dieron por vencidos, y él se salió con la suya.
Fue entonces feliz, pues ya no solo no opinaba como ejercicio, sino que, fruto de este ejercicio reiterado de forma ascética durante varios años consiguió anular casi por completo –o por completo– el instinto mismo de opinar.
Pero, como suele suceder, cuando uno se las promete más felices, empiezan a llover los problemas. Todo comenzó un día en que su esposa, pensando erradamente que su marido ya no la quería, probablemente por el mero hecho de haberle él retirado la palabra durante los últimos dos años, hasta el punto que había dejado de roncar por evitar cualquier matiz de opinión que pudiera escapársele en un estado tan traicionero para esas cosas como lo es el sueño, decidió pedir el divorcio. Su marido, obviamente, no tuvo nada que opinar al respecto, si bien para sus adentros se incomodó un tanto, porque era evidente que durante la vista, por activa o por pasiva, algo tendría que opinar. Pero resolvió el inconveniente con la gracia que otorga la experiencia y, en menos de dos meses, vivía en una pensión austera, con la ventaja añadida de que comía de rancho, y no tenía así que elegir primer plato, segundo plato y postre cada día, en uno de esos pequeños resquicios de la opinión que hasta entonces le habían quedado sin tapar, y que, por temporadas, lo había torturado enormemente.
No contentos con el problema del divorcio, sus antiguos amigos –los de izquierdas– comenzaron a creer, llevados por el hábito malsano de opinar, que su compañero había caído en una depresión. Evidentemente no podían estar más lejos de la realidad, pero él, como profanos que eran, no los culpó (evitando así formarse cualquier viso de opinión) y no puso trabas en pedir un mes de baja, que pasó a ser un año, para finalmente convertirse en una jubilación anticipada.
Si hubiera tenido opinión nuestro hombre, se habría dado cuenta de que, en el fondo, la idea de sus amigos había resultado bien, pues ahora, solo y sin nada que hacer, podía por fin dedicarse en cuerpo y alma a lo que se convirtió en su única labor: evitar la opinión.
A fuerza de perseverar en su investigación sobre las formas últimas de opinión, comenzó a obsesionarse con el hecho indudable de que toda elección es reflejo de una opinión y que, por mucho que lo intentase, no podía dejar de elegir a todas horas: qué guisante dejar para el final, qué ropa ponerse –o, el más difícil todavía, que ropa no ponerse–, qué parte del cuerpo lavarse primero, con qué pie levantarse… Poco a poco toda esta avalancha de decisiones ineludibles acabó por desbordarlo.

Cuando la encargada de la pensión se lo encontró desnudo, esquelético, con la mirada perdida, encogido en una esquina del cuarto, decidió llamar a la familia.

A la semana el papeleo estaba resuelto y él era el honorable usufructuario de una plaza en el mejor asilo de la ciudad, donde lo lavaban, lo vestían, le daban de comer y, sobre todo, jamás, jamás, le preguntaron u ofrecieron opinión alguna.

Pasó así unos años, bastantes, en los que su vida se limitó a la contemplación de los árboles del patio, sin atreverse nunca a pensar si ellos tendrían menos opinión que él, por miedo a ponerse a opinar allí mismo. Murió a los noventa y nueve años de edad, en una silla de ruedas, siendo el hombre más feliz y más inopinante de la historia conocida.

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

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La persuasión

por Joaquín Lameiro Tenreiro

‘But I don’t want to go among mad people,’ Alice remarked.
‘Oh, you can’t help that,’ said the Cat: ‘we’re all mad here. I’m mad. You’re mad.’
‘How do you know I’m mad?’ said Alice.
‘You must be,’ said the Cat, ‘or you wouldn’t have come here.’
Lewis Carroll, Alice’s Adventures in Wonderland

–Y a lo mejor no está loca –dijo el otro–. ¿Y si no está loca?
–Pues, si no está loca… Pues entonces los que estamos jodidos somos nosotros.
El otro puso una cara como diciendo “Hombre…” y dijo:
–Hombre…
–No, hombre no. Ni hombre ni no hombre. Si ella no está loca, entonces estamos jodidos. Pero bien jodidos, estamos.

El otro bajó la cabeza de gibón meditabundo y juntó las yemas de los dedos. Miró hacia el suelo del corredor, que era todo manchas pequeñitas negras, grises y blancas. “¿Es un suelo de qué color? ¿De qué color es este suelo?” pensó, y luego pensó en el cielo de la ciudad, y en el cielo del campo, y en las nubes del cielo. Y pensó también “¿Cuál es, entonces, el cielo? ¿Cuál es, de todos ellos?” Y luego no pensó más, durante un tiempo, hasta que el tic-tac del reloj de la pared lo despertó. Entonces pensó que
–Pero algo loca tiene que estar… Algo medio loca por fuerza tiene que estar.
–Pero cómo algo loca ni medio loca. Si está loca, está loca, y si no, si no está loca, pues no está. Eso es así. Sobre todo en el caso que nos ocupa. Aquí y ahora.
Y se levantó del banco, dejando al otro con sus medias tintas y sus cábalas de si está medio loca o loca entera y su cara de babuino incomprensible y se puso a dar vueltas por el corredor. Y cada paso que daba sobre el suelo plástico aquel sonaba como si dijera “jodidos, estamos jodidos, estamos jodidos.” Y luego pensó “Tengo sed” y se dejó de dar tanta vuelta y tanta jodienda y se dirigió al tanque de agua, cogió un vaso de cartón y lo llenó con agua del tanque. Miró dentro del vaso y vio el agua y algunas burbujas de aire que se adherían a las paredes del vaso. “Y cómo es que puedo ver el agua, que es incolora, pero bueno, eso es un efecto óptico, porque es incolora y transparente pero modifica la trayectoria de la luz, pero lo que es peor es cómo puede ser que pueda ver las burbujas, que son de aire. Aire dentro del agua. Pero el aire fuera del agua, el aire en el aire, ese no lo puedo ver. Y, lo más extraño de todo, que de todo lo que veo, lo que menos veo es la luz, y eso cuando la veo. Y yo veo la luz allí, por debajo de la puerta de los despachos, porque allí hay luz y aquí no. Porque si hubiese luz aquí, y ahora, entonces no vería la luz que hay debajo de la puerta que da a los despachos, aunque estuviera ahí. Esto, más que otra cosa, me inquieta” y terminó de pensar y entonces sintió que el agua, pero el agua, no el vaso, era muy pequeña. Era un agua demasiado pequeña y esto también lo inquietaba, porque el vaso, “el vaso es el de siempre, es decir, uno como los de siempre, es decir, el de siempre” y ya no quiso sentir más. Se bebió el agua de un sorbo (tan pequeña era esa agua) y se giró hacia el otro. Vio al otro, pero el otro no lo miraba a él, el otro miraba hacia el suelo, y él miró hacia el suelo también, y luego volvió a mirar al otro y todo furia tiró el vaso a la papelera. Dijo:
–Estamos jodidos, estamos jodidos.

El otro puso una sonrisa de mono simpático y abrió las manos y extendió los brazos como diciendo “Pero alguna solución habrá”, pero no dijo nada.

–Estamos jodidos si no está loca, y si está loca también estamos jodidos. Igual de jodidos estamos de las dos maneras. Y eso es lo que tú no entiendes y lo que a mí más me jode de toda esta historia, y lo que más me sulfura: que no lo entiendas. Porque si no está loca y lo que dice es verdad y pasó así como ella dice (que para eso estamos aquí los tres, al fin y al cabo, para saber si pasó eso que ella dice y qué pasó, en cualquier caso, independientemente de lo que ella diga o deje de decir), pues si eso pasó así, entonces los que estamos dentro somos nosotros, es decir tú y yo, y no ella, porque ella estaría, según su versión, fuera. Y nosotros dentro. Eso mantenlo bien claro en tu cabeza de babuino, porque en eso se nos va el asunto. Porque si ella entró, como dice que entró, es decir, desde fuera (porque eso es básicamente lo que ella dice, que entró desde fuera) entonces es que nosotros ya estábamos dentro de antes. ¿Te das cuenta? Dentro y de antes. Pero si lo que dice no es cierto, y no pasó así como ella dice que pasó lo que pasó, ya sea porque es una loca, pero una loca de remate, nada de medio loca ni loca tres cuartos, no te equivoques, si ella está loca está loca del todo, eso no tiene más vuelta de hoja, digo ya sea porque está loca loquísima, ya sea porque es una mentirosa, y nos cuenta mentiras, que eso también pudiera ser, y a lo mejor es casi más factible, lo que yo no sé es qué te ha dado a ti, con esa cabeza de mono que tienes, que eres testarudo y no entiendes, y a mí eso es lo que más me jode y lo que más me sulfura de todo esto, que no entiendes un carajo de lo que pasa aquí, no porque no puedas entender, que poder puedes, sino porque no quieres entender, que es lo peor del caso, pues digo que no sé por qué se te ha tenido que meter en esa cabeza de mono que tienes, con sus orejas y sus narices y su sonrisa de mono, la idea esa de que ella está loca. Porque igual, aun no estando loca, lo que nos dice no es verdad. Y esto puede ser así porque puede ser, a ver si te enteras, que lo que nos dice no sean locuras, sino mentiras. Pura y llanamente. Mentiras. ¿Te enteras?

El otro, que seguía sentado en el banco, levantó un brazo con su mano y asintió, moviendo la cabeza que ya era más de ídolo que de mono, como diciendo “Si yo ya entiendo; ya entiendo yo todo eso” y dijo:
–Si yo ya entiendo; ya entiendo yo todo eso.
–Un carajo es lo que tú entiendes. Por eso te lo estoy explicando, lo que pasa aquí. Aquí y ahora. Entre tú y yo y ella –y agitó un brazo con su mano y en la mano su índice en dirección al vidrio– ¡Ella! Es ella la que no encaja aquí. Porque, y déjame terminar, aunque esté loca o sea una mentirosa o una cuentista o una payasa… bueno, ya me entiendes, o no sé si me entiendes, porque como últimamente parece que no entiendes un carajo de nada, pero bueno, aun en ese caso, sí, que puede ser que sea así, pues no pongas esa cara de alivio, esa cara como de ídolo que tienes tú, porque no es así, porque incluso en ese caso, que a ti te aliviaría tanto que fuese así, pues no cambia nada. ¡Claro que no! Eso es lo que tú no acabas de entender. Que si lo que dice no es cierto (que muy bien podría no serlo, por los motivos que ya hemos hablado tú y yo), pues igualmente estamos jodidos, hablando rápido y mal, porque aunque sea todo una invención de ella… pues ¿en qué posición nos deja eso a nosotros? Te lo voy a decir, en una posición bien jodida. Porque mira: si ella no entró como dice que entró, o sea desde fuera, que esa es su versión, que tú y yo estábamos ya dentro y ella entró de fuera, pues si no entró así, o incluso si no entró de ninguna manera… Fíjate bien lo que te digo: incluso si ella ni siquiera llegó a entrar, entonces es que ya estaba dentro de antes, y si ella estaba dentro de antes, y no entró, y ahora está aquí, pues suma dos y dos: si ella está aquí dentro, con nosotros, contigo y conmigo, eso quiero decir, entonces nosotros estamos dentro también. O sea que al final, a ver si te enteras, lo de menos es que ella entrase o dejase de entrar, o mienta o deje de mentir, o esté medio loca, tres cuartos de loca o loca entera. Lo que cuenta (y me refiero por lo que nos toca a nosotros, es decir a ti y a mí) es que de cualquier modo nosotros estamos dentro. Todo el tiempo hemos estado dentro. Y te digo nosotros pero podría decirte los otros, los que quedan aún en el despacho, que ves que se ve luz por debajo de la puerta, o los que ya se han marchado. Tanto me da, para el caso. Todos dentro, por h o por b. Y punto. Ahí es donde nos han jodido.

El otro lo miró, se levantó con las manos en los bolsillos y se dirigió hacia el vidrio, en el extremo opuesto del corredor. Se quedó allí mirando para ella, que estaba sentada frente a la mesa al otro lado del vidrio y ya había terminado el té que le habían llevado en un vaso de cartón, y el hilo de la bolsita colgaba y colgaba, como una sentencia infinita e inapelable, del borde del vaso, y sacó un reloj de pulsera del bolsillo derecho, el otro, y miró el reloj de pared y ajustó la hora en su reloj de pulsera que guardaba en el bolsillo y miró, con sus ojos de ídolo derrotado, a su colega, y le hizo un gesto que parecía como si dijera “Pues venga, prepárate que empezamos otra vez” y dijo:
–Pues, entonces, estamos jodidos.

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

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