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Perseida

por Jesús Serna Quijada
Ilustración de Jano

Sec. 29. Plaza del Carmen. Ext. Noche. La luz del proyector arroja a Keaton sobre la sábana de cal de una casa baja. Mendoza entera, doscientas, trescientas personas, miran cómo centellean las imágenes que susurra la caja prestidigitadora. Parpadeo de abanicos. Limonada, sandía y Charlot friendo un huevo de avestruz. Los ojos encandilados de las adolescentes. Todos sus sueños en una tira de celuloide. Pasodoble improvisado, foxtrot y Lloyd en el baño vestido de marinero. Alguien sonríe y aplaude desde una ventana. Dan las once. De repente, la luz del proyector se vuelve arcoíris y un velo de niebla cubre la plaza. Un dragón de agua y diamante cruza el cielo de Mendoza y fugaz se desvanece.

Perseida. Ilustración de Jano.

Jesús Serna Quijada nace en Albatera y se forma en Alicante, Madrid y Santiago de Chile como cineasta y filólogo. Diplomado en Dirección de Cine y Realización de TV por la Escuela Superior de Artes y Espectáculos TAI (Madrid) en 2005 y Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante en 2012. Participó en el Taller de Poesía de Raúl Zurita (Premio Nacional de Literatura en Chile) en la Universidad Diego Portales de Chile (2009). Trabaja en educación, impartiendo clases de teatro a niños y ancianos, y compagina su actividad creativa con colaboraciones en diversos proyectos audiovisuales, entre los que destacan Paisajes de mujer (2005), Polvo de hadas (2006) y Los sentados (2011). En 2005 publica la colección de poemas A boca de verso, y en 2013 su primer libro de relatos: Girasoles en Venecia.
Desde entonces, ha recorrido diversos rincones de la Península participando en tertulias, recitales, presentaciones, artículos literarios, etc., dando a conocer Girasoles en Venecia. Actualmente, está inmerso en su nuevo proyecto literario y en otros proyectos artísticos relacionados con el cine y el teatro.
Le interesa la imagen, la periferia de la imagen, su impureza. La escritura como juego de espejos, como reescritura. El laberinto. Su obra se desarrolla en el corazón de un mandala de miradas, palabras. | www.jesussernaquijada.com

Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico. | janoilustracion.blogspot.com

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Novedad editorial: Operario de Jano

Hace ya unos meses que uno de nuestros más asiduos colaboradores, Jano, publicó su último álbum: Operario. Se trata de un cómic en pequeño formato que narra sin palabras el día a día en la vida de un obrero industrial.

La obra abre la colección Demográfica de Demo Editorial y fue presentada el pasado agosto en el festival de cómic coruñés Viñetas desde o Atlántico. En enero, Magazine Cultural Galego publicaba una entrevista con el autor, en donde Jano ofrece algunas de las claves del álbum.

Animamos a nuestro lectores a que se acerquen a la última obra de una de las más destacadas figuras del cómic gallego. Y, por supuesto, a que visiten su blog, donde podrán descubrir otras obras del autor y varias sorpresas.

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Colinas

por Indra Fernández Mato

Ilustración de Jano

Sí, igualito este frescor luminoso al de aquellas colinas vicentinas. Una ventana que se abre de luz y tañen las campanas de Párraga a lo lejos. Las iglesias de Yoruba, Obatalá y jimaguas travesones correteando se donan por un momento a la Virgen María, San Lázaro y a las bendiciones pegadas aún sobre el muro desgastado de tantas lluvias desde que Wojtyla bendijo estas tierras de misterio.

Como misteriosas estas iglesias africanas improvisadas en el portal, donde rezan un padre nuestro que de tan sandungón vienen ganas de retorcerse uno, recuperando pasos iniciáticos del gua-guan-có cumba quin quin cu ta-ta, bajo los pies.

El vino magnífico, vero signora? Lo hacen aquí mismo, apuntando hacia la ventana perfecta, desde la cual se alcanza el paisaje de colinas de plata. ¡Y vaya vino! Sabía a gloria de campanas tañendo sobre San Marco. A pompas de azúcar en el cielo de Venecia.

El tartufo. Piace a la signora? Ahora está en su momento. Y se acerca ese aroma irreverente, supurando el parmesano sobre la pasta fresca, chispas de pimienta negra y el vino, ¡qué vino! Cada vez más agarrado a mi paladar. El pecado de un mediodía que se aleja sobre las siluetas de Párraga. Era buona la pasta signora?

Colinas por Jano

“Como misteriosas estas iglesias africanas improvisadas en el portal, donde rezan un padre nuestro que de tan sandungón vienen ganas de retorcerse uno, recuperando pasos iniciáticos del gua-guan-có cumba quin quin cu ta-ta, bajo los pies. Ilustración de Jano.

Colinas vicentinas disfrazadas de palmeras. Desde esta ventana de luz salto de penacho en penacho recorriendo el denso espesor de verdes retostados al sol. Busco la iglesia que tañe las campanas. Una iglesia verdadera, hermosa, esbelta; busco la figura aquella que tras el tartufo y el vino colinar se elevaba sobre rumores de chicharras frenéticas. Pero ¿qué iglesia? La Villa Rotonda aparece y se detiene el tiempo, conmueve los sentidos, condiciona el gusto. Quiero encontrar tras este reguero de verde una forma igualmente perfecta. Tañen las campanas, y quiero encontrarla. Alcanzo con sorpresa de águila a ver una pequeña cúpula roja por entre las últimas yagrumas de la ventana. Ahora sé hacia dónde orientar mis pasos.

Todos por aquí saben que aquella loma es tierra de santeros y paleros profanos. Una iglesia blanca enclavada en aquel sitio hinchaba aún más mi curiosidad. Traspasé hileras de portales vestidos del color de cada santo. El amarillo de Ochún, el rojo de Changó, el blanco siempre tan indescifrable que se trastoca su concepto y parece significar todo. Y no me lo aclaran. Iniciados vestidos de blanco por las aceras llevan con rigor sus atuendos religiosos. Todo es blanco. Camisas, sayas, pantalones, chales, medias, calcetines y zapatos. Blancas son también las cabezas. Las mujeres con pañuelos blancos tapan una cabeza arrasada y los hombres llevan unas gorritas rígidas e impolutas, blancas también; y sólo el color en pulseras y collares distingue el santo para el que han sido entregados y del que esperan todas sus bondades.

Hileras de portales convertidos en capillas. Figuras cruelmente inexactas de santos romanos y apostólicos dan la bienvenida a un hogar hecho de retazos. Figuras exiguas tras las cortinas, la cabeza de un cerdo arrancada a cuajo descansa sobre un frigidaire del que sale un traje rendido. El abuelo se exaspera avergonzado de desnudez. Levanta el brazo y el enfado y exige el traje. A los jóvenes se les acaba la paciencia. ¡Espérate viejo, déjate de majaderías coño!

Las vírgenes siempre tan tristes en todas partes, sean de exquisitos lienzos bellinianos, sean de estos yesos ortopédicos burbujeando una cara. Padres nuestros desposeídos de palabras, llenos de sasón sandunguera regando el aire del mediodía.

Las flores comparten significado e importancia en los dos rituales. Pero a estos santos cristianos también se les da de comer. Heredaron de sus hermanos africanos el gusto por la comida golosa. La miel de abeja supura por los tallos de los girasoles y migajas de dulces rastrean el suelo a lomos de hormigas cabezonas. Estos santos comen ensalada fría, cordero, arroz chino, frijoles aderezados con puerco y beben. Beben ron añejo, carta oro, carta blanca, ron en las vasijas de cada santo, de cada virgen de mirada baja. El santero recostado al muro de cal, vacía el quinto vaso de añejo entre escupidas que lanza a presión y que van dirigidas a las cabezas de los santos, también a los pies de los que por allí andamos.

Salir con los pies despojados de un portal y continuar mi andadura saltando de charco en charco hasta dar con mi iglesia de cúpula roja. El camino es empinado. Colinas de muchedumbre, aguas albañales donde beben los perros, colinas que sirven para el deslizamiento de chivichanas; a bordo siete niños enloquecidos se dejan las rodillas en la frenada. Mis ojos recorren una obscura y húmeda encía de casas derrumbadas. Alguna casa apuntalada apenas se tiene sobre dos clavos anclados al piso, un puntal empuja entre dos casas y del vacío que ha quedado nace una papaya. En la esquina, con solemnidad inquebrantable se alza la iglesia que estoy buscando. Subo su tierna escalinata ovalada y en breve me hallo acogida por una magnífica nave de muros desnudos y alta cúpula. Dos arañas penden tintineando recuerdos de otros tiempos de misas abarrotadas, visitas del obispo y rebosantes limosnas. Tras las lágrimas un rosetón de vitral manda destellos de arco iris al cristal, y se hace la luz. Descubro con encantos de La Rotonda, de La Salute, que estos muros conocen la armonía del blanco y el gris que eligiera Palladio, que caen lágrimas anaranjadas, rosas, violetas, azules, como aquellas que caen sobre la laguna cuando se esconden las aves a lo lejos.

Irrumpe en la nave desierta una figura alta y desgarbada robando a su paso mis últimas postales venecianas. Viste una honesta camisa almidonada con ligeros flecos de desgaste al final de la manga, pantalones negros que arrastran el piso dejando asomar al aire unos dedos infinitos. Prosigue su paso sin advertir mi presencia. Conoce su espacio. Abre y cierra pequeñas puertas con ademanes lentos y respetuosos. Un piano desvencijado sale de su escondite aterciopelado arrancando de aquellas manos inciertos acordes de ¿Bach? al vuelo.

Indra Fernández Mato nació en La Habana hace 41 años. Formada con la revolución en escuelas de deporte y titulada en la Escuela Politécnica Nacional en la carrera de Dibujante de Ingeniería Mecánica, emigro desde muy joven a Galicia, convirtiéndome así en gallega adoptiva. En Galicia ha ejercido su otra vocación autodidacta, y heredada de familia, que es la enseñanza del Yoga. En esta profesión ha acumulado veinte años de experiencia colaborando con Centros Sociales de la ciudad de A Coruña, colegios, organismos sociales como La Once, niños discapacitados y el Centro Jesuita de Formación para la Tercera Edad.
Diplomada en Filosofía y cursando licenciatura en la actualidad, combina dichos estudios con los de Cultura y lengua italiana en la ciudad de Venecia. En dicha ciudad reside parte de su tiempo colaborando como guía de arte y ocio.

Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico.

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He salido bajo el viento y la lluvia

por Indra Fernández Mato

Ilustración de Jano

He salido bajo el viento y la lluvia de la aldea, que siempre tiene una nube asignada, sea verano o invierno como es ahora y mientras estoy partiendo se parte en dos. Destino: La Habana. Voy con el corazón desconectado a fuerza de usar la mente; no obstante por algún lugar salen trotes de caballos en la incertidumbre, metiéndoseme por entre la ropa el frío del que ya me mofo y las patas del caballo en el pecho cuando pienso en las maletas pasando el control aduanero cubano ¿que si son de uso personal o son para importación? si en todo caso tendré que pagar el doble de valor del cola cao, la leche en polvo, café, el papel higiénico, las especias, la sal, el azúcar… y se me mueven las espuelas en el estómago si no consigo pasar el día a día concentrado en estas maletas… desayuno, primera visita al baño, una lata de las buenas gallegas, para acompañar con un boniato o una papa distraída de invierno en el almuerzo. Maletas de papel, bolígrafos, los cuatro libros sagrados, piensa uno, y resulta que sólo se salva Platón, bueno y también Lobo, que ha viajado después de tenerse abierto medio año sin llegar nunca a entenderlo. Como siempre Lobo tan genialmente difícil. Pensé que el Caribe ayudaría a desenredarlo… y sí. Se traga las tardes de hastío tropical con suaves notas de África alzándose tras el Almácigo del patio viejo.

La casa ha dejado atrás los olores del verano. Su cálido húmedo mezclado con hollín de cocina ha sido aireado por estos vientos de Diciembre ya olvidados. Serenados los primeros trotes en el estómago, no vienen los siguientes, y los esperaba de un momento a otro. El rechazo a la casa, el miedo al miedo de enfermar entre nidos de arañas y hormigas sobre los pasteles. La abuela agarrada a los años ya cansados. Pero no, no vienen. Desconectado el corazón. Me viene el sueño con las maletas aún en la escalera. Enteras, pasado el control sin ponerles un dólar de más.

El Pontiac avanza con respetable existencia por la Calzada de Diez de Octubre. ¡Qué gozo de muros carcomidos! El gusto estético que reta al cinismo cuando la vida dentro es dura, durísima. De niños agarrados a la teta seca, el orine regando el piso, neveras también secas y secas las pilas. Sin agua en cuatro días, el gas perdido, y yo que hablo de gozo, sublimación estética, recuerdos de esquinas venecianas congeladas en mi memoria. Muros carcomidos, recontradolidos, hermosos. Si mi máquina inglesa estuviera aquí, pensaba, sería como niña vestida de domingo entre abuelas estrujadas y sabias. He dejado atrás un Jaguar gris perla, que hace las veces de estorbo en nuestra ya venida a menos vida de provincias y clase media. Me subo al Pontiac y me acodo con la madre, el niño y el negro cansado que llevo detrás; delante el chofer flirtea los baches. Su codo cada vez frenado por la enorme teta de la vieja que lleva al lado y aún, para coger a otro cliente más, para el carro. Ya el culo de la vieja en el muslo, el otro con medio cuerpo en la ventanilla. El carro parece abrirse en dos. Los hierros resuenan bajo los pies y como un colador se filtra la calle hacia dentro. Las ventanillas cortan como navajas y el asiento sí es un trotar de caballos contentos. Suena inagotable el mismo reguetón de antros, palenques y discotecas de todos los días. Baja la mamá y el niño, me desplazo, suben otras dos personas más. El chofer con el fajo de billetes hecho un canuto. La mano aferrada al dinero, parece regalarlo cuando la saca por la ventana. Siempre la lleva por fuera. Hace señales de derecha, izquierda, paro… pasa y no me jodas, el claxon no se calla, tampoco las otras máquinas decrepitas se callan, rugen, regurgitan fuego, saltan sobre agujeros como pelotas de infancia. Parque central. Caballero todos pa’bajo. Y todo por 50 cts. de divisa nacional.

La marea habanera te embriaga y te agarra en el parque central. No te suelta hasta llegar al malecón por todo Obispo, y después allí otra marea más de desodorantes envueltos en ácido de cuerpo europeo se mezcla con la fórmula secreta del Marlboro que busco entre la gente. Hace mucho tiempo que no entra aquí esa maldita caja roja. Su aroma recuerda a paquetes vacacionales con todo incluido: sol, tumbona, ronsito, mulatas prohibidas de ensueño, ahora fregando pies de mexicanos, italianos, nórdicos grises. El marlboro dejando una estela desde mi juventud y los primeros cigarrillos suaves fumados aquí en esta casa del té imitando maneras de poetas engañados, gente con ganas de inventar la poesía, que no versos, animarse con la Perestroika. ¡Que si nos llegara…! Algunas pecando en el humo de cigarrillos, cruzábamos la otra acera. La estela del marlboro nos seducía, dejábamos nuestros poetas sin versos en estas mesas. Volvíamos atrás arrepentidas. No quedaba nadie. El hueco del patio con su árbol, las mesas sin té. En su lugar cervezas, emparedados, cajas rojas de tabaco cubano.

"Hace unos días he conseguido por fin un carrito cubano para alquilar unos meses". Ilustración de Jano

Hace unos días he conseguido por fin un carrito cubano para alquilar unos meses. Ilustración de Jano

Hace unos días he conseguido por fin un carrito cubano para alquilar unos meses. Buscar y hacer tratos con locales no es fácil. Hay una sola respuesta: ¡eso ya está! Parecen querer decir sí, e incluso añaden: ¡no hay lío con eso! ¡No te preocupes! Pues no. No hay nada resuelto, sí hay lío con eso, sí debes preocuparte. Los días pasan y sigues necesitando lo que buscas, sigues buscando un trato cada día, cada uno igual que el primero. He conseguido entenderme con un mulato al que se le queda corto todo esto para lo que podría llegar a hacer. Emprendedor y correcto. Con un código de decencia reconocible, es decir: te comportas, me comporto, si me das la palabra tendrás la mía, si me fallas te parto las piernas. Aunque inamovible en sus intereses he conseguido un precio asequible por un Moshkvic, que hay que mover como un peso muerto y que me mueve de un lado a otro de la ciudad. La vida de un cubano también está hecha de contar con un Lada o un Moskvich. Son los carros de los privilegiados de una época. Fueron los carros de los ministros, coroneles, médicos destacados y gente de influencias. Ahora, a pesar de la entrada de carros europeos y asiáticos al consumo de ciertos cubanos recién pudientes, los Lada y los Moskvich han recuperado un cierto valor para aquellos que cuentan con siete o diez mil dólares cubanos para revestirlos y recomponerlos pieza a pieza, y siempre que tengan una casa dado que su valor es el mismo que el de la chatarra rusa.

El Moskvich va duro y no hace más que venirme las ganas de reír cuando pienso en la lista de características varias de nuestros coches. Gira el condenado a regañadientes, pero gira, avanza sin aspavientos y va llegando lejos enmarañándose por estas calles. Me deja la ropa impregnada en perfume de Jeques árabes. Al menos es mejor que el hollín del petróleo de los carros boteros. Hecho de meno las vidas que iba intuyendo en mis compañeros de carro, la fatiga en los ojos de las mujeres, la prisa de los hombres al subir y bajar como si anduviesen huyendo. Están resolviendo. Hombres y mujeres cada uno por su lado y que como pueden se levantan resolviendo.

Todo se consigue por fuera. El mercado en moneda nacional desasistido, el mercado en divisa, también; sólo que en la acera de enfrente te venden lo que antes llenaba los estantes de la tienda. Ahorro de al menos el veinte por ciento, el mismo producto que va del almacén a la acera de enfrente. “¡Vamos bombillos, fregaderos, neveras, juegos de cuarto, juegos de comedor, frigidaires, televisores! Aquí están los mejores precios de La Habana. ¿Qué necesitas muchacha, que andas buscando?” No te dejan avanzar hacia la tienda oficial ya para entonces esquilmada.

La gente empieza a soñarse una vida. Comienzan los pequeños negocios, los emprendedores se cuentan por cientos, los que llegan a buen puerto son los menos. Aún así se siente un empuje doliente, una huida hacia el qué será, ¡vamos a ver! Como se dice.

Empiezo a estirar lo que me queda de despensa. Hay libros esparcidos por toda la casa. Comprar libros nuevos está siendo relativamente fácil y económico. Faltan muchos títulos, las traducciones de los que se encuentran dejan mucho que desear, a veces tiernas. Stendhal no podría hablar tan bien el cubano, pero lo habla. Algunos libros se meten conmigo bajo el mosquitero que construye mi aislamiento. No consiguen avanzar, no entretienen mi ya descontrolada curiosidad del mundo. Quedan cada mañana inertes y decepcionados.

El dolor de Yemayá se mete entre las sábanas viejas que envuelven a la abuela. Todos sufren aquí un dolor debido a los santos que todo lo saben y se vengan con sus huesos, su tensión, sus nervios perdidos, el amor que no llega, los palos que recibió aquella en la cabeza, el marido se ríe, ella que culpa a Ochún, que si él quisiese ir al Babalao se le pasaba eso, que él es bueno pero le han echado algo encima que lo pone así. La abuelita nada en los brazos de Yemayá serena. Y le duelen los huesos de verdad, de la vida, de la infancia, del hijo desaparecido… y no se queja, no dice nada. Sólo pretende acabar mucho antes con mi paquete sagrado de leche en polvo. La leche de los gallegos es la que le gusta. Y yo se la doy contenta, mete los dedos hasta el fondo y ríe de sus huesos bañados. El orine de Yemayá le llega hasta el pelo.

Hoy empieza un nuevo día. Un lluvioso y frío día de febrero habanero. El Moskvich ha empezado a recancanear, así que se lo han llevado para ver qué le pasa. Tiene proporcionalmente los mismos años que la abuela. No se sabe si estará para mañana. He de reponer algunas cosas de la despensa, y no será tarea rápida. Normalmente puede llevarte días encontrar una lata de leche, una botella de aceite algo reconocible. Lo normal es no conseguirlo, pero con un carro y un poco de paciencia y gusto por recorrer esta bella ciudad, quizá como compensación encuentres un kilo de arroz liberado brasileño que no está nada mal y cuesta muy poco. Has de sacar tu jabita y llevártelo antes que desaparezca durante meses, al igual que la lata de leche, el aceite y otros tantos fungibles que sigo buscando.

Contemplo la lluvia fría habanera con el corazón encogido de nostalgia gallega. Retumbes de cocido de domingos y plañideras de Monteverdi enroscándose a los plátanos paridos cuando irrumpe el pregón del maní, el frijol tiernito, el afiladorrr…

Indra Fernández Mato nació en La Habana hace 41 años. Formada con la revolución en escuelas de deporte y titulada en la Escuela Politécnica Nacional en la carrera de Dibujante de Ingeniería Mecánica, emigro desde muy joven a Galicia, convirtiéndome así en gallega adoptiva. En Galicia ha ejercido su otra vocación autodidacta, y heredada de familia, que es la enseñanza del Yoga. En esta profesión ha acumulado veinte años de experiencia colaborando con Centros Sociales de la ciudad de A Coruña, colegios, organismos sociales como La Once, niños discapacitados y el Centro Jesuita de Formación para la Tercera Edad.
Diplomada en Filosofía y cursando licenciatura en la actualidad, combina dichos estudios con los de Cultura y lengua italiana en la ciudad de Venecia. En dicha ciudad reside parte de su tiempo colaborando como guía de arte y ocio.

Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico.

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Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico.

 

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