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Días no Imperio II o La inundación

una serie de Xavier Dapena
[ver las crónicas anteriores]

“Puedes matarme si quieres,
mi amor no lo matarás,
tengo la esperanza puesta
en volverte a conquistar,
que una vez te diste entera,
nunca lo podré olvidar,
amor.

Puedes quitarme el aire
que preciso pa’ vivir
pero no podrás quitarme
la fuerza que nació en mí
cuando mujer, cuerpo y alma
me diste en el mes de abril,
amor.

Quítame la cordillera,
quítame también el mar,
pero no podrás quitarme
que te quiera siempre más:
lo que entre dos se ha sembrado
entre dos se ha de cuidar,
amor”

Ángel Parra, Canción de amor

“La razón es el recurso para refinar las prácticas del poder,
y más específicamente del uso del poder”

Carlos van der Linde, “¡Yo mando aquí!”

A la camarada Rucia.

A ti, más que a nadie.

“¿Quién era Salvador Allende?” dije.

Rucia vuelve otra vez a cantar y “Wiyanna” será la última palabra que gritarás.

Aunque debo acabar el artículo, me dispongo a preparar la clase de una mañana inusitadamente húmeda. Quisiera decir que dedico mucho tiempo a prepararla, pero la realidad es que suelo improvisar. Cuando en un mes de abril de 1998 Derrida pronunció su conferencia titulada La universidad sin condición en Stanford, consideraba que la universidad debería ser un ámbito de resistencia de todo poder (por mucho que esta palabra le duela a Jameson), con “el derecho primordial a decirlo todo, aunque sea como ficción o experimentación del saber, y el derecho a decirlo públicamente, a publicarlo”. Con esa frase de Derrida y aquella de Miles Davis que dice “No temas a los errores. No hay ninguno” empecé titubeante la clase de este último 11 de septiembre de lluvias torrenciales. El mismo septiembre del “vamos andando, Rucia…” y de ese momento, Wesley, en que no dudarás.

La amenaza del agua llevó a un empapado Carlitos van der Linde en bañador y chanclas a plantarse ante mi puerta. El gobernador de Colorado declaró la situación de emergencia en 14 condados. 11.000 personas han sido desalojadas y las sirenas colapsan de reclamos la ciudad como si se extendiera la batalla, como si la fuerza aérea hubiera bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Y Rucia canta “puedes quitarme el aire que preciso pa’ vivir…”. Ajeno al mundo, disfrutaba de la resistente y constante lluvia, como en Galicia. Pero es Boulder, el lugar semidesértico al pie de las Rocosas, ahora convertido en ciudad-bosque y que sufre las peores inundaciones en cien años, como nos recuerdan las alarmas. Y bromeo, producto de mi hartazgo o mi ignorancia… “Que vienen los comunistas…” y mi amigo se ríe. “Bueno o son comunistas o son zombies pero lo de la sirena no es normal” afirmo. Y Rucia sigue cantando “tengo la esperanza puesta…”. Y al leerme Carlitos desde mi sofá, me repite “pelaíto, sé diáfano…”.

Te atreverás, Wesley, a pedirle para salir un día de San Valentín, porque es “la fuerza que nació en mí…”. El amor es un anacronismo esencial, decimonónico dicen, que padecemos en los tiempos del poliamor. Me enteraré de vuestra vida en el transcurso de los días. Ellos se conocían desde niños, y el paso a la adolescencia había motivado aquella hermosa historia entre Wesley y Wiyanna, ambos de apenas diecinueve años. Será otro 11 de septiembre cuando cuatro amigos regresan en coche de una fiesta de cumpleaños en Boulder. Las lluvias acrecientan el peligro del retorno por esta carretera secundaria y el agua y las rocas comienzan a golpear el vehículo. Y Rucia se vuelve y canta “quítame también el mar…”

Yo preparé mi clase. En día tan señalado había cosas que recordar. Les espeté “¿Qué sucedió el 11 de septiembre?” y la mayoría, sin saber si hablaba en serio como siempre, ponía ese rostro particular y recurrente ante el comentario extemporáneo. Apenas 10 años alcanzaban en su mayoría, cuando sucedió el ataque a las Torres Gemelas. Alguien recordó el acontecimiento, pues forma parte de la configuración de la psique norteamericana, y yo les pregunté si conocían algo más. Si no sabían de ningún otro 11 de septiembre. Tuve que ayudarles y escribí muy lentamente en la pizarra “1973”.

Mientras ella canta “lo que entre dos se ha sembrado…”, temblarás, Wesley, como nunca, este 11 de septiembre. La histeria os corroe. El torrente envuelve el coche, como si la calle se hubiera convertido en océano y en la radio repicara una triste canción. Intentarás subir al techo del Subaru para manteneros a salvo. Emily y Nathan lo conseguirán. Tú mirarás al amor de tu vida a los ojos pues “…entre dos se ha de cuidar, amor”. Subirás, porque no queda otra pues el agua está entrando desmedida. Ayudarás a Wiyanna pero vuestras manos se soltarán. Ella caerá al agua y desaparecerá en la corriente. Gritarás. Gritarás su nombre. Mirarás a Emily. Y ni siquiera un instante. Ni siquiera un instante dudarás en saltar al agua para salvarla, pues “mi amor no lo matarás…”

Y pregunto “¿Quién era Salvador Allende?”. Nadie levanta la mano. Repito la pregunta. “¿Quién era Salvador Allende?” y una mano se alza entre la clase. Una voz temblorosa dice: “Allende fue un gran líder que creía verdaderamente en la igualdad para todos y esta creencia y el poder de su voz entre la gente asustó a los poderosos, especialmente a los Estados Unidos”. Habla a la clase Franky Navarrete, que se declara descendiente de chilenos. Yo les pongo fragmentos del último discurso del presidente “colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo” y su voz se extiende por la sala, pues parece que la fuerza Aérea ha bombardeado las torres de radio. Las alarmas. No niego mis fuentes, les hablo de diferentes páginas como Marxists.org y el National Security Archive de la Universidad George Washington, donde se encuentran los documentos desclasificados de la CIA y el FBI, por si tenían dudas. “La razón es el recurso para refinar el uso del poder” me dice al oído Carlitos. Y Franky prosigue: “Estados Unidos ayudó a un golpe militar, que asesinó al democráticamente elegido Allende y puso en su lugar al dictador Augusto Pinochet. Pinochet durante diecisiete años destruyó el país, asesinando, torturando, deteniendo y haciendo desaparecer a miles de personas” y el silencio embargó a la clase.

“Nunca lo podré olvidar, amor” canta Rucia y las históricas inundaciones del pasado septiembre se llevan por delante ocho vidas. Tardarán en encontrar vuestros cadáveres, Wesley. Tus amigos, Nathan y Emily, relatarán su experiencia a diversos medios nacionales mientras vuestras madres sollozan y balbucean “ellos fueron una pareja tan linda”. Las lágrimas asoman a los rostros, a su rostro… “Entre los miles de desaparecidos –dice Franky–, estaba mi prima segunda Muriel Dockendorff Navarrete, miembro del Movimiento de Izquierda Revolucionaria que fue torturada hasta la muerte con un hijo en sus entrañas”.

Y la voz de Rucia me susurra de nuevo “tengo la esperanza puesta…”. Este 11 de septiembre, Franky (Francesca) Navarrete no sabe que, al reducirse su beca año tras año, tendrá que trabajar más horas para afrontar la matrícula y se verá obligada una semana después a dejar mi clase. Hoy lucha desde el departamento de Ecología y Biología Evolutiva en los órganos de gobierno de la Asociación de Estudiantes y de la Universidad, para cuyos cargos tuve el placer de votarla.

Rebusco información. Debo contrastar su historia y acabo en la páginas sobre los desaparecidos de la dictadura chilena. Encuentro un archivo sobre Muriel Dockendorff y diversos testimonios… Cuenta la actriz Gloria Laso, compañera de prisión de Muriel, o camarada Rucia como era conocida, que fue en septiembre cuando la asesinaron. Recuerda en sus declaraciones la risa y las palabras de los hombres. “Ya Muriel, a ti te toca, vamos andando, Rucia, apúrate que te están esperando…” dijo un asesino. Y, recuerda también, que Muriel cantaba insistentemente una canción. Una canción que crispaba los nervios de los guardianes. Una canción de Ángel Parra. Una canción de amor que decía: “Puedes matarme si quieres, mi amor no lo matarás…”

Xavier Dapena anda perdido en un departamento de Español en el Oeste americano, aunque acostumbra a rezarle a Borges y a Virginia Woolf todas las noches. Procura restringir sus escarceos sexuales a eso que algunos llaman literatura y todos los géneros subyacentes: la televisión, el cine, los cómics, la historia, la filosofía… No tiene teléfono, y suele responder tarde, con una sonrisa y silbando en este “campo de batalla constante”. Días no Imperio es el título de un poemario del poeta, periodista y, en ocasiones, músico Dani Salgado.

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