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Colinas

por Indra Fernández Mato

Ilustración de Jano

Sí, igualito este frescor luminoso al de aquellas colinas vicentinas. Una ventana que se abre de luz y tañen las campanas de Párraga a lo lejos. Las iglesias de Yoruba, Obatalá y jimaguas travesones correteando se donan por un momento a la Virgen María, San Lázaro y a las bendiciones pegadas aún sobre el muro desgastado de tantas lluvias desde que Wojtyla bendijo estas tierras de misterio.

Como misteriosas estas iglesias africanas improvisadas en el portal, donde rezan un padre nuestro que de tan sandungón vienen ganas de retorcerse uno, recuperando pasos iniciáticos del gua-guan-có cumba quin quin cu ta-ta, bajo los pies.

El vino magnífico, vero signora? Lo hacen aquí mismo, apuntando hacia la ventana perfecta, desde la cual se alcanza el paisaje de colinas de plata. ¡Y vaya vino! Sabía a gloria de campanas tañendo sobre San Marco. A pompas de azúcar en el cielo de Venecia.

El tartufo. Piace a la signora? Ahora está en su momento. Y se acerca ese aroma irreverente, supurando el parmesano sobre la pasta fresca, chispas de pimienta negra y el vino, ¡qué vino! Cada vez más agarrado a mi paladar. El pecado de un mediodía que se aleja sobre las siluetas de Párraga. Era buona la pasta signora?

Colinas por Jano

“Como misteriosas estas iglesias africanas improvisadas en el portal, donde rezan un padre nuestro que de tan sandungón vienen ganas de retorcerse uno, recuperando pasos iniciáticos del gua-guan-có cumba quin quin cu ta-ta, bajo los pies. Ilustración de Jano.

Colinas vicentinas disfrazadas de palmeras. Desde esta ventana de luz salto de penacho en penacho recorriendo el denso espesor de verdes retostados al sol. Busco la iglesia que tañe las campanas. Una iglesia verdadera, hermosa, esbelta; busco la figura aquella que tras el tartufo y el vino colinar se elevaba sobre rumores de chicharras frenéticas. Pero ¿qué iglesia? La Villa Rotonda aparece y se detiene el tiempo, conmueve los sentidos, condiciona el gusto. Quiero encontrar tras este reguero de verde una forma igualmente perfecta. Tañen las campanas, y quiero encontrarla. Alcanzo con sorpresa de águila a ver una pequeña cúpula roja por entre las últimas yagrumas de la ventana. Ahora sé hacia dónde orientar mis pasos.

Todos por aquí saben que aquella loma es tierra de santeros y paleros profanos. Una iglesia blanca enclavada en aquel sitio hinchaba aún más mi curiosidad. Traspasé hileras de portales vestidos del color de cada santo. El amarillo de Ochún, el rojo de Changó, el blanco siempre tan indescifrable que se trastoca su concepto y parece significar todo. Y no me lo aclaran. Iniciados vestidos de blanco por las aceras llevan con rigor sus atuendos religiosos. Todo es blanco. Camisas, sayas, pantalones, chales, medias, calcetines y zapatos. Blancas son también las cabezas. Las mujeres con pañuelos blancos tapan una cabeza arrasada y los hombres llevan unas gorritas rígidas e impolutas, blancas también; y sólo el color en pulseras y collares distingue el santo para el que han sido entregados y del que esperan todas sus bondades.

Hileras de portales convertidos en capillas. Figuras cruelmente inexactas de santos romanos y apostólicos dan la bienvenida a un hogar hecho de retazos. Figuras exiguas tras las cortinas, la cabeza de un cerdo arrancada a cuajo descansa sobre un frigidaire del que sale un traje rendido. El abuelo se exaspera avergonzado de desnudez. Levanta el brazo y el enfado y exige el traje. A los jóvenes se les acaba la paciencia. ¡Espérate viejo, déjate de majaderías coño!

Las vírgenes siempre tan tristes en todas partes, sean de exquisitos lienzos bellinianos, sean de estos yesos ortopédicos burbujeando una cara. Padres nuestros desposeídos de palabras, llenos de sasón sandunguera regando el aire del mediodía.

Las flores comparten significado e importancia en los dos rituales. Pero a estos santos cristianos también se les da de comer. Heredaron de sus hermanos africanos el gusto por la comida golosa. La miel de abeja supura por los tallos de los girasoles y migajas de dulces rastrean el suelo a lomos de hormigas cabezonas. Estos santos comen ensalada fría, cordero, arroz chino, frijoles aderezados con puerco y beben. Beben ron añejo, carta oro, carta blanca, ron en las vasijas de cada santo, de cada virgen de mirada baja. El santero recostado al muro de cal, vacía el quinto vaso de añejo entre escupidas que lanza a presión y que van dirigidas a las cabezas de los santos, también a los pies de los que por allí andamos.

Salir con los pies despojados de un portal y continuar mi andadura saltando de charco en charco hasta dar con mi iglesia de cúpula roja. El camino es empinado. Colinas de muchedumbre, aguas albañales donde beben los perros, colinas que sirven para el deslizamiento de chivichanas; a bordo siete niños enloquecidos se dejan las rodillas en la frenada. Mis ojos recorren una obscura y húmeda encía de casas derrumbadas. Alguna casa apuntalada apenas se tiene sobre dos clavos anclados al piso, un puntal empuja entre dos casas y del vacío que ha quedado nace una papaya. En la esquina, con solemnidad inquebrantable se alza la iglesia que estoy buscando. Subo su tierna escalinata ovalada y en breve me hallo acogida por una magnífica nave de muros desnudos y alta cúpula. Dos arañas penden tintineando recuerdos de otros tiempos de misas abarrotadas, visitas del obispo y rebosantes limosnas. Tras las lágrimas un rosetón de vitral manda destellos de arco iris al cristal, y se hace la luz. Descubro con encantos de La Rotonda, de La Salute, que estos muros conocen la armonía del blanco y el gris que eligiera Palladio, que caen lágrimas anaranjadas, rosas, violetas, azules, como aquellas que caen sobre la laguna cuando se esconden las aves a lo lejos.

Irrumpe en la nave desierta una figura alta y desgarbada robando a su paso mis últimas postales venecianas. Viste una honesta camisa almidonada con ligeros flecos de desgaste al final de la manga, pantalones negros que arrastran el piso dejando asomar al aire unos dedos infinitos. Prosigue su paso sin advertir mi presencia. Conoce su espacio. Abre y cierra pequeñas puertas con ademanes lentos y respetuosos. Un piano desvencijado sale de su escondite aterciopelado arrancando de aquellas manos inciertos acordes de ¿Bach? al vuelo.

Indra Fernández Mato nació en La Habana hace 41 años. Formada con la revolución en escuelas de deporte y titulada en la Escuela Politécnica Nacional en la carrera de Dibujante de Ingeniería Mecánica, emigro desde muy joven a Galicia, convirtiéndome así en gallega adoptiva. En Galicia ha ejercido su otra vocación autodidacta, y heredada de familia, que es la enseñanza del Yoga. En esta profesión ha acumulado veinte años de experiencia colaborando con Centros Sociales de la ciudad de A Coruña, colegios, organismos sociales como La Once, niños discapacitados y el Centro Jesuita de Formación para la Tercera Edad.
Diplomada en Filosofía y cursando licenciatura en la actualidad, combina dichos estudios con los de Cultura y lengua italiana en la ciudad de Venecia. En dicha ciudad reside parte de su tiempo colaborando como guía de arte y ocio.

Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico.

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