Archivo de la etiqueta: Allen Ginsberg

Días no Imperio I o La Universidad

una serie de Xavier Dapena

“who passed through universities with radiant cool eyes
hallucinating Arkansas and Blake-light tragedy
among the scholars of war

who were expelled from the academies for crazy & publis-
hing obscene odes on the windows of the skull”

Allen Ginsberg, Howl

“I could really write my own ticket if I went back to Boulder now, couldn’t I?”

Stanley Kubrick y Diane Johnson, The Shining

“La educación ha caído en las garras del neoliberalismo” es el primer exabrupto de Aurora.

Principios de mayo. Estertores del curso. Era el último día en el departamento. Debo devolver cincuenta o sesenta libros que llevo en mi carrito rojo (custodia compartida) y con un tedioso caminar me dirijo a McKenna Languages Building, un antiguo caserón de dos plantas, que fuera dormitorio de mujeres en su época y que ahora aloja a los Departamentos de Español y Portugués y Alemán y Ruso. Me dispongo a meterme en el ascensor, que nadie utiliza. No hay nadie en el edificio y realmente es una planta hasta el sótano. No puedo bajar las escaleras con el carrito. Entro y pulso el -1. Pulso de nuevo. No se mueve. Vuelvo a pulsar. Y arranca dubitativo. Y a los dos segundos de descenso, entre la planta principal y el sótano, el ascensor se rebela contra el destino y se detiene.

Parece un cuento o artículo de Javier Marías, sin mayordomo. En ese momento me pregunto por qué estoy aquí. Quién me mandaría a mí venir a parar al medio de la nada, en el centro del Imperio, en este engendro del capitalismo tardío. Pienso en los nueve meses que llevo sin ver a mi familia y sin emborracharme con mis amigos. No voy a morir, por lo menos hoy. Will. Will dijo que “el sueño americano se siente como una pesadilla”. Respiro profundamente. Maldito Boulder, maldito Colorado. Aurora. Aurora estudia Políticas. El tiempo parece detenerse, para contradecir a Borges o a Heráclito y darle la razón a Grossman, pues como un combatiente, pierdo la noción del tiempo. Pero tengo libros. Mmm. Saco uno. Es Howl.

Cuando Allen Ginsberg inauguró la Escuela Jack Kerouac de Poéticas Incorpóreas allá por el 1974, en el recién creado Naropa Institute (hoy Naropa University) en Boulder, apuntalaba de forma definitiva una idea de Boulder en el imaginario colectivo, en algún lugar de ese registro de lo psíquico de Lacan, en su versión norteamericana. Medio metro de nieve separa lo Real del Falo. Boulder es una isla, una excepción estadística. Ese mismo año, Stephen King viajaba por Colorado junto a su familia y no muy lejos de Boulder se inspiró para escribir The Shining. Es excepción. Una extraña ficción (“la lógica de la fantasía colectiva o grupal es siempre alegórica” dice Jameson) que conjuga la narrativa propia del sueño americano jalonado por algún Starbucks, y que, en este caso, incluye también mapaches, ardillas, osos y venados, y la propia universidad, que todo lo capitaliza, que es máquina registradora, y que tiende a ejercer un poder de atracción a nivel interno en los Estados Unidos sobre lo que denominaremos hippijismo, a falta de mejor término. También Barack Obama sucumbió a la imaginería creada de lugar progre, marihuanero y pacifista. Durante su última campaña presidencial, que seguí con cierta tensión, por esto de vivir allí (o aquí, según se mire), el presidente nos visitó un par de veces. Boulder representa cierto espíritu progresista en el centro mismo del Oeste estadounidense. Colorado (por cierto, la accidentada garganta del Gran Cañón está en Arizona) acaba de aprobar, coincidiendo con la elección decisiva del estado que se decantó por Obama, una ley por la que se permite el consumo, tenencia y comercialización de la marihuana. Boulder, una pequeña ciudad de unos cien mil habitantes al noroeste de Denver, aloja una de las dos universidades budistas de este país, Naropa, que ya visitó Allen. Y por otra parte la pública (este concepto es relativo) y estatal University of Colorado at Boulder (en adelante CU), que ya visitó Barack. Aquí imparto clase y estudio. Y en esta última, en la cafetería de la biblioteca, llamada Laughing Goat, tuve la conversación sobre el sistema educativo, que se repite en mi cabeza. Pienso en Will y en Aurora, estudiantes de CU. Will me recuerda la cita del Doctor King: “Muy a menudo tenemos socialismo para los ricos y salvaje capitalismo de libre mercado para los pobres”. Y vuelvo al tiempo.

Respiro. No puede ser, que el último día que oficialmente tengo que venir de todo el año me quede encerrado, pero así es. Hay un hermoso botón de emergencia. Lo pulso compulsivamente y suena una secuencia de tonos propia de un teléfono móvil. Al cabo de unos segundos, en el inglés más nítido que han escuchado mis tímpanos, un amable señor me interpela. Respondo: “Hola mire me he quedado encerrado en el ascensor en el Edificio McKenna”. “¿En qué planta?” me responde lacónico. “Entre la principal y el sótano”. “¿Se encuentra usted bien?” me inquiere la voz. “Sí”. “¿Hay alguien más con usted?” vuelve a preguntar. “No, sólo yo”. “¿Alguna embarazada?” El tiempo se vuelve a detener. Palpo mi incipiente barriga hereditaria. “No, que yo sepa” respondo. “Pues no se preocupe ya mando a alguien a ayudarle. Si tiene cualquier problema, vuelva a llamar. No se preocupe”. “Muchas gracias”. No tengo claustrofobia, sé que no hay más de un par de metros desde donde está el ascensor hasta el suelo, así que en el peor de los casos, una buena hostia y poco más… Y hay wifi. Así que lo comento en Facebook. Mis amigos ya saben que suelo exagerar los acontecimientos. Es decir no me creen. Yo lo considero un don, ellos, bueno, digamos parte de mi encanto. Escucho a Piglia o a mi amigo Van der Linde que susurra “sé diáfano” y “cede al otro la voz”.

Mis dos estudiantes. Laughing Goat. Aurora llega. Es de Loveland y un mechón negro se agiganta entre el resto de su cabello de un refulgente rubio. La experiencia de la posibilidad del sistema educativo estadounidense. Will se trastabilla. Se referirá de forma insistente a “los Estados Unidos” en perfecto español y entrecomillado con la frustración propia de la adolescencia perdida y los sueños. Estudia Biología, porque pretende ser médico. Durante los veranos se dedica a conducir una ambulancia para un servicio de urgencias en New Hampshire. Nos relata, y me mareo, algún episodio sanguinolento. Su mirada de niño travieso esconde un pasado musical como batería de un grupo de cierto éxito. Su padre, un republicano recalcitrante y acaudalado, se niega a asistirle porque cree que los títulos son innecesarios. “En «los Estados Unidos» aquel que no obtenga un título universitario experimentará serias dificultades para cubrir sus necesidades básicas […] y tendrá un acceso restringido a la asistencia médica” me dice Will. Pero el problema deviene a la hora de afrontar por uno mismo los costes de la educación. Los bancos conceden “generosos” créditos a los estudiantes. El cincuenta por ciento del alumnado está endeudado y trabajan en uno o dos empleos, en el tiempo que le permite la universidad. El otro cincuenta o son deportistas (con lo cual la Universidad asume los gastos de su educación) o son militares (con lo cual el Ejército asume los gastos de su educación, a cambio de 4 o 5 años de servicio) o tienen los suficientes recursos para afrontar un promedio de 70.000 dólares al año (incluyendo el alojamiento, la comida y el transporte). Multiplicado por los años que le llevará acabar la carrera a Will, por ejemplo, os podéis imaginar el tamaño de su crédito, antes incluso de iniciar sus estudios graduados y sin saber a ciencia cierta si podrá asumir su deuda. Aurora salta “el sistema educativo en Estados Unidos está regido por el paradigma neoliberal”. Es de Políticas y ama a Jameson, si es posible, sobre todas las cosas. Escucho ruidos y voces en inglés en el ascensor. Vuelvo. “Hola”, grito.

Una vez que dejemos de conceptualizarnos –sentencia Aurora– como homo economicus y resistir la marea de la racionalidad del mercado (que ha ido más allá de su ámbito propio y ha alcanzado a la educación), podríamos imaginar una universidad donde se anima a los estudiantes a ser curiosos, pensar críticamente y a aprender. El problema de esto es que la única esperanza de un cambio cultural provendría de las propias universidades. Por lo tanto, creo que estamos en el frente de algo drástico e importante.

Se abren las puertas. Cuatro bomberos, dos policías, dos de mantenimiento, una ambulancia. Y dos compañeros de departamento, que me miran atónitos y me preguntan “¿por qué utilizaste el ascensor? ¿quién utiliza el ascensor en McKenna?”. Yo sonrío por la exagerada repercusión del encierro y les digo “Hola”.

Después de un año escaso de la conversación sobre el sistema educativo, Aurora L. Randolph ha finalizado su maestría con la tesis titulada The Perpetuation of Neoliberalism through the Cycle of Individualization y trabaja para la oficina del Gobernador de Colorado. William Dube ha tenido que dejar sus estudios, trabaja en una tienda de instrumentos musicales Ralph’s House of Tone y en los servicios de emergencia del hospital Wentworth-Douglass en New Hampshire. Ella lloró nuestro último día de clase y él me ha prometido que volverá.

Xavier Dapena anda perdido en un departamento de Español en el Oeste americano, aunque acostumbra a rezarle a Borges y a Virginia Woolf todas las noches. Procura restringir sus escarceos sexuales a eso que algunos llaman literatura y todos los géneros subyacentes: la televisión, el cine, los cómics, la historia, la filosofía… No tiene teléfono, y suele responder tarde, con una sonrisa y silbando en este “campo de batalla constante”. Días no Imperio es el título de un poemario del poeta, periodista y, en ocasiones, músico Dani Salgado.

Anuncios

3 comentarios

Archivado bajo Crónica, H2