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El hombre inopinante

por Joaquín Lameiro Tenreiro

A los cincuenta y dos años se percató de lo inoportuno de la opinión. Para empezar, tener una opinión fomenta el entrar en controversia con otras opiniones, ya sea de forma expresa o implícita y, continuamente, tener que actualizar y reformular uno la propia opinión, también expresa o implícitamente. Además, es común consideración el que una opinión, para serlo, debe ser expresada. Esto implica aún mayores contrariedades, pues no solo debemos escuchar las opiniones de los demás sino que –por si esto no fuera ya suficientemente engorroso– se espera de nosotros que aportemos la nuestra, y lo que es más, que la sostengamos. Así que, a los cincuenta y dos años, cansado de malentendidos, discusiones, rencillas y reyertas, decidió erradicar de sí mismo y para siempre el vicio de opinar.
Sus primeras medidas fueron, hemos de reconocerlo, inocentes; poco radicales y por tanto nada efectivas. En un principio, partiendo de la infantil creencia de que la opinión se fomenta por medio de determinados hábitos, dejó de leer. Ni novelas, ni poesías, ni ensayos, ni, por supuesto, periódicos. También abandonó los cines, los teatros y los estadios de fútbol –estos últimos, donde las opiniones están tan a flor de piel, llegaron a resultarle tan sumamente intolerables, que incluso evitaba sus cercanías, y no salía de casa los días de partido–. Con la televisión hubo más observancias. Durante un tiempo consideró una buena cura de embrutecimiento los late-night, y fue asiduo de algunos de ellos. Pero pronto se dio cuenta de que, lejos de lo que la autoridad moral pretendía hacer creer, aquellos programas eran un auténtico hervidero de opinión… eran la olla exprés de lo opinable. Así que finalmente se decantó por no ver la televisión tampoco y, si no la tiró al contenedor de la esquina de su calle, fue por deferencia a su esposa.
Sin embargo, estos intentos de apartarse de las fuentes de opinión institucionales pronto se revelaron a todas luces insuficientes, pues seguía forjándose opiniones constantemente: por la calle, cuando una madre regañaba a su hijo, cuando una pareja de adolescentes discutían o incluso cuando un joven ejecutivo sobradamente preparado vociferaba por el móvil más de lo que su corbata se lo permitía, no podía evitar posicionarse.
Así las cosas, se resolvió por no salir de casa y, a ser posible, de su cuarto, a no ser que fuera estrictamente necesario. Volvía tarde del instituto para poder comer a deshora y solo, y el tiempo que necesitaba perder con este fin lo empleaba con el sector más conservador del profesorado, con el que nunca antes se había llevado, pero que resultó ser de gran ayuda en su propósito, pues no parecían sus integrantes interesados en inculcarle sus opiniones, ni mucho menos en recibir alguna de él, al tiempo que se mostraban satisfechos de que a su nuevo compañero se le hubiera dado por ejercer inexorablemente el voto en blanco en todo tipo de asambleas y reuniones, ejercicio que, por lo demás, era a un tiempo democrático y reivindicativo. Él, por supuesto, no se metía a opinar sobre aquello.
Llegó un momento en el que consiguió evitar incluso el mínimo indicio de opinión en las aulas. Se limitaba a repetir, clase tras clase, lo que otros antes que él habían dicho, sin opinar siquiera sobre el criterio de autoridad, pues, como no era jefe de seminario, los textos y temarios le venían impuestos y descubrió que esto, que tiempo atrás le pareciera fastidioso, se volvía ahora en un gran provecho para su proyecto. Más difícil le resultó conseguir que los propios alumnos, jóvenes e inexpertos en eso de la opinión, lo dejasen de importunar con continuas opiniones o, lo que era más grave, solicitándole la suya propia. Pero a base de repetir una y otra vez las mismas respuestas, extraídas del libro de respuestas para el profesor, hasta los alumnos más tediosamente curiosos se dieron por vencidos, y él se salió con la suya.
Fue entonces feliz, pues ya no solo no opinaba como ejercicio, sino que, fruto de este ejercicio reiterado de forma ascética durante varios años consiguió anular casi por completo –o por completo– el instinto mismo de opinar.
Pero, como suele suceder, cuando uno se las promete más felices, empiezan a llover los problemas. Todo comenzó un día en que su esposa, pensando erradamente que su marido ya no la quería, probablemente por el mero hecho de haberle él retirado la palabra durante los últimos dos años, hasta el punto que había dejado de roncar por evitar cualquier matiz de opinión que pudiera escapársele en un estado tan traicionero para esas cosas como lo es el sueño, decidió pedir el divorcio. Su marido, obviamente, no tuvo nada que opinar al respecto, si bien para sus adentros se incomodó un tanto, porque era evidente que durante la vista, por activa o por pasiva, algo tendría que opinar. Pero resolvió el inconveniente con la gracia que otorga la experiencia y, en menos de dos meses, vivía en una pensión austera, con la ventaja añadida de que comía de rancho, y no tenía así que elegir primer plato, segundo plato y postre cada día, en uno de esos pequeños resquicios de la opinión que hasta entonces le habían quedado sin tapar, y que, por temporadas, lo había torturado enormemente.
No contentos con el problema del divorcio, sus antiguos amigos –los de izquierdas– comenzaron a creer, llevados por el hábito malsano de opinar, que su compañero había caído en una depresión. Evidentemente no podían estar más lejos de la realidad, pero él, como profanos que eran, no los culpó (evitando así formarse cualquier viso de opinión) y no puso trabas en pedir un mes de baja, que pasó a ser un año, para finalmente convertirse en una jubilación anticipada.
Si hubiera tenido opinión nuestro hombre, se habría dado cuenta de que, en el fondo, la idea de sus amigos había resultado bien, pues ahora, solo y sin nada que hacer, podía por fin dedicarse en cuerpo y alma a lo que se convirtió en su única labor: evitar la opinión.
A fuerza de perseverar en su investigación sobre las formas últimas de opinión, comenzó a obsesionarse con el hecho indudable de que toda elección es reflejo de una opinión y que, por mucho que lo intentase, no podía dejar de elegir a todas horas: qué guisante dejar para el final, qué ropa ponerse –o, el más difícil todavía, que ropa no ponerse–, qué parte del cuerpo lavarse primero, con qué pie levantarse… Poco a poco toda esta avalancha de decisiones ineludibles acabó por desbordarlo.

Cuando la encargada de la pensión se lo encontró desnudo, esquelético, con la mirada perdida, encogido en una esquina del cuarto, decidió llamar a la familia.

A la semana el papeleo estaba resuelto y él era el honorable usufructuario de una plaza en el mejor asilo de la ciudad, donde lo lavaban, lo vestían, le daban de comer y, sobre todo, jamás, jamás, le preguntaron u ofrecieron opinión alguna.

Pasó así unos años, bastantes, en los que su vida se limitó a la contemplación de los árboles del patio, sin atreverse nunca a pensar si ellos tendrían menos opinión que él, por miedo a ponerse a opinar allí mismo. Murió a los noventa y nueve años de edad, en una silla de ruedas, siendo el hombre más feliz y más inopinante de la historia conocida.

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

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La persuasión

por Joaquín Lameiro Tenreiro

‘But I don’t want to go among mad people,’ Alice remarked.
‘Oh, you can’t help that,’ said the Cat: ‘we’re all mad here. I’m mad. You’re mad.’
‘How do you know I’m mad?’ said Alice.
‘You must be,’ said the Cat, ‘or you wouldn’t have come here.’
Lewis Carroll, Alice’s Adventures in Wonderland

–Y a lo mejor no está loca –dijo el otro–. ¿Y si no está loca?
–Pues, si no está loca… Pues entonces los que estamos jodidos somos nosotros.
El otro puso una cara como diciendo “Hombre…” y dijo:
–Hombre…
–No, hombre no. Ni hombre ni no hombre. Si ella no está loca, entonces estamos jodidos. Pero bien jodidos, estamos.

El otro bajó la cabeza de gibón meditabundo y juntó las yemas de los dedos. Miró hacia el suelo del corredor, que era todo manchas pequeñitas negras, grises y blancas. “¿Es un suelo de qué color? ¿De qué color es este suelo?” pensó, y luego pensó en el cielo de la ciudad, y en el cielo del campo, y en las nubes del cielo. Y pensó también “¿Cuál es, entonces, el cielo? ¿Cuál es, de todos ellos?” Y luego no pensó más, durante un tiempo, hasta que el tic-tac del reloj de la pared lo despertó. Entonces pensó que
–Pero algo loca tiene que estar… Algo medio loca por fuerza tiene que estar.
–Pero cómo algo loca ni medio loca. Si está loca, está loca, y si no, si no está loca, pues no está. Eso es así. Sobre todo en el caso que nos ocupa. Aquí y ahora.
Y se levantó del banco, dejando al otro con sus medias tintas y sus cábalas de si está medio loca o loca entera y su cara de babuino incomprensible y se puso a dar vueltas por el corredor. Y cada paso que daba sobre el suelo plástico aquel sonaba como si dijera “jodidos, estamos jodidos, estamos jodidos.” Y luego pensó “Tengo sed” y se dejó de dar tanta vuelta y tanta jodienda y se dirigió al tanque de agua, cogió un vaso de cartón y lo llenó con agua del tanque. Miró dentro del vaso y vio el agua y algunas burbujas de aire que se adherían a las paredes del vaso. “Y cómo es que puedo ver el agua, que es incolora, pero bueno, eso es un efecto óptico, porque es incolora y transparente pero modifica la trayectoria de la luz, pero lo que es peor es cómo puede ser que pueda ver las burbujas, que son de aire. Aire dentro del agua. Pero el aire fuera del agua, el aire en el aire, ese no lo puedo ver. Y, lo más extraño de todo, que de todo lo que veo, lo que menos veo es la luz, y eso cuando la veo. Y yo veo la luz allí, por debajo de la puerta de los despachos, porque allí hay luz y aquí no. Porque si hubiese luz aquí, y ahora, entonces no vería la luz que hay debajo de la puerta que da a los despachos, aunque estuviera ahí. Esto, más que otra cosa, me inquieta” y terminó de pensar y entonces sintió que el agua, pero el agua, no el vaso, era muy pequeña. Era un agua demasiado pequeña y esto también lo inquietaba, porque el vaso, “el vaso es el de siempre, es decir, uno como los de siempre, es decir, el de siempre” y ya no quiso sentir más. Se bebió el agua de un sorbo (tan pequeña era esa agua) y se giró hacia el otro. Vio al otro, pero el otro no lo miraba a él, el otro miraba hacia el suelo, y él miró hacia el suelo también, y luego volvió a mirar al otro y todo furia tiró el vaso a la papelera. Dijo:
–Estamos jodidos, estamos jodidos.

El otro puso una sonrisa de mono simpático y abrió las manos y extendió los brazos como diciendo “Pero alguna solución habrá”, pero no dijo nada.

–Estamos jodidos si no está loca, y si está loca también estamos jodidos. Igual de jodidos estamos de las dos maneras. Y eso es lo que tú no entiendes y lo que a mí más me jode de toda esta historia, y lo que más me sulfura: que no lo entiendas. Porque si no está loca y lo que dice es verdad y pasó así como ella dice (que para eso estamos aquí los tres, al fin y al cabo, para saber si pasó eso que ella dice y qué pasó, en cualquier caso, independientemente de lo que ella diga o deje de decir), pues si eso pasó así, entonces los que estamos dentro somos nosotros, es decir tú y yo, y no ella, porque ella estaría, según su versión, fuera. Y nosotros dentro. Eso mantenlo bien claro en tu cabeza de babuino, porque en eso se nos va el asunto. Porque si ella entró, como dice que entró, es decir, desde fuera (porque eso es básicamente lo que ella dice, que entró desde fuera) entonces es que nosotros ya estábamos dentro de antes. ¿Te das cuenta? Dentro y de antes. Pero si lo que dice no es cierto, y no pasó así como ella dice que pasó lo que pasó, ya sea porque es una loca, pero una loca de remate, nada de medio loca ni loca tres cuartos, no te equivoques, si ella está loca está loca del todo, eso no tiene más vuelta de hoja, digo ya sea porque está loca loquísima, ya sea porque es una mentirosa, y nos cuenta mentiras, que eso también pudiera ser, y a lo mejor es casi más factible, lo que yo no sé es qué te ha dado a ti, con esa cabeza de mono que tienes, que eres testarudo y no entiendes, y a mí eso es lo que más me jode y lo que más me sulfura de todo esto, que no entiendes un carajo de lo que pasa aquí, no porque no puedas entender, que poder puedes, sino porque no quieres entender, que es lo peor del caso, pues digo que no sé por qué se te ha tenido que meter en esa cabeza de mono que tienes, con sus orejas y sus narices y su sonrisa de mono, la idea esa de que ella está loca. Porque igual, aun no estando loca, lo que nos dice no es verdad. Y esto puede ser así porque puede ser, a ver si te enteras, que lo que nos dice no sean locuras, sino mentiras. Pura y llanamente. Mentiras. ¿Te enteras?

El otro, que seguía sentado en el banco, levantó un brazo con su mano y asintió, moviendo la cabeza que ya era más de ídolo que de mono, como diciendo “Si yo ya entiendo; ya entiendo yo todo eso” y dijo:
–Si yo ya entiendo; ya entiendo yo todo eso.
–Un carajo es lo que tú entiendes. Por eso te lo estoy explicando, lo que pasa aquí. Aquí y ahora. Entre tú y yo y ella –y agitó un brazo con su mano y en la mano su índice en dirección al vidrio– ¡Ella! Es ella la que no encaja aquí. Porque, y déjame terminar, aunque esté loca o sea una mentirosa o una cuentista o una payasa… bueno, ya me entiendes, o no sé si me entiendes, porque como últimamente parece que no entiendes un carajo de nada, pero bueno, aun en ese caso, sí, que puede ser que sea así, pues no pongas esa cara de alivio, esa cara como de ídolo que tienes tú, porque no es así, porque incluso en ese caso, que a ti te aliviaría tanto que fuese así, pues no cambia nada. ¡Claro que no! Eso es lo que tú no acabas de entender. Que si lo que dice no es cierto (que muy bien podría no serlo, por los motivos que ya hemos hablado tú y yo), pues igualmente estamos jodidos, hablando rápido y mal, porque aunque sea todo una invención de ella… pues ¿en qué posición nos deja eso a nosotros? Te lo voy a decir, en una posición bien jodida. Porque mira: si ella no entró como dice que entró, o sea desde fuera, que esa es su versión, que tú y yo estábamos ya dentro y ella entró de fuera, pues si no entró así, o incluso si no entró de ninguna manera… Fíjate bien lo que te digo: incluso si ella ni siquiera llegó a entrar, entonces es que ya estaba dentro de antes, y si ella estaba dentro de antes, y no entró, y ahora está aquí, pues suma dos y dos: si ella está aquí dentro, con nosotros, contigo y conmigo, eso quiero decir, entonces nosotros estamos dentro también. O sea que al final, a ver si te enteras, lo de menos es que ella entrase o dejase de entrar, o mienta o deje de mentir, o esté medio loca, tres cuartos de loca o loca entera. Lo que cuenta (y me refiero por lo que nos toca a nosotros, es decir a ti y a mí) es que de cualquier modo nosotros estamos dentro. Todo el tiempo hemos estado dentro. Y te digo nosotros pero podría decirte los otros, los que quedan aún en el despacho, que ves que se ve luz por debajo de la puerta, o los que ya se han marchado. Tanto me da, para el caso. Todos dentro, por h o por b. Y punto. Ahí es donde nos han jodido.

El otro lo miró, se levantó con las manos en los bolsillos y se dirigió hacia el vidrio, en el extremo opuesto del corredor. Se quedó allí mirando para ella, que estaba sentada frente a la mesa al otro lado del vidrio y ya había terminado el té que le habían llevado en un vaso de cartón, y el hilo de la bolsita colgaba y colgaba, como una sentencia infinita e inapelable, del borde del vaso, y sacó un reloj de pulsera del bolsillo derecho, el otro, y miró el reloj de pared y ajustó la hora en su reloj de pulsera que guardaba en el bolsillo y miró, con sus ojos de ídolo derrotado, a su colega, y le hizo un gesto que parecía como si dijera “Pues venga, prepárate que empezamos otra vez” y dijo:
–Pues, entonces, estamos jodidos.

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

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