Hemisferios

por Laura Cesarco Eglin

-10 °C de desierto me encuentran
en una latitud 34° 58′ Sur donde
el verano lo calculan los dedos
en tres meses desde el 21 de diciembre
y me saco los guantes
porque el mar de febrero enseña
a bailar y en la arena reconocés tu agua
que la nieve concentra en blanco
donde los meses del verano son
dirección del invierno
enfría para hacer silencio y yo
también me hago en silencios

el frío amaina longitudes y latitudes

Laura Cesarco Eglin es una poeta y traductora de Uruguay. Es la autora de dos libros de poesía, Llamar al agua por su nombre (Mouthfeel Press, 2010) y Sastrería (Yaugurú, 2011), así como de una plaquette, Tailor Shop: Threads (Finishing Line Press, 2013), con poemas de ella traducidos con Teresa Williams. Sus poemas y traducciones han sido publicados en revistas literarias en EE. UU., Inglaterra, México y Uruguay. Sus poemas también son parte de la sección de «Mujeres Uruguayas» de Palabras Errantes, Plusamérica. Su poesía y traducciones han sido nominadas dos veces al premio Pushcart.

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Idas y venidas

por Laura Cesarco Eglin

La L falla en mi teclado bajo mi fuerza. Dirección exacta: dedo anular, mano derecha, que no puede cumplir con hospedar ciertas palabras, que no puede decir. Se van a otros lados—ahí me llevan. Porque si de mi nombre queda sólo el aura, las cosas están cambiando. La L me habla de formular ajeno a mí, y así, insiste en mandarme en una ausencia plena. Salir de la lucha de resistencias. Salir. Entregarme al ni siquiera. Salirme. No se vuelve si el lugar es el mismo. No se es sin andar en verbo—cómo verbalizar

Laura Cesarco Eglin es una poeta y traductora de Uruguay. Es la autora de dos libros de poesía, Llamar al agua por su nombre (Mouthfeel Press, 2010) y Sastrería (Yaugurú, 2011), así como de una plaquette, Tailor Shop: Threads (Finishing Line Press, 2013), con poemas de ella traducidos con Teresa Williams. Sus poemas y traducciones han sido publicados en revistas literarias en EE. UU., Inglaterra, México y Uruguay. Sus poemas también son parte de la sección de «Mujeres Uruguayas» de Palabras Errantes, Plusamérica. Su poesía y traducciones han sido nominadas dos veces al premio Pushcart.

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La hora de Berlín

por Víctor Manuel Sanchis Amat

Éramos pobres.
Las banderas ocupaban las plazas.
Había llegado ya la victoria
y se ajustaban las cuentas en los paredones
del congreso. La radio
proclamaba la nueva era
mientras crecían las colas
en las fronteras y en los cementerios.
Adelantamos el reloj
en homenaje a los aliados.

Cada mañana la alarma del teléfono
vibra a las siete y treinta y nueve
y las banderas ocupan las plazas
y en la radio habla Gabilondo
y en el congreso se ajustan las cuentas en los paredones
y el panadero hornea los diarios de la necesidad
y el pan que nos devora
y el café caliente corre de boca en boca
y abren y cierran los bares y las escuelas
y el Ministerio de Hacienda y también los hospitales.

Y sin embargo me sobra una hora
entre los rugidos de la rutina
me sobra una hora del ruido de los estudiantes
que corren por las escaleras
me sobra una hora de tu carpeta vieja de los Beatles
de desamigos en las callejuelas
de currículos decorando las papeleras.
Me sobra una hora entre los desahucios
y la deuda pública, entre la miseria del barrio
y un cuarteto de Mozart.
Me sobra una hora en el calendario:
me sobra la hora de Berlín.

Víctor Manuel Sanchis Amat es doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad de Alicante, donde ha ejercido como investigador predoctoral de la Consellería d’Educació de la Generalitat Valenciana. Su tesis doctoral se centra en el estudio de la figura del humanista toledano Francisco Cervantes de Salazar y la llegada y adaptación del humanismo a la Nueva España a través de sus principales textos, escritos hacia la mitad del siglo XVI en la capital del virreinato, donde ejerció entre otras cosas de catedrático de retórica y de cronista de la ciudad. | Blog La hora de Berlín

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Agencia

por Laura Cesarco Eglin

No necesito un caleidoscopio cuando puedo
acostarme con los ojos cerrados, la mirada dirigida
a una ventana y la respiración arma los vaivenes
de la luz, arma lo que no nombro para no darle
quietud, que siga pasando como a pesar de mí
aunque sé bien que cuando la montaña se derrita
y el corcho se ramifique estaré en Portugal; el viento
tironea para su lado, se desatan hojas, alguna que
otra bajo esta lapicera también indica cómo va
la corriente hoy sin necesidad de mojar la punta
del dedo para sentir de dónde viene
lo demás, no lo veo venir; está acá, ventrílocuo
del tiempo dice que yo digo que dice que digo
digo

Laura Cesarco Eglin es una poeta y traductora de Uruguay. Es la autora de dos libros de poesía, Llamar al agua por su nombre (Mouthfeel Press, 2010) y Sastrería (Yaugurú, 2011), así como de una plaquette, Tailor Shop: Threads (Finishing Line Press, 2013), con poemas de ella traducidos con Teresa Williams. Sus poemas y traducciones han sido publicados en revistas literarias en EE. UU., Inglaterra, México y Uruguay. Sus poemas también son parte de la sección de «Mujeres Uruguayas» de Palabras Errantes, Plusamérica. Su poesía y traducciones han sido nominadas dos veces al premio Pushcart.

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Novedad editorial: Operario de Jano

Hace ya unos meses que uno de nuestros más asiduos colaboradores, Jano, publicó su último álbum: Operario. Se trata de un cómic en pequeño formato que narra sin palabras el día a día en la vida de un obrero industrial.

La obra abre la colección Demográfica de Demo Editorial y fue presentada el pasado agosto en el festival de cómic coruñés Viñetas desde o Atlántico. En enero, Magazine Cultural Galego publicaba una entrevista con el autor, en donde Jano ofrece algunas de las claves del álbum.

Animamos a nuestro lectores a que se acerquen a la última obra de una de las más destacadas figuras del cómic gallego. Y, por supuesto, a que visiten su blog, donde podrán descubrir otras obras del autor y varias sorpresas.

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Poema

por Jacobo Llamas

A friaxe incinerante do río
flue intimamente
a través de ti e de min
durante as consacratio.
Nada o mar,
non é posible armar a paz,
os cónclave non cauterizan as feridas,

os mortos xerminan aos meus pés.

Non comprenden,
non se trata de aniquilar,
senón de refundar,
de que non haxa máis cadáveres,
porque a súa incomprensión
non se combate con máis tropas,
porque os poboados máis desprotexidos
tamén se saben defender.
Mañá agarda unha nova viaxe
e ninguén saberá de onde virei dando pasos
para recrutar máis guerreiros.
Cando remate o día
a terra entre nós será a mesma,
ou máis árida,
a escuridade
non me deixará máis preto dos teus brazos.

No pasado eu ulía a ti
e todos os perfumes
agromaban sobre os areais.
Aquelas noites durmía abrazando pingas do teu corpo,
buscaba consolo nos rétores,
porque o teu lugar
aínda podería ser o meu lugar
e os sentidos das miñas concas non estaban tan ocos.
Logo fomos afastando as dedas,
deixando de apalparnos
dende os orificios máis profundos,
e xa non foi preciso decidir o nome de máis fillos
nin dirimir nada con palabras.
Aprendín a non preguntar polas derrotas,
polo que non se debatía no senado,
polos verdugos,

polos corpos que cambiaban de cor baixo o mar.

Neste intre camiño co bafo ferido
e non son máis ca carne,
albisco rostros coñecidos,
mergullados,
que non me recoñecen:
o seu sangue corre polas fontes,
polos mananciais,
limpa as nosas mans:

—Que sinten os que son como eles?

E nós, pai,

qué sentimos nós?

Jacobo Llamas (Lugo, 1980). Declárase romano e culpable. Entre os seus deméritos menores cóntanse o de seren case doutor en filoloxía, e licenciado en xornalismo e filoloxía; entre os maiores, o de considerárense traidor, pero honesto. Os seus versos están espallados en obras como Terragrafías (2009), nas revistas Xistral (2013), Dorna (2010-2011) e Evohé (2004); en arquivos OpenOffice (1998-2014) e nove libretas (1996-actualidade).

Segue convencido de que nunca será poeta e, como tantos, anda á procura de traballo.

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Abuela

por Alberto Albert Alonso

Este cuento ha recibido una Mención en el I Certamen Literario Mario Benedetti, organizado por el Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti de la Universidad de Alicante

Sé que a ella le gustaba que la besaran. Lo veía cada vez que comíamos todos en la mesa. Ella miraba la huella de los labios en los vasos y echaba de menos los besos que le dábamos cuando éramos todos pequeños. Acostumbraba, a la hora de la comida, a observar de pie cómo comíamos. Solía tocarse las muñecas. «¡Échate alcohol, abuela!» le decía mi gente. Las tenía secas. Intentaba redondearlas con los dedos, girándolas. Y nos miraba. Sonreía. Parecía estar feliz de vernos comer en silencio. Era el mismo silencio que habrá dentro de nuestras tumbas, el día en que muramos. La mesa era un ataúd.

Esta mañana ha empezado todo. Una oliva podrida ha caído en el parabrisas del coche, justo en el punto al que yo miraba. Se me ha puesto negra la vista. Y todo por aparcar el coche en un campo de olivos. Ya se lo dije a mi gente y ellos insistieron en salir con mi abuela desde la casa en que aprendió a ser muñeca. Ella ni se ha enterado, o eso creo. Como ella quería que yo rezase, yo he rezado. Pero esa oliva ha hecho que me perdiese en el padrenuestro, aunque es cierto que me ha servido de excusa para dejar de recitarlo, porque apenas me acordaba ya y me entraba miedo.
Y seguía allí, en el coche fúnebre. Estaba sentado detrás, a la izquierda. A mi derecha iría ella, mi abuela, tumbada y de camino a la tumba. Yo, mientras, le leería en voz baja unos versitos que escribimos juntos. Había visto cómo le desataban las muñecas, atadas en cruz a la cama, y cómo la bajaban. Vi sus estigmas. Luego, quise ver el interior del ataúd para ver si yo también cabía. La trajeron al coche, tambaleándose.

La vida está para poder ser independiente e ir solo, sin ayuda de nadie, porque ya necesitaremos esa ayuda cuando muramos y alguien tenga que llevarnos a la tumba. Mi abuela fue acompañada en vida, compañía represora, e iba también ahora (¡lástima no poder ir solos también a la tumba!, porque conocemos muy bien el camino, como el niño castigado que va solo a ponerse cara a la pared).

Cuando la pusieron a mi lado, comencé mi prometido recital.

Camino al cementerio, vi que el viento movía de un lado a otro los campos de trigo, ovacionándonos. Y las nubes se agrupaban para consolarse. No pudieron evitar, al final, echarse a llorar. Al final, llovía, abuela. Pero llovía como algo gris, enfermo.

Yo iba al lado de ella, con la mano derecha sobre el ataúd, donde yo intuí que estaría su corazón. El ataúd estaba frío y yo ya no supe si el calor de la palma de mi mano era porque estaba sudando, al tacto de la caja, o porque ella aún latía.

Algunas gotas de lluvia se quedaban agarradas a la ventana. Querían vernos, abuela. Era nuestro público. Los charcos de la carretera las llamaban y ellas no querían ir. Tenían que ser el viento y la velocidad quienes las empujasen hasta el asfalto, y allí morían, en los charcos.

Conducía mi gente. Yo quería que fuese San Pedro el chófer, para que me llevase con ella. Quizá yo no vaya al Cielo, abuela. Pero ellos, ellos ya no te verán nunca más. Ni tú los verás a ellos, porque quedarán encerrados en el Infierno. Aún no saben que me he dejado abierta la llave del gas, antes de salir de casa.

No tengo pensado volver a esa carpintería, donde te tallaban para ser títere de madera, con cuerdas e hilos por todos lados, con tus estigmas, no me olvido, en las muñecas. No tengo pensado volver a esa casa porque ella también ha muerto al morir tú. Yo me iré a oler café a las cafeterías, porque huelen a domingo y allí esperaré tu resurrección, abuela.

Ya en el cementerio, el cielo toca sus tambores de truenos. ¡Qué triste ha sido ver, a la luz de un maldito relámpago, el agujero de tierra donde descansarás en paz! ¡Y ser ese el último banquete al que asistamos! Y no podemos preguntar dónde está la comida, ni pedirla, porque los gusanos se reirían de nosotros. Oigo risas. Creo que no son los gusanos, al menos todavía. Son otros. ¡Por favor! ¡En el cementerio no cabe la risa! La risa se fue con Adán, se fue con Eva, cuando expulsaron a los tres del Paraíso.

Ha sonado un golpe al dejar el ataúd en el suelo. Estamos esperando al enterrador. Se alarga la agonía. Mi gente comenta: «¡Ya empieza a oler esto!». Y yo les maldigo. Mi abuela no huele. Ni mi abuela es “esto”. Ella es la santa que os ha cuidado a todos, gente. Yo me arrepiento enormemente de no haber dado más salida al gas.

El ataúd se moja. Está frío. Es una bañera a rebosar. El ataúd mal cerrado es lo que te está mojando las alas, abuela. Ellos no te lo han cerrado bien para que se te mojen y no puedas volar. Tus alas, abuela, tus alas. Recuerdo, ahora, cuando me decías: «Cariño, no cojas las mariposas, no toques sus alas, porque les quitas el polvillo y ya no pueden volar más». A ti te tocaron demasiado las alas, abuela.

Y mientras voy pensando en volver andando hasta la casa de los olivos para darle fuerza a la llave del gas, mi gente deja que el ataúd se moje, pero ellos bien secos bajo el paraguas. Secos como sus corazones.

Entonces, me acerco a él, me arrodillo y lo cubro con mi paraguas. En ese momento, esperando al enterrador, empiezo a recordar el drama de esta muñeca de porcelana.

A mi abuela le pusieron los grilletes nada más nacer. Su madre no quiso cortarle el cordón umbilical hasta haber hecho de ella una señora. Iba a casa de sus tías cogiéndose del cordón para no perder de vista a su madre, que iba delante. Luego, cuando iba a casa de alguna amiga, se sentaba al lado de la ventana de la habitación para poder echarlo a través de ella: su madre, desde casa, oía las risas y, entonces, daba un tironcito de cuerda y mi abuela se ponía seria, se ponía señora.

Su madre decidió cortárselo a mi abuela cuando se iba a casar. Agarró las tijeras y le dijo: «Hija, mira bien qué voy a hacer, porque lo mismo tendrás tú que hacer con tu hija». Mi abuela, entonces, se sorprendió. Era la primera vez que oía la palabra “hija”. A ella todos la llamaban “muñequita”. Aseguró (o tuvo que asegurar) que no le dolió el corte. Ni siquiera sangró. Eso sí: tenía muchos sudores y muchas dudas. Quizá fueron las dudas las que le permitieron no pensar en el corte.

Y después de eso, su marido le ató los pies, uno al otro. Empezó a sentirse pingüino con el paso corto, con la frialdad de la casa y con el agua helada. Ya era una señora.

La vida se le hacía cada vez más larga y, para abreviar la seguridad de morir un día, decidió volverse loca. Lamentablemente, lo que ella creía que era una decisión, una voluntad, no era más que el resultado de unos acontecimientos que lo habían ido provocando. Enloqueció de manera natural porque se ahogaba, porque se moría de frío en esa casa, siendo pingüino, porque tuvo que regalar su vida a otros.

Luego, vinieron los arco iris tristes, que tenían colores negros, vinieron las nubes con asma, que no podían respirar bien el agua del mar, vinieron los esguinces en la maratón por la que se corre encorsetado en unas mallas fosforitas, con el corazón negro; vinieron más y más momentos que recuerdo de las tardes con mi abuela, ella cogida de las manos a la cama y yo a su lado, sentado en una silla, escuchándola decir todo eso.

Yo me creía todo lo que contaba (¿por qué no?) y aprendí a ver esos arco iris unicolores, esas nubes enfermas, esos mares sin nadie que los respirase, y aprendí a verme vestido con las mismas mallas que llevó mi abuela. Me encorseté como ella.

Pero llegará el día, si no es hoy ese día, en que reúna fuerzas y le haga el boca a boca a las nubes, para que dejen de estar enfermas (porque nos echan lluvia gris, pachucha) y puedan respirarlos a todos, y los dejen caer desde miles de metros. Llegará ese día, abuela.

Tú me enseñaste en la vida muchas cosas que definen el miedo, que definen la agonía. Y yo, para comprenderte, he acabado sintiendo un mismo miedo y una misma agonía. Pero no me importa, ya te digo, porque yo también soy mártir. En tu bajada de la cama, la cruz en la que estuviste por mucho tiempo, vi que los estigmas de tus muñecas te habían llegado hasta el hueso y que estaba raspado.

Comprendí, entonces, que tú misma, en impulsos, tratabas de quitarte los grilletes que te dio la vida, cuando aparentemente te rascabas las muñecas porque las tenías secas («¡Échate alcohol, abuela!»). Intentabas quitártelas, ¿verdad? Yo he decidido tomar el relevo de tu martirio para comprenderte, porque te quiero.

La muñeca de porcelana ya ha explotado en sus propios añicos de blancura perfecta. Espero que ahí dentro, ahí donde ella va, no siga raspándose las muñecas. Ya las tienes libres, abuela.

El enterrador no llega. Sigue lloviendo. Algunos que estaban ahí plantados, en tiestos, pisando barro, se han marchado. Quedamos unos pocos. Solamente unos pocos y yo cada vez huelo más a gas.

Las hojas negras de los árboles se pegan a mi cuerpo con la lluvia y el aire. Parecen querer amordazarme. Y yo encantado: porque llueve, porque hace frío, porque yo también quiero conocer a los gusanos. Mi gente me mira con rostros como de goma, o de cera, no sé muy bien. Están hinchados. No se atreven a hablarme, me miran de reojo y se miran entre ellos. Veo algo que me hace sonreír: unos cuerpos de cera deshechos, unas gargantas rotas de gritar, unas caras descarnadas. Satanás les espera en la casa de los olivos.

A mí me da por pensar: «tú y yo nos vamos a ir, abuela, tú en mis brazos como cuando yo, niño, iba en tus brazos». Pienso eso una y otra vez. Quiero robar el cuerpo de mi abuela porque aún no comprendo cómo no ha resucitado. O tal vez ya sí y no me he dado cuenta. Quiero abrir el ataúd para ver si está su cuerpo. No me importa que me miren. Empiezo a abrir la tapa… y una mano con guantes deshilachados la cierra. Es el enterrador.

Parece que no esté pasando nada. Esto se acaba. No me gusta el sonido de la pala. El enterrador intenta hacer el hoyo más profundo, pero cava en balde porque no hace más que llenarse de agua, y se embarra. Y sin pensarlo dos veces, echan a mi abuela (o al ataúd sólo, no lo sé) como si fuera un barco. No sé si vas dentro, abuela. Me apetece llorar. Es tu entierro, y parece que esté asistiendo a tu parto. Estás en agua, en barro. Parece todo eso una placenta. Pero ya no hay cordón umbilical, ni grilletes, ni muñecas rotas, porque ya no hay muñeca.

Y el día en que te mueras, abuela, verán todos que habrá una oliva podrida en el parabrisas del coche, enfrente de mi pupila. Verán todos que habrá lluvia, que habrá viento. Todos escucharán, el día en que te mueras, el recital de nuestros versos. Todos verán cómo cierro tu ataúd, para que no te mojes. Recordaré tus arco iris, tus nubes, y mi luto serán unas mallas negras. Verán que el enterrador llegará tarde, el día en que te mueras. Nos mojaremos. Se reirán, los conozco. Comentarán, lo sé. A mí me amordazarán las hojas de los árboles, el día en que te mueras. Y tú te habrás perdido en una placenta de barro. Pero yo, te prometo, me sumergiré y te sacaré de ella para irnos juntos a celebrar con un desayuno tu resurrección, cualquier domingo.

Les llegará a todos un olor a gas, al volver de tu entierro. Yo ya huelo a gas, a fuego, a brasas. Pero ahora ustedes no se chiven, por favor. No se chiven.

Alberto Albert Alonso (Petrer, 1993) es estudiante de Filología Hispánica en la Universidad de Alicante. Aficionado a la lectura y a la escritura. Sus metas son el multilingüismo y la interculturalidad. Viajar por viajar. Otro superviviente del mundo deshumanizado. «No será el miedo a la locura lo que obligue a bajar la bandera de la imaginación.»

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Días no Imperio II o La inundación

una serie de Xavier Dapena
[ver las crónicas anteriores]

“Puedes matarme si quieres,
mi amor no lo matarás,
tengo la esperanza puesta
en volverte a conquistar,
que una vez te diste entera,
nunca lo podré olvidar,
amor.

Puedes quitarme el aire
que preciso pa’ vivir
pero no podrás quitarme
la fuerza que nació en mí
cuando mujer, cuerpo y alma
me diste en el mes de abril,
amor.

Quítame la cordillera,
quítame también el mar,
pero no podrás quitarme
que te quiera siempre más:
lo que entre dos se ha sembrado
entre dos se ha de cuidar,
amor”

Ángel Parra, Canción de amor

“La razón es el recurso para refinar las prácticas del poder,
y más específicamente del uso del poder”

Carlos van der Linde, “¡Yo mando aquí!”

A la camarada Rucia.

A ti, más que a nadie.

“¿Quién era Salvador Allende?” dije.

Rucia vuelve otra vez a cantar y “Wiyanna” será la última palabra que gritarás.

Aunque debo acabar el artículo, me dispongo a preparar la clase de una mañana inusitadamente húmeda. Quisiera decir que dedico mucho tiempo a prepararla, pero la realidad es que suelo improvisar. Cuando en un mes de abril de 1998 Derrida pronunció su conferencia titulada La universidad sin condición en Stanford, consideraba que la universidad debería ser un ámbito de resistencia de todo poder (por mucho que esta palabra le duela a Jameson), con “el derecho primordial a decirlo todo, aunque sea como ficción o experimentación del saber, y el derecho a decirlo públicamente, a publicarlo”. Con esa frase de Derrida y aquella de Miles Davis que dice “No temas a los errores. No hay ninguno” empecé titubeante la clase de este último 11 de septiembre de lluvias torrenciales. El mismo septiembre del “vamos andando, Rucia…” y de ese momento, Wesley, en que no dudarás.

La amenaza del agua llevó a un empapado Carlitos van der Linde en bañador y chanclas a plantarse ante mi puerta. El gobernador de Colorado declaró la situación de emergencia en 14 condados. 11.000 personas han sido desalojadas y las sirenas colapsan de reclamos la ciudad como si se extendiera la batalla, como si la fuerza aérea hubiera bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Y Rucia canta “puedes quitarme el aire que preciso pa’ vivir…”. Ajeno al mundo, disfrutaba de la resistente y constante lluvia, como en Galicia. Pero es Boulder, el lugar semidesértico al pie de las Rocosas, ahora convertido en ciudad-bosque y que sufre las peores inundaciones en cien años, como nos recuerdan las alarmas. Y bromeo, producto de mi hartazgo o mi ignorancia… “Que vienen los comunistas…” y mi amigo se ríe. “Bueno o son comunistas o son zombies pero lo de la sirena no es normal” afirmo. Y Rucia sigue cantando “tengo la esperanza puesta…”. Y al leerme Carlitos desde mi sofá, me repite “pelaíto, sé diáfano…”.

Te atreverás, Wesley, a pedirle para salir un día de San Valentín, porque es “la fuerza que nació en mí…”. El amor es un anacronismo esencial, decimonónico dicen, que padecemos en los tiempos del poliamor. Me enteraré de vuestra vida en el transcurso de los días. Ellos se conocían desde niños, y el paso a la adolescencia había motivado aquella hermosa historia entre Wesley y Wiyanna, ambos de apenas diecinueve años. Será otro 11 de septiembre cuando cuatro amigos regresan en coche de una fiesta de cumpleaños en Boulder. Las lluvias acrecientan el peligro del retorno por esta carretera secundaria y el agua y las rocas comienzan a golpear el vehículo. Y Rucia se vuelve y canta “quítame también el mar…”

Yo preparé mi clase. En día tan señalado había cosas que recordar. Les espeté “¿Qué sucedió el 11 de septiembre?” y la mayoría, sin saber si hablaba en serio como siempre, ponía ese rostro particular y recurrente ante el comentario extemporáneo. Apenas 10 años alcanzaban en su mayoría, cuando sucedió el ataque a las Torres Gemelas. Alguien recordó el acontecimiento, pues forma parte de la configuración de la psique norteamericana, y yo les pregunté si conocían algo más. Si no sabían de ningún otro 11 de septiembre. Tuve que ayudarles y escribí muy lentamente en la pizarra “1973”.

Mientras ella canta “lo que entre dos se ha sembrado…”, temblarás, Wesley, como nunca, este 11 de septiembre. La histeria os corroe. El torrente envuelve el coche, como si la calle se hubiera convertido en océano y en la radio repicara una triste canción. Intentarás subir al techo del Subaru para manteneros a salvo. Emily y Nathan lo conseguirán. Tú mirarás al amor de tu vida a los ojos pues “…entre dos se ha de cuidar, amor”. Subirás, porque no queda otra pues el agua está entrando desmedida. Ayudarás a Wiyanna pero vuestras manos se soltarán. Ella caerá al agua y desaparecerá en la corriente. Gritarás. Gritarás su nombre. Mirarás a Emily. Y ni siquiera un instante. Ni siquiera un instante dudarás en saltar al agua para salvarla, pues “mi amor no lo matarás…”

Y pregunto “¿Quién era Salvador Allende?”. Nadie levanta la mano. Repito la pregunta. “¿Quién era Salvador Allende?” y una mano se alza entre la clase. Una voz temblorosa dice: “Allende fue un gran líder que creía verdaderamente en la igualdad para todos y esta creencia y el poder de su voz entre la gente asustó a los poderosos, especialmente a los Estados Unidos”. Habla a la clase Franky Navarrete, que se declara descendiente de chilenos. Yo les pongo fragmentos del último discurso del presidente “colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo” y su voz se extiende por la sala, pues parece que la fuerza Aérea ha bombardeado las torres de radio. Las alarmas. No niego mis fuentes, les hablo de diferentes páginas como Marxists.org y el National Security Archive de la Universidad George Washington, donde se encuentran los documentos desclasificados de la CIA y el FBI, por si tenían dudas. “La razón es el recurso para refinar el uso del poder” me dice al oído Carlitos. Y Franky prosigue: “Estados Unidos ayudó a un golpe militar, que asesinó al democráticamente elegido Allende y puso en su lugar al dictador Augusto Pinochet. Pinochet durante diecisiete años destruyó el país, asesinando, torturando, deteniendo y haciendo desaparecer a miles de personas” y el silencio embargó a la clase.

“Nunca lo podré olvidar, amor” canta Rucia y las históricas inundaciones del pasado septiembre se llevan por delante ocho vidas. Tardarán en encontrar vuestros cadáveres, Wesley. Tus amigos, Nathan y Emily, relatarán su experiencia a diversos medios nacionales mientras vuestras madres sollozan y balbucean “ellos fueron una pareja tan linda”. Las lágrimas asoman a los rostros, a su rostro… “Entre los miles de desaparecidos –dice Franky–, estaba mi prima segunda Muriel Dockendorff Navarrete, miembro del Movimiento de Izquierda Revolucionaria que fue torturada hasta la muerte con un hijo en sus entrañas”.

Y la voz de Rucia me susurra de nuevo “tengo la esperanza puesta…”. Este 11 de septiembre, Franky (Francesca) Navarrete no sabe que, al reducirse su beca año tras año, tendrá que trabajar más horas para afrontar la matrícula y se verá obligada una semana después a dejar mi clase. Hoy lucha desde el departamento de Ecología y Biología Evolutiva en los órganos de gobierno de la Asociación de Estudiantes y de la Universidad, para cuyos cargos tuve el placer de votarla.

Rebusco información. Debo contrastar su historia y acabo en la páginas sobre los desaparecidos de la dictadura chilena. Encuentro un archivo sobre Muriel Dockendorff y diversos testimonios… Cuenta la actriz Gloria Laso, compañera de prisión de Muriel, o camarada Rucia como era conocida, que fue en septiembre cuando la asesinaron. Recuerda en sus declaraciones la risa y las palabras de los hombres. “Ya Muriel, a ti te toca, vamos andando, Rucia, apúrate que te están esperando…” dijo un asesino. Y, recuerda también, que Muriel cantaba insistentemente una canción. Una canción que crispaba los nervios de los guardianes. Una canción de Ángel Parra. Una canción de amor que decía: “Puedes matarme si quieres, mi amor no lo matarás…”

Xavier Dapena anda perdido en un departamento de Español en el Oeste americano, aunque acostumbra a rezarle a Borges y a Virginia Woolf todas las noches. Procura restringir sus escarceos sexuales a eso que algunos llaman literatura y todos los géneros subyacentes: la televisión, el cine, los cómics, la historia, la filosofía… No tiene teléfono, y suele responder tarde, con una sonrisa y silbando en este “campo de batalla constante”. Días no Imperio es el título de un poemario del poeta, periodista y, en ocasiones, músico Dani Salgado.

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Comienza H03

Durante los últimos meses, en la trastienda de HORIZONTAL hemos estado muy ajetreados para preparar todo para el lanzamiento de nuestro tercer número anual (H03/2014). Por ello, queremos informar a nuestros lectores de las principales mejoras que hemos llevado a cabo en la revista:

  • Gracias a la financiación exclusivamente interna del Grupo, la revista dispone ahora de un dominio de segundo nivel: grupohorizontal.org, completamente libre de publicidad. El antiguo dominio, revistahorizontal.wordpress.com, sigue activo y redirige al nuevo, por lo que no es necesario que actualicéis vuestros marcadores, suscripciones, etc.
  • Revista HORIZONTAL ya dispone de ISSN para su edición web y está registrada en el catálogo de la Biblioteca Nacional Española, y pronto esperamos disponer de otros para los demás formatos (PDF, EPUB).
  • Además de las ediciones web y PDF (esperamos tener H02 en PDF para mediados de este año), hemos empezado a trabajar en la edición EPUB de los dos números ya cerrados.
  • Para garantizar de la mejor manera posible los derechos de nuestros autores y facilitar la distribución de nuestros contenidos entre nuestros lectores, hemos actualizado nuestra licencia Creative Commons BY-NC-ND, que ahora se rige por la versión 4.0.

Con todas estas novedades, abrimos H03. Comenzaremos el próximo viernes, 14 de febrero de 2014, con la segunda entrega de Días no Imperio de nuestro miembro y colaborador Xavier Dapena. Y, por supuesto, nuestra convocatoria de colaboraciones permanente sigue abierta, esperando vuestras aportaciones.

 

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¿Y si el iceberg del Titanic se llamase Fallo Estructural?

por Manuel Gil Castro

And, in 1912, the paperboy shouted: “Titanic collides against Structural Failure!!!!!!!”

Como en inglés queda un poco a lo Monty Python, mejor uso el Castellano, Castellano de Castilla, y de Castilla la Vieja, metiendo alguna palabra desfasada para mejor comprensión de vuestras mercedes, a quienes dedicaré el cuasi final del mío relato.

Es que de ideas desfasadas va esto, como aquella frase que, a la menor mal dada, decimos los gallegos: ¡éche o que hai! Vamos, que las cosas pasan porque sí. Si una empresa va a la quiebra, es la crisis; si un barco se hunde, será por mala suerte, y si un tren descarrila, pues mala suerte también. Menos “o pedreiro”, que ese “móvecho o veciño”, todo pasa por la mala suerte. Es que siendo tan culpable la mala suerte, cualquier día se ve imputada. Estaría bien que la metiesen entre rejas y, semana tras semana , nos tocase el Euromillón.

Los pensamientos científico o artístico (dos maneras de abordar lo mismo), hace siglos ya, nos dejaron claro que, si no somos conformistas, podemos buscar y hallar respuestas. Curar enfermedades incurables y prevenir catástrofes, que no tenemos por qué sufrir por afición. Indagando se llega a tratar de explicar el funcionamiento de agujeros negros y nebulosas, a poner a un tío en la Luna, o a desplazarnos de un lado al otro del planeta en cuestión de horas. Precisamente los hermanos Wright, hace más de cien años, tardaron uno en construir su primer avión “más pesado que el aire”…

Pero en el siglo XXI se necesitaron once para determinar que la catástrofe del Prestige probablemente se debió a un fallo estructural, a una avería extraordinaria… ¿Es estructural o extraordinario? Porque si tiene fallo estructural lo más ordinario es que “casque” cada dos por tres. Y en cuanto hizo aparición la desalmada avería hubo que improvisar una solución que, sea acertada o no, repito, hubo que improvisar. Sin ningún tipo de protocolo para tal azaroso inconveniente. Cosa normal, pues quién iba a pensar que en Galicia pudiese pasar esto; haberse visto en problemas un petrolero aquí, lo nunca visto. Once años para no decir nada, para no saber nada. Para culpar títeres. Para volatilizar empresas y presuntos. Es lo que tiene este gobierno (o como sería otro made in Spain), y por ende la justicia, que nunca saben nada… y dicen que no se puede saber, de la misma forma que nuestros antepasados decían que tampoco se podía saber por qué llovía más allá de caprichos divinos. Creo que en el PP odian el Meteosat… ¿Se lo cargarán por impertinente?

Y hablando de cosas desfasadas ¿qué opinan de la Constitución? Esa que nos da a los descontentos ciudadanos herramientas de protesta tan eficaces como manifestaciones o huelgas, lo no va más, la última tendencia de la moderna Revolución Soviética. Vas tan tranquilo y de repente te ves envuelto en banderas y pancartas de otros partidos políticos, portavoces que no te representan y cantan himnos que no tienen sentido en un mundo tan diferente. Si nace un Nunca Máis o un 15M es cuestión de horas que se apunten a la fiesta los partidos rivales del gobierno, pervirtiéndolo, haciéndolo suyo, dando oportunidades para criticarlo. ¡Dejadnos en paz!

Esa misma Constitución que se crearon a medida los salientes de la Dictadura (¿salientes?) con algún que otro rojo para disimular y crear un bonito tinglado a gusto, blindados e impunes, con una previsión ejemplar, aquí sí, para que nadie se lo pudiese clausurar.

Hablemos un segundo de economía porque, por aquí, solo se ven dos modelos ideológicos, aunque cueste ponerles nombre: el voraz capitalismo neoclásico o el comunismo, parido por un tío brillante pero ya fuera de contexto. Véase contexto como siglo XXI. El PSOE es eso que nadie sabe qué defiende, andan por ahí y tal, de vez en cuando parece que quieren hablar… criaturas. Y mira que hay teorías económicas modernas, ya no ideologías, ¡ciencia! Unas que hablan de la economía del bien común, entre otras. Todas nos suenan a muy cool, la hostia en verso, pero claro, como no es blanco o negro nos cuesta entenderlo por estas latitudes. Estos economistas locos… ¡Científicos!… Como es sabido por todos, la economía no es una ciencia, es ¡un color! Unos se visten de rojo, otros de azul, pero los que saben algo del cotarro se manejan mejor en el verde.

¿Saben por qué funciona el dinero que tienen en la cartera? Porque es fiduciario, es decir, tiene valor porque la comunidad tiene fe en él. Si el dinero de su bolsillo dejase de tener la confianza de los usuarios, no valdría nada, es solo papel y tendría el valor del papel empleado. La política es igual. La población de un Estado cede el poder a unas determinadas personas para que dirijan las actuaciones a seguir. Con la justicia ídem: los ciudadanos confían en unos profesionales para que determinen la legalidad o no de determinados hechos. Todo este sistema actual se basa en la confianza. Incluyo, cómo no, los mercados y conceptos como la deuda de los países, prima de riesgo, etc, etc. Está tremendamente claro, por tanto, que la primera obligación de un político es mantener esa confianza, porque de la otra manera el sistema estaría viciado y las cosas no podrían funcionar de forma correcta y, si por cualquier motivo, no existe esa premisa para con la mayoría de la población,1 deben tener la responsabilidad de abandonar todos y cada uno de los que hayan contribuido o contribuyan a generar esa desconfianza, sean del partido que sean y estén imputados o no. Abandonar su puesto pagado con dinero público. Hay tantos metidos en temas “turbios” que ya no hay quien distinga “buenos o malos”, todos cómplices. Dirán, erguidos, que la gente confió en ellos en las elecciones, esas donde la primera fuerza política fue la abstención, gran número de nulos, blancos, sin alternativas reales.2 Digámosles, a ver qué pasa, que hagan un referéndum, esa palabra en latín prohibida por “moderna”… a la hoguera con ella.
Como nota de estilo: recomendaría que dejasen de llevar autobuses de señoras y señores a votar, con consignas apocalípticas del fin de las pensiones y otras. O, cuando menos, que después nos dejen esos autobuses a los jóvenes –pagamos el peaje, tranquilos– para ir saliendo del país. El país de los viejos que se creen seguros y de los nuevos en busca y captura. Que seguirá secándose al Sol de los alemanes. Con olor a ajo, naftalina y a rancio. Apuntalando el pasado y temiendo al futuro.

Al final me dejo arrastrar por lo íntimo.

Algún día, na Galiza, o mar nos ía quitar todo o que nos dá, alén das viúvas dos mariñeiros e os días de chapapote, para afundirnos na incompetencia de quen o medo nos mete; porque nos declaramos “inorantes” e nin Rosalía nin Pondal comporían inconformismo na nosa mente. Ben sabido é que nacimos para sufrir, como sofre o amante que, recreado na melancolía e o derrotismo, relaxou a carreira tratando de alcanzar o tren, e perdeu á súa namorada entre rechouchío e avance de ferros vellos, mentres lle esvaraba a man da varanda de subida, e tornándose poeta, culpou ás meigas; esas zorras que perden o tempo só contigo. A única meiga es ti, Galiza, que non sei por que te quero. Que non entendo por que non podo deixar de facelo. E sáeme, nun murmurio, un burleiro “éche o que hai”. Vai ser que os galegos temos algo de poetas.

1 José Juan Toharia, “Científicos y políticos: los polos extremos de la confianza ciudadana”, Blog Metroscopia (El País), http://blogs.elpais.com/metroscopia/2013/01/cientificos-y-politicos-los-polos-extremos-de-la-confianza-ciudadana.html | Volver al texto

2 “Los votos en blanco y los votos nulos sumados constituiría la cuarta fuerza política de España”, 20 Minutos, http://www.20minutos.es/noticia/1059740/ | Volver al texto

Manuel Gil Castro es técnico superior en realización audiovisual por la Escola de Imaxe e Son de A Coruña, estudiante de ADE esporádico, bloguero esporádico, escribe colaboraciones y relatos de manera esporádica. Le encanta la palabra “esporádico-a”. | pleasetickonebox.blogspot.com

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