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Perseida

por Jesús Serna Quijada
Ilustración de Jano

Sec. 29. Plaza del Carmen. Ext. Noche. La luz del proyector arroja a Keaton sobre la sábana de cal de una casa baja. Mendoza entera, doscientas, trescientas personas, miran cómo centellean las imágenes que susurra la caja prestidigitadora. Parpadeo de abanicos. Limonada, sandía y Charlot friendo un huevo de avestruz. Los ojos encandilados de las adolescentes. Todos sus sueños en una tira de celuloide. Pasodoble improvisado, foxtrot y Lloyd en el baño vestido de marinero. Alguien sonríe y aplaude desde una ventana. Dan las once. De repente, la luz del proyector se vuelve arcoíris y un velo de niebla cubre la plaza. Un dragón de agua y diamante cruza el cielo de Mendoza y fugaz se desvanece.

Perseida. Ilustración de Jano.

Jesús Serna Quijada nace en Albatera y se forma en Alicante, Madrid y Santiago de Chile como cineasta y filólogo. Diplomado en Dirección de Cine y Realización de TV por la Escuela Superior de Artes y Espectáculos TAI (Madrid) en 2005 y Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante en 2012. Participó en el Taller de Poesía de Raúl Zurita (Premio Nacional de Literatura en Chile) en la Universidad Diego Portales de Chile (2009). Trabaja en educación, impartiendo clases de teatro a niños y ancianos, y compagina su actividad creativa con colaboraciones en diversos proyectos audiovisuales, entre los que destacan Paisajes de mujer (2005), Polvo de hadas (2006) y Los sentados (2011). En 2005 publica la colección de poemas A boca de verso, y en 2013 su primer libro de relatos: Girasoles en Venecia.
Desde entonces, ha recorrido diversos rincones de la Península participando en tertulias, recitales, presentaciones, artículos literarios, etc., dando a conocer Girasoles en Venecia. Actualmente, está inmerso en su nuevo proyecto literario y en otros proyectos artísticos relacionados con el cine y el teatro.
Le interesa la imagen, la periferia de la imagen, su impureza. La escritura como juego de espejos, como reescritura. El laberinto. Su obra se desarrolla en el corazón de un mandala de miradas, palabras. | www.jesussernaquijada.com

Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico. | janoilustracion.blogspot.com

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Cerezo, roble, nogal y caoba

por Jesús Serna Quijada

El olor a serrín me regresa a la infancia, a la serrería de padre que tú no llegaste a conocer. Recuerdo las ratas royendo los sacos de viruta y astillas. Recuerdo a madre guisando en el patio, desollando conejos, por qué lloras, mamá. Todavía no dormías en su vientre. También recuerdo a padre fabricando juguetes con alambre y maderos. La bola del mundo colgaba de una viga en el cielo del taller. Hermano, hermano, entonces la vida era otra cosa: cerezo, roble, nogal y caoba. Yo tenía un microscopio y me asomaba a su ojo para perderme en las geografías infinitas de los insectos. Junto al banco de trabajo descansaban la tele y una mecedora. Recuerdo el olor a madera húmeda las tardes de lluvia. Y el fuego abrasando la serrería tres días antes de tu nacimiento.

Jesús Serna Quijada nace en Albatera y se forma en Alicante, Madrid y Santiago de Chile como cineasta y filólogo. Diplomado en Dirección de Cine y Realización de TV por la Escuela Superior de Artes y Espectáculos TAI (Madrid) en 2005 y Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante en 2012. Participó en el Taller de Poesía de Raúl Zurita (Premio Nacional de Literatura en Chile) en la Universidad Diego Portales de Chile (2009). Trabaja en educación, impartiendo clases de teatro a niños y ancianos, y compagina su actividad creativa con colaboraciones en diversos proyectos audiovisuales, entre los que destacan Paisajes de mujer (2005), Polvo de hadas (2006) y Los sentados (2011). En 2005 publica la colección de poemas A boca de verso, y en 2013 su primer libro de relatos: Girasoles en Venecia.
Desde entonces, ha recorrido diversos rincones de la Península participando en tertulias, recitales, presentaciones, artículos literarios, etc., dando a conocer Girasoles en Venecia. Actualmente, está inmerso en su nuevo proyecto literario y en otros proyectos artísticos relacionados con el cine y el teatro.
Le interesa la imagen, la periferia de la imagen, su impureza. La escritura como juego de espejos, como reescritura. El laberinto. Su obra se desarrolla en el corazón de un mandala de miradas, palabras. | www.jesussernaquijada.com

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Líber

por Jesús Serna Quijada

Ermita Santo Sepulcro. El chocolate lo sirven en vasos de plástico. No todos toman, porque hace calor. Tampoco todos se divierten. Tú miras la exposición de mandalas que decora las paredes. Los han coloreado unos niños del barrio en un taller de teatro y pintura. Suena Camela y bailas. Mueves los hombros, más bien. Alguien te saluda, Líber, y tú sonríes. No te quedan dientes en la boca. Pálida, tímida. Te recuerdo dibujando rayuelas y subiendo hasta el cielo. Te recuerdo en los tubos del parque esnifando pegamento. Libertad. Como la estatua. Te acercas al puesto de ayuda inmediata y te pruebas unos zapatos. Unas adolescentes improvisan una coreografía. Las miras bailar. Les sugieres unos pasos. Y luego pides un vasito de chocolate. Tus ojos siguen siendo hermosos, te digo. Y me miras, pero no me reconoces. Caminas por la sala. Te quedan restos de chocolate en el mentón y algo de aliento entre las costillas.

Jesús Serna Quijada nace en Albatera y se forma en Alicante, Madrid y Santiago de Chile como cineasta y filólogo. Diplomado en Dirección de Cine y Realización de TV por la Escuela Superior de Artes y Espectáculos TAI (Madrid) en 2005 y Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante en 2012. Participó en el Taller de Poesía de Raúl Zurita (Premio Nacional de Literatura en Chile) en la Universidad Diego Portales de Chile (2009). Trabaja en educación, impartiendo clases de teatro a niños y ancianos, y compagina su actividad creativa con colaboraciones en diversos proyectos audiovisuales, entre los que destacan Paisajes de mujer (2005), Polvo de hadas (2006) y Los sentados (2011). En 2005 publica la colección de poemas A boca de verso, y en 2013 su primer libro de relatos: Girasoles en Venecia.
Desde entonces, ha recorrido diversos rincones de la Península participando en tertulias, recitales, presentaciones, artículos literarios, etc., dando a conocer Girasoles en Venecia. Actualmente, está inmerso en su nuevo proyecto literario y en otros proyectos artísticos relacionados con el cine y el teatro.
Le interesa la imagen, la periferia de la imagen, su impureza. La escritura como juego de espejos, como reescritura. El laberinto. Su obra se desarrolla en el corazón de un mandala de miradas, palabras. | www.jesussernaquijada.com

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Abuela

por Alberto Albert Alonso

Este cuento ha recibido una Mención en el I Certamen Literario Mario Benedetti, organizado por el Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti de la Universidad de Alicante

Sé que a ella le gustaba que la besaran. Lo veía cada vez que comíamos todos en la mesa. Ella miraba la huella de los labios en los vasos y echaba de menos los besos que le dábamos cuando éramos todos pequeños. Acostumbraba, a la hora de la comida, a observar de pie cómo comíamos. Solía tocarse las muñecas. «¡Échate alcohol, abuela!» le decía mi gente. Las tenía secas. Intentaba redondearlas con los dedos, girándolas. Y nos miraba. Sonreía. Parecía estar feliz de vernos comer en silencio. Era el mismo silencio que habrá dentro de nuestras tumbas, el día en que muramos. La mesa era un ataúd.

Esta mañana ha empezado todo. Una oliva podrida ha caído en el parabrisas del coche, justo en el punto al que yo miraba. Se me ha puesto negra la vista. Y todo por aparcar el coche en un campo de olivos. Ya se lo dije a mi gente y ellos insistieron en salir con mi abuela desde la casa en que aprendió a ser muñeca. Ella ni se ha enterado, o eso creo. Como ella quería que yo rezase, yo he rezado. Pero esa oliva ha hecho que me perdiese en el padrenuestro, aunque es cierto que me ha servido de excusa para dejar de recitarlo, porque apenas me acordaba ya y me entraba miedo.
Y seguía allí, en el coche fúnebre. Estaba sentado detrás, a la izquierda. A mi derecha iría ella, mi abuela, tumbada y de camino a la tumba. Yo, mientras, le leería en voz baja unos versitos que escribimos juntos. Había visto cómo le desataban las muñecas, atadas en cruz a la cama, y cómo la bajaban. Vi sus estigmas. Luego, quise ver el interior del ataúd para ver si yo también cabía. La trajeron al coche, tambaleándose.

La vida está para poder ser independiente e ir solo, sin ayuda de nadie, porque ya necesitaremos esa ayuda cuando muramos y alguien tenga que llevarnos a la tumba. Mi abuela fue acompañada en vida, compañía represora, e iba también ahora (¡lástima no poder ir solos también a la tumba!, porque conocemos muy bien el camino, como el niño castigado que va solo a ponerse cara a la pared).

Cuando la pusieron a mi lado, comencé mi prometido recital.

Camino al cementerio, vi que el viento movía de un lado a otro los campos de trigo, ovacionándonos. Y las nubes se agrupaban para consolarse. No pudieron evitar, al final, echarse a llorar. Al final, llovía, abuela. Pero llovía como algo gris, enfermo.

Yo iba al lado de ella, con la mano derecha sobre el ataúd, donde yo intuí que estaría su corazón. El ataúd estaba frío y yo ya no supe si el calor de la palma de mi mano era porque estaba sudando, al tacto de la caja, o porque ella aún latía.

Algunas gotas de lluvia se quedaban agarradas a la ventana. Querían vernos, abuela. Era nuestro público. Los charcos de la carretera las llamaban y ellas no querían ir. Tenían que ser el viento y la velocidad quienes las empujasen hasta el asfalto, y allí morían, en los charcos.

Conducía mi gente. Yo quería que fuese San Pedro el chófer, para que me llevase con ella. Quizá yo no vaya al Cielo, abuela. Pero ellos, ellos ya no te verán nunca más. Ni tú los verás a ellos, porque quedarán encerrados en el Infierno. Aún no saben que me he dejado abierta la llave del gas, antes de salir de casa.

No tengo pensado volver a esa carpintería, donde te tallaban para ser títere de madera, con cuerdas e hilos por todos lados, con tus estigmas, no me olvido, en las muñecas. No tengo pensado volver a esa casa porque ella también ha muerto al morir tú. Yo me iré a oler café a las cafeterías, porque huelen a domingo y allí esperaré tu resurrección, abuela.

Ya en el cementerio, el cielo toca sus tambores de truenos. ¡Qué triste ha sido ver, a la luz de un maldito relámpago, el agujero de tierra donde descansarás en paz! ¡Y ser ese el último banquete al que asistamos! Y no podemos preguntar dónde está la comida, ni pedirla, porque los gusanos se reirían de nosotros. Oigo risas. Creo que no son los gusanos, al menos todavía. Son otros. ¡Por favor! ¡En el cementerio no cabe la risa! La risa se fue con Adán, se fue con Eva, cuando expulsaron a los tres del Paraíso.

Ha sonado un golpe al dejar el ataúd en el suelo. Estamos esperando al enterrador. Se alarga la agonía. Mi gente comenta: «¡Ya empieza a oler esto!». Y yo les maldigo. Mi abuela no huele. Ni mi abuela es “esto”. Ella es la santa que os ha cuidado a todos, gente. Yo me arrepiento enormemente de no haber dado más salida al gas.

El ataúd se moja. Está frío. Es una bañera a rebosar. El ataúd mal cerrado es lo que te está mojando las alas, abuela. Ellos no te lo han cerrado bien para que se te mojen y no puedas volar. Tus alas, abuela, tus alas. Recuerdo, ahora, cuando me decías: «Cariño, no cojas las mariposas, no toques sus alas, porque les quitas el polvillo y ya no pueden volar más». A ti te tocaron demasiado las alas, abuela.

Y mientras voy pensando en volver andando hasta la casa de los olivos para darle fuerza a la llave del gas, mi gente deja que el ataúd se moje, pero ellos bien secos bajo el paraguas. Secos como sus corazones.

Entonces, me acerco a él, me arrodillo y lo cubro con mi paraguas. En ese momento, esperando al enterrador, empiezo a recordar el drama de esta muñeca de porcelana.

A mi abuela le pusieron los grilletes nada más nacer. Su madre no quiso cortarle el cordón umbilical hasta haber hecho de ella una señora. Iba a casa de sus tías cogiéndose del cordón para no perder de vista a su madre, que iba delante. Luego, cuando iba a casa de alguna amiga, se sentaba al lado de la ventana de la habitación para poder echarlo a través de ella: su madre, desde casa, oía las risas y, entonces, daba un tironcito de cuerda y mi abuela se ponía seria, se ponía señora.

Su madre decidió cortárselo a mi abuela cuando se iba a casar. Agarró las tijeras y le dijo: «Hija, mira bien qué voy a hacer, porque lo mismo tendrás tú que hacer con tu hija». Mi abuela, entonces, se sorprendió. Era la primera vez que oía la palabra “hija”. A ella todos la llamaban “muñequita”. Aseguró (o tuvo que asegurar) que no le dolió el corte. Ni siquiera sangró. Eso sí: tenía muchos sudores y muchas dudas. Quizá fueron las dudas las que le permitieron no pensar en el corte.

Y después de eso, su marido le ató los pies, uno al otro. Empezó a sentirse pingüino con el paso corto, con la frialdad de la casa y con el agua helada. Ya era una señora.

La vida se le hacía cada vez más larga y, para abreviar la seguridad de morir un día, decidió volverse loca. Lamentablemente, lo que ella creía que era una decisión, una voluntad, no era más que el resultado de unos acontecimientos que lo habían ido provocando. Enloqueció de manera natural porque se ahogaba, porque se moría de frío en esa casa, siendo pingüino, porque tuvo que regalar su vida a otros.

Luego, vinieron los arco iris tristes, que tenían colores negros, vinieron las nubes con asma, que no podían respirar bien el agua del mar, vinieron los esguinces en la maratón por la que se corre encorsetado en unas mallas fosforitas, con el corazón negro; vinieron más y más momentos que recuerdo de las tardes con mi abuela, ella cogida de las manos a la cama y yo a su lado, sentado en una silla, escuchándola decir todo eso.

Yo me creía todo lo que contaba (¿por qué no?) y aprendí a ver esos arco iris unicolores, esas nubes enfermas, esos mares sin nadie que los respirase, y aprendí a verme vestido con las mismas mallas que llevó mi abuela. Me encorseté como ella.

Pero llegará el día, si no es hoy ese día, en que reúna fuerzas y le haga el boca a boca a las nubes, para que dejen de estar enfermas (porque nos echan lluvia gris, pachucha) y puedan respirarlos a todos, y los dejen caer desde miles de metros. Llegará ese día, abuela.

Tú me enseñaste en la vida muchas cosas que definen el miedo, que definen la agonía. Y yo, para comprenderte, he acabado sintiendo un mismo miedo y una misma agonía. Pero no me importa, ya te digo, porque yo también soy mártir. En tu bajada de la cama, la cruz en la que estuviste por mucho tiempo, vi que los estigmas de tus muñecas te habían llegado hasta el hueso y que estaba raspado.

Comprendí, entonces, que tú misma, en impulsos, tratabas de quitarte los grilletes que te dio la vida, cuando aparentemente te rascabas las muñecas porque las tenías secas («¡Échate alcohol, abuela!»). Intentabas quitártelas, ¿verdad? Yo he decidido tomar el relevo de tu martirio para comprenderte, porque te quiero.

La muñeca de porcelana ya ha explotado en sus propios añicos de blancura perfecta. Espero que ahí dentro, ahí donde ella va, no siga raspándose las muñecas. Ya las tienes libres, abuela.

El enterrador no llega. Sigue lloviendo. Algunos que estaban ahí plantados, en tiestos, pisando barro, se han marchado. Quedamos unos pocos. Solamente unos pocos y yo cada vez huelo más a gas.

Las hojas negras de los árboles se pegan a mi cuerpo con la lluvia y el aire. Parecen querer amordazarme. Y yo encantado: porque llueve, porque hace frío, porque yo también quiero conocer a los gusanos. Mi gente me mira con rostros como de goma, o de cera, no sé muy bien. Están hinchados. No se atreven a hablarme, me miran de reojo y se miran entre ellos. Veo algo que me hace sonreír: unos cuerpos de cera deshechos, unas gargantas rotas de gritar, unas caras descarnadas. Satanás les espera en la casa de los olivos.

A mí me da por pensar: «tú y yo nos vamos a ir, abuela, tú en mis brazos como cuando yo, niño, iba en tus brazos». Pienso eso una y otra vez. Quiero robar el cuerpo de mi abuela porque aún no comprendo cómo no ha resucitado. O tal vez ya sí y no me he dado cuenta. Quiero abrir el ataúd para ver si está su cuerpo. No me importa que me miren. Empiezo a abrir la tapa… y una mano con guantes deshilachados la cierra. Es el enterrador.

Parece que no esté pasando nada. Esto se acaba. No me gusta el sonido de la pala. El enterrador intenta hacer el hoyo más profundo, pero cava en balde porque no hace más que llenarse de agua, y se embarra. Y sin pensarlo dos veces, echan a mi abuela (o al ataúd sólo, no lo sé) como si fuera un barco. No sé si vas dentro, abuela. Me apetece llorar. Es tu entierro, y parece que esté asistiendo a tu parto. Estás en agua, en barro. Parece todo eso una placenta. Pero ya no hay cordón umbilical, ni grilletes, ni muñecas rotas, porque ya no hay muñeca.

Y el día en que te mueras, abuela, verán todos que habrá una oliva podrida en el parabrisas del coche, enfrente de mi pupila. Verán todos que habrá lluvia, que habrá viento. Todos escucharán, el día en que te mueras, el recital de nuestros versos. Todos verán cómo cierro tu ataúd, para que no te mojes. Recordaré tus arco iris, tus nubes, y mi luto serán unas mallas negras. Verán que el enterrador llegará tarde, el día en que te mueras. Nos mojaremos. Se reirán, los conozco. Comentarán, lo sé. A mí me amordazarán las hojas de los árboles, el día en que te mueras. Y tú te habrás perdido en una placenta de barro. Pero yo, te prometo, me sumergiré y te sacaré de ella para irnos juntos a celebrar con un desayuno tu resurrección, cualquier domingo.

Les llegará a todos un olor a gas, al volver de tu entierro. Yo ya huelo a gas, a fuego, a brasas. Pero ahora ustedes no se chiven, por favor. No se chiven.

Alberto Albert Alonso (Petrer, 1993) es estudiante de Filología Hispánica en la Universidad de Alicante. Aficionado a la lectura y a la escritura. Sus metas son el multilingüismo y la interculturalidad. Viajar por viajar. Otro superviviente del mundo deshumanizado. «No será el miedo a la locura lo que obligue a bajar la bandera de la imaginación.»

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Los tulipanes

por Joaquín Lameiro Tenreiro

Ilustrado por Lucía Torres Rosende

–He leído… he leído una reseña a una traducción de Dylan Thomas; una traducción nueva… bueno, eso no importa… y dice que es algo superficial…

–¿La traducción?

–No, no… Dylan Thomas… Su poesía… Que es algo superficial. Que suena muy bien, pero que no es profunda, especialmente antes de The Map of Love. ¿Tú estás de acuerdo?

–Bueno, es posible… Tal vez los primeros libros no sean muy profundos…

–Pero… no sé… a mí me gusta. Me parece muy bueno. ¿No te gusta, a ti?

–Yo no he dicho que no me guste. Pero tal vez el crítico tenga razón. Sólo eso.

–Ya… pero es que ahora parece que la canción está desprestigiada. No lo entiendo… no…

–¿Qué canción? ¿De qué me estás hablando?

–Quiero decir… ¿Me estás escuchando? ¿Me…

–Sí, sí… Puedo hacer esto y escucharte… Somos multitarea, ya sabes.

–Quiero decir… ¡Multitarea! ¡Vaya!… que Dylan Thomas es un poeta de la canción, no es un filósofo. Pero, ¿y qué pasa con toda la poesía cortés medieval, o con Espronceda, o con todo eso? ¿No es digno, eso? No descubre grandes verdades intelectuales, pero… es otra cosa… a su manera también es profundo. Es la profundidad de la tradición, de la tierra… y se expresa mejor cantando que filosofando… lo compara con Eliot y con Auden… Pero ¿qué tiene que ver? Una época no hace a un poeta. Son verdades distintas, las de Thomas y Eliot. Y yo prefiero la de Thomas, qué demonios.

–Oye, mira… A mí también me gusta Dylan Thomas, pero creo que estás sacando las cosas de quicio. Puede que el
crítico tenga razón.

Mientras dice esto (razón), levanta los ojos azules de los geranios hacia él, y arquea ligeramente las cejas negras y
finas. Luego todo se convierte en una media sonrisa con algo de socarronería complaciente. Poco antes, en el oye, mira, se ha dado la vuelta, para mover la maceta del fregadero a la mesa, y ha sido sólo entonces cuando ha dejado de darle la espalda. No ha sido interpretado como un gesto de descortesía o desdén por parte de su marido, porque venían hablando ya desde el dormitorio, cuando ella había cogido la maceta con los geranios y la había llevado hasta la cocina. Y él había ido detrás de ella todo el tiempo, como el vagón del carbón, haciendo rechinar las ruedas sobre ir al cine, el domingo y, por último, la reseña sobre la nueva traducción de Dylan Thomas. La locomotora había seguido hasta el fregadero sin dejarle saber a él que era ella la que dirigía y él el que era arrastrado, y aquí están en este momento. Las conversaciones suelen ser así, porque, aunque se reparten las tareas que a ninguno de los dos les gustan, ella hace el resto de las cosas que no son estrictamente necesarias, pero sí de agradecer. Y, en general, ella es más activa y suele ir por delante. Pero no importa, porque tiene una espalda bonita, con ese lunar tan característico en el hombro izquierdo y la columna recta y bien marcada.

–No sé que les pasa… creo que hay poca luz en la ventana del dormitorio. ¿Qué es eso de qué demonios?

–¿Mmh?

–Siempre me han hecho gracia esas expresiones tuyas. Son como de doblaje de película, o algo así.

Qué demonios es una buena expresión, ¿no?

–Sí, sí… si eso te digo. Que me hace gracia. Eres un tipo peculiar.

–¿Peculiar?

–Sí, siempre lo has sido.

Un tipo peculiar… eso si que es de películas. Como en el Nido del Cuco… Peculiar, peculiar.

–Sí… Peculiar.

Él

Él

El sol entra distante por la ventana de la cocina, como un pollo perdido buscando a su mamá gallina. Pero, como todas las gallinas, todos los edificios del bloque son más o menos iguales, y el pobre pollo no sabe bien a dónde dirigirse. Debajo, ocho pisos por debajo, la mañana del domingo circula somnolienta en una furgoneta de reparto y se pierde por entre los periódicos y el pan. Es como una mañana de Reyes, pero sin cartones en los contenedores, bicicletas nuevas y coches teledirigidos. En los niños piensa él cuando apoya la frente en el vidrio. Luego queda una marca y trata de dibujar algo en ella, pero no sabe bien qué, y acaba haciendo tres rayas cruzadas. Las tres rayas cruzadas le recuerdan a un embrión de estrella o asterisco, y añade otras dos. La imagen que tiene en mente es la de la panorámica de la noche en el pueblecito de Gepetto que abre la película de Disney. Algo así quiere él. El texto es bueno, poético, incluso; ¿por qué a los niños no se les ha de dar derecho a la justicia poética? Antes va la estética que la ética. Por lo menos para un niño. Y ella lo sabe y por eso sus textos son tan buenos. Una escritora infantil tiene que haber leído a Saint-Exupéry, pero también a Dylan Thomas. Eso es lo que el crítico de la reseña no comprende. Y las
ilustraciones han de estar a la altura del texto. Cinco años colaborando juntos y siempre queda camino por andar. Cinco años durmiendo juntos y a veces parece que nunca encontrará el delineado apropiado para los textos de ella.

–¿Cómo sabes que es un hombre?

–¿Quién?

–El crítico

–¿No lo es?

–Sí

–Claro. ¿Cómo si no?

–Ya.

Puede ser una buena idea lo del cine –mientras lleva los geranios de vuelta a la ventana del dormitorio–, a él le vendrá bien. Tan inmerso en las ilustraciones. Nunca las considera a la altura, aunque ella sabe que son muy buenas. Pero él cree que se lo dice por complacerlo. Siempre ha tenido ese deje de docilidad. Es a la vez tierno e irritante. Y luego podrían bajar al centro a tomar algo. En realidad, ese afán de perfección hacia su trabajo no depende tanto de que esté a la altura del texto, sino de que esté a la altura de él mismo. Y de ese mismo afán de perfección resultan también esos comportamientos extravagantes, los cambios de humor, el odio visceral a un crítico sólo porque dice que tal vez los primeros libros de Dylan Thomas son poco profundos. Ahora lo oye ir hasta el salón y el ruido mecánico y como de autopista de la bandeja del reproductor deslizándose hacia fuera. Luego hacia dentro. Un piano que ella cree  reconocer rueda hasta el dormitorio.

–¿Qué es? ¿Chick Corea?– se asoma a la puerta del salón.

–¿Qué?– gira la cabeza hacia ella y chasquea los dedos de ambas manos.

–¿Qué es? ¿Chick Corea?– se apoya en el marco, como las mujeres de Leonard Cohen.

–Aha. Las Children’s Songs.

–Es luminoso. Vendrá bien para los geranios– hacia la cocina de nuevo.

–Sí, claro…

–¿Vamos al cine, entonces?

–Pues… no sé. Como quieras.

–¿Qué?

–Como quieras.

–No… como quieras tú.

–Pues oye, mejor no…

–¿No?– la cabeza morena aparece brillantemente por el marco, horizontal y cómica.

–No. Quiero ir a pasear yo solo… si no te importa…

–Claro… haz lo que quieras.

–Gracias– mascullado, pero la cabeza ya ha desaparecido, como una paloma en un sombrero.

Tulipanes

Los tulipanes

Vistas desde arriba, las botas tienen un aspecto extraño. Aparecen y desaparecen alternativamente, como dos intermitentes descompasados. No parece que avancen. Parece, más bien, que lo que se desplaza es la acera. El movimiento lo hace pensar en un metrónomo. Le gustaría aprender a tocar el piano. Con el dinero de la última publicación podrían plantearse el comprar uno a plazos. Uno de esos de pie, que parecen tostadoras o radios de otra época. Tendrá que hablarlo con ella. Tal vez le parezca buena idea. A lo mejor ella también quiere aprender. Luego podrían tocar piezas a cuatro manos. Sería como hacer el amor, pero podrían hacerlo delante de invitados. A él, por una parte, le gustaría aprender a tocar como Chico Marx en las películas. Uno de esos graciosos ragtimes haciendo monerías con las manos y poniendo caras. Eso la divertiría a ella, como una de las niñas que ponen siempre cerca del piano en esas escenas y que se mondan de risa. Pero, por otro lado, también querría hacer algo más serio. Improvisaciones y todo eso. Espera que ambas cosas no sean incompatibles. En cualquier caso, será autodidacta. No se ve con paciencia para aguantar a un profesional y los estudios de Chopin. Nunca le han gustado los profesionales en el arte. Él está más del lado del “rudo oficio” de Dylan Thomas. Lo que se pierde en técnica se gana en frescura, en idiolecto artístico. Se sorprende de haber inventado de forma tan espontánea un término tan apropiado como idiolecto artístico. A esa creatividad es a lo que se refiere. Eso no es profesional. En todo caso, el piano quedará bien en el salón.

En esta calle, unos pasos más adelante, hay una tiendita de flores y productos de jardinería. La dueña es una señora muy anciana que lo hace todo con una parsimonia desesperante. Es como si todo lo que hiciera lo hiciera acariciando. A él esto lo pone un poco de los nervios. Pero le gusta la tienda. Es pequeña y abigarrada de colores, olores y tacto de madera. Le recuerda a un cuadro impresionista, como si todo, flores, maderas y anciana fueran puntos de color. A  veces también le recuerda a Nueva Orleáns, aunque de esto no está seguro, porque nunca ha estado allí. En el fondo, no es otra cosa que una ilustración de Roberto Innocenti troquelada, o más bien arrugada. Todos los pequeños detalles fuera de su sitio, pero formando un conjunto coherente.

Entra y a los cinco minutos sale con un par de pequeñas patatas en una bolsa. Deben de ser más de las siete. El sol anaranjado oscila a poca altura de la calle. Hay una cabina en una plaza cercana. Llega allí mientras revuelve en el bolsillo del pantalón hasta que encuentra cincuenta céntimos. Son italianos y le da pena deshacerse de ellos. Finalmente descuelga, introduce la moneda y marca. Unos segundos y el teléfono digiere la moneda con un sonido de juguete roto. Sí, está solo. Tiene dos o tres horas. Lo que ella quiera. Donde siempre estará bien. Entrará ella primero, él llegará un cuarto de hora después. Bien. Hasta luego, entonces.

A través de la cortina amarillenta entra aún un poco de luz natural. Pero la habitación está en penumbra. Sentado en una silla de madera con un tapizado ridículo en el contexto de la habitación, la mira desnuda y larga en la cama. La cortina, movida por la brisa, hace que la poca luz baile sobre su cuerpo y lo haga cambiar de aspecto continuamente. Lo divierte verla ahí, tintineando como uno de esos móviles de piezas de metal que ponen a las puertas de algunos establecimientos.

–Me gusta el ambiente festivo de las noches del final de la primavera…

–¿Qué es eso? ¿Cebollas?

–O del principio del verano. Creo que es más bien eso.

–Sí; tienen algo de perfume y coñac en las terrazas.

–Vaya. Eso es poético.

–Lo siento.

–No son cebollas. Son tulipanes.

–¿Tulipanes?

–Bueno. Serán tulipanes, si ella los hace crecer.

–Parecen cebollas, o patatas.

–Ella dice que eso es lo bonito. Que de algo tan prosaico salga una flor.

–Tú la quieres mucho, ¿verdad?

–¿Cuál es tu flor favorita?

–No sé. La rosa, supongo. Como todas las chicas sin novio.

–Ya.

–Del uno al diez, ¿cómo la quieres?

–Del uno al diez es poco.

–¿Infinito?

–¿Infinito? No. Infinito no. No se puede querer nada hasta el infinito. Es como no quererlo siquiera.

–Bueno, ¿cómo entonces?

–Supongo que algo intermedio. Entre diez e infinito.

–Eso es mucho.

–Es suficiente. Quiero comprarme un piano.

–¿Para qué?

–Para aprender a tocar como Chico Marx.

–Pues cómpralo.

–Uno de esos pianos de pie, que son como tostadoras o radios antiguas.

–¿Ella qué opina?

–Aún no se lo he comentado. ¿Qué crees que dirá?

–Creo que dirá que sí. Podrá poner los tulipanes encima.

–Sí. No lo había visto así…

Por la ventana comienza a entrar el murmullo del “coñac en las terrazas” y un coche ronronea una dirección de vuelta a casa. Esto le hace pensar en la hora. Debe irse ya. Tiene algunas ideas para las ilustraciones y no quiere llegar demasiado tarde. No le gusta trabajar de noche. Está bien. Nos llamaremos. ¿Cómo van las ilustraciones? Bien, bien; saldrán adelante. Como siempre. ¡Como siempre! Se gira sobre la cama y exhibe la espalda recta y blanca. Él se levanta, la besa en el hombro izquierdo y se va.

Ella

Ella

A los diez minutos, se pone las bragas y va al cuarto de baño. Se sienta sobre la tapa del váter, y se encoge, abrazándose las rodillas. Puede verse en el espejo. Gira la cabeza, horizontal y cómica. ¡Un piano! ¿Dónde va a meter un piano? Se levanta y se dirige hacia el lavabo. Coge la alianza y se la coloca en el anular. Se apoya en la pileta y se mira fijamente los ojos azules. Tendrá que comprarse un libro sobre tulipanes, nunca los ha plantado. Pero un piano… Habrá que ceder. Arquea las cejas negras y todo lo que queda es una media sonrisa.

–Un tipo peculiar.

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

Lucía Torres Rosende (A Coruña, 1975) es Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Granada.

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Ungern / Hungría

av Ola Nilsson

Traducido al español por Leonardo Rossiello

ungern

Taklampan med den gulröda skärmen av luddigt tyg sprider ett varmt sken över det lilla rummet.

På matbordets gråmelerade perstorp står en svart symaskin av märket Singer dekorerad med fina silverrankor.

Mamma pressar ned fotpedalen och hjälper igång maskinen genom att snurra på det lilla hjulet vid kortändan.

De grova sockarna sticks, men värmer skönt under fotsulorna där Odon står i dörren och ser på mamma.

Den krökta ryggen. Det framåtböjda huvudet. Den tjocka locken som dallrar över pannan. Fotens tryck mot pedalen. Armarnas snåla rörelser. Högerranden på hjulet. Vänsterhanden som styr tygstycket och som då och då, när maskinen stannat, viker upp en skedskaftsliknande liten spak så att nål och tråd lyfts upp från tyget.

Trygghet.

Han känner sig dåsig efter smörgåsarna och den varma chokladdrycken, men vill inte gå och lägga sig ännu.

Piratlappen över ena ögat är ett med köksfönstrets lacksvärta, med pilbågspilen som kommit från ingenstans och …

Barnen på gatan hade lekt rymmare och fasttagare.

Det var knappt att han funnits, där han stått bakom gardinen och drömt att han legat och kurat i rallarrosriset på grannens övervuxna jordhög.

Pilen som … Det drar åt i magen. Om det inte varit för den, hade också han …

Du får vänta till dess att doktorn sätter in ögonprotesen, säger mamma. Just det, instämmer pappa ibland barskt efter att ha stoppat och tänt pipan för att sedan fördjupa sig i PT, Piteå-tidningen. Odon tränger sig in mellan mors gröna pinnstol och den gråvita väggen. Ställer sig framför radioapparaten i hörnet.

Grappo kommer fram och sniffar. Han föser undan honom med foten. Men taxen ger sig inte. Då sparkar han honom i sidan så att han tjuter till. Mamma vänder sig om och ser frågande ned på hunden, sedan på honom. Han ler tillbaka.

Ur högtalaren strömmar sprakande rytmer, musik från Amerika.

Negermusik.

Negrernas kamp är vår, säger far.

Vilken kamp?

Våra toner. Förbjudna toner.

Han har inte kommit hem ännu. Dragspelskungen. Skall han komma? Vem vet. Vem bryr sig.

Det lyser svagt i apparatens rektangulära fönster. Med huvudet på sned studerar han de diagonalt tryckta orden och siffrorna över glaset. Svårstavade, magiska namn på fjärran städer och platser.

På var sin sida om radioapparaten sitter två svarta, refflade rattar.

Samtidigt som mor snurrar på symaskinens svänghjul, skruvar han på volymratten, leker med ljudstyrkan så att den glada, struttande musiken inte skall drunkna i det tågtuffande oljud som Singern ger ifrån sig.

Mamma tycks ingenting märka. Han undrar om hon vet att han står där snett bakom henne och hjälper henne att höra medan hon arbetar.

Plötsligt bryts sändningen. Mitt i ett trumpetsolo.

Den vita sytråden slits av med en liten smäll. Som när en tändsticka knäcks.

Mamma plockar fram en ny rulle från syskrinet, trycker fast den på tenen ovanpå symaskinen och träder tråden genom ett otal öglor och hakar, av vilka några sticker ut från dess sida likt små korkskruvar.

En mansröst talar. Rösten låter både bestämd och upphetsad. Fast mest bestämd, för den talar fint, som herrefolk enligt pappa. Ganska fort talar rösten. Ett meddelande. Någonting allvarligt har hänt.

Känslan av trygghet i mammas närhet är ändå stor där han står med handflatorna tryckta mot radioapparatens böjda överstycke och stirrar in i det matt upplysta fönstret. Från baksidan stiger en torr, stickande lukt av damm, syra och het metall. Med ett fast grepp om apparaten drar och trycker han sig fram och tillbaka över golvet med de sockbeklädda fötterna tätt ihop.

Skjuter ifrån och drar, medan radiorösten talar och talar, som kungen.

Det är krig i ett land som heter Ungern.

Senhösten är mörker och närhet och bortom det ännu ofullbordade, det som vill vara med och få en skärv av uppmärksamhet, lappar och fållar mamma oförtrutet sina byxor mot natten.

hungría

La lámpara del techo, con su pantalla de tela amarillenta y lanosa, ilumina con un cálido resplandor la pequeña habitación. Sobre la mesa de mica del comedor hay una máquina de coser marca Singer de color negro, decorada con finos arabescos plateados. Mamá presiona el pedal y ayuda la máquina a empezar haciendo girar la pequeña rueda del extremo corto.

Los calcetines gruesos pican, pero calientan maravillosamente las plantas cuando Oscar, de pie en la puerta, mira a mamá.

La espalda curvada. La cabeza inclinada hacia adelante. El rulo grueso que tiembla sobre la frente. La presión del pie sobre el pedal. Los breves movimientos de los brazos. La mano derecha en la rueda. La izquierda, que dirige la dirección de la tela y, en ocasiones, cuando se para la máquina, levanta una pequeña palanca que recuerda el mango de una cuchara, de modo que aguja e hilo se separan de la tela.

Seguridad.

Se siente somnoliento después de los bocadillos y del chocolate caliente, pero todavía no quiere irse a dormir. El parche de pirata en el ojo es uno con el negro de la ventana de la cocina; la flecha que había surgido de la nada y…

Los niños de la calle habían jugado a Ladrón y Policía.

Era increíble que él hubiera estado, ahí, detrás de la cortina, que hubiera soñado que estaba escondido, yaciente, acechante entre el alto pastizal y los arbustos del montículo de tierra del vecino.

La flecha que… Tirones en el estómago. Si no fuera por eso, también él habría…

Debes esperar hasta que el médico te ponga la prótesis ocular, dice mamá. Sí, eso, apoya papá con dureza, después de haber cargado y encendido la pipa, para luego sumergirse en la lectura del diario. A veces, en cambio, se paraba frente a la ventana y miraba para afuera, esperando la comida o cualquier otra cosa.

Oscar se mete entre la silla verde de la madre y la pared de color blanco grisáceo, frente al aparato de radio en el rincón.

Grapo se acerca y huele; Oscar lo echa con el pie. Pero el perro no se rinde y entonces él le da una patada en el costado que lo hace aullar. Mamá se da la vuelta y mira inquisitivamente al perro, y luego a él, que le sonríe.

Desde el altavoz se escurren ritmos chisporroteantes, música de América.

De negros.

La lucha de los negros es la nuestra, dice el padre.

¿Qué lucha?

Nuestras melodías. Las prohibidas.

Todavía no ha vuelto a casa, el rey del acordeón. ¿Vendrá? Quién sabe. A quién le importa.

La pequeña ventana rectangular del aparato está tenuemente iluminada. Con la cabeza inclinada hacia un lado, Oscar estudia las palabras y los números impresos en diagonal sobre el vidrio. Nombres mágicos, difíciles de deletrear; nombres de ciudades y lugares remotos. A cada lado de la radio hay dos ruedas negras estriadas.

Mientras la madre hace girar la rueda de la máquina de coser él hace girar la perilla del volumen y juega con el control del sonido de manera que la alegre música pueda seguir pavoneándose sin que la ahogue el ruido de locomotora de la Singer.

Mamá no parece darse cuenta de nada. Él se pregunta si sabe que él se encuentra justo detrás de ella y la ayuda a escuchar mientras trabaja.

De pronto se interrumpe la transmisión. Justo en medio de un solo de trompeta.

El hilo de coser blanco se rompe con una pequeña explosión. Como cuando se parte una cerilla.

Mamá toma un nuevo rollo del cofre de la costura, lo oprime en el sujetador de la máquina y enhebra el hilo a través de una serie de orificios y ganchos, de los cuales algunos sobresalen del costado, semejantes a pequeños sacacorchos.

Habla una voz de hombre que suena decidida y excitada al mismo tiempo. Aunque más decidida, porque habla muy bien, como un señor, según papá. Habla bastante rápido, la voz. Un mensaje. Algo grave ha sucedido.

La sensación de seguridad en la proximidad de mamá es todavía grande cuando está de pie con sus manos apretadas contra el dintel curvo de la radio, mirando la ventana mate iluminada. De la parte trasera del aparato se levanta un olor a polvo, ácido y metal caliente. Con un firme control lo jala hacia atrás y lo empuja adelante sobre el suelo, con los pies juntos, enfundados en los calcetines de lana.

Lo mueve para atrás y para adelante, mientras que la voz de la radio habla y habla, como el rey.

Hay guerra en un país llamado Hungría.

El final del otoño es oscuridad y cercanía, y más allá de lo aún inconcluso, de lo que quiere participar y lograr un poco de atención, mamá emparcha y cose incansablemente sus pantalones en la noche.

Ola F. Nilsson, född 1946 i norra Sverige. Som student vid Uppsala universitet under 70-talet, språk- och samhällsvetenskap, debuterade han med novellsamlingen Odjuret 1979. Därefter följde novellsamlingen Fara vilse 1983 och 1989 romanen Hundars vargar. 1997 publicerades romanerna Himmelshöjd och avgrundsdjup samt Torsdagsmördaren. 2002 landade novellsamlingen Jätten på bokhandelns diskar. 2007 var det dags för novellsamlingen Artur under kepsen och 2008 såg romanen Fader vår dagens ljus. Därutöver verkar Nilsson idag, efter en lång gärning som högstadielärare, även som översättare och mentor åt blivande författare.

Ola F. Nilsson nació en 1946 en el norte de Suecia. Siendo estudiante en la Universidad de Uppsala, donde estudió Lenguas y Ciencias Sociales, debutó en 1979 con la colección de cuentos Odjuret (El monstruo). En 1982 siguió otra colección de relatos, Fara vilse (Perderse) y en 1989 la novela Hundars vargar (Los lobos de los perros). En 1997 se publicaron sus novelas Himmelshöjd och avgrundsdjup (Alturas celestiales y abismos) y Torsdagsmördaren (El asesino de los jueves). En 2002 apareció en librerías su colección de cuentos Jätten (El gigante). En 2007 fue el turno de una nueva colección de cuentos, Artur under kepsen (Arturo bajo la gorra) y en 2008 vio la luz su por ahora última novela, Fader vår (Padre nuestro). Desde entonces y tras una larga carrera como profesor de liceo, Ola Nilsson trabaja como traductor y mentor de futuros escritores.

Leonardo Rossiello Ramírez (Montevideo, 1953) es profesor e investigador universitario en Suecia y autor de obras narrativas, teatrales y de poesía. Ha recibido premios nacionales de literatura en dos ocasiones y galardones internacionales, como el Premio Juan Rulfo de cuento otorgado por La Maison de l’Amérique latine de París y el de novela corta Álvaro Cepeda Samudio, en Colombia.

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El hombre inopinante

por Joaquín Lameiro Tenreiro

A los cincuenta y dos años se percató de lo inoportuno de la opinión. Para empezar, tener una opinión fomenta el entrar en controversia con otras opiniones, ya sea de forma expresa o implícita y, continuamente, tener que actualizar y reformular uno la propia opinión, también expresa o implícitamente. Además, es común consideración el que una opinión, para serlo, debe ser expresada. Esto implica aún mayores contrariedades, pues no solo debemos escuchar las opiniones de los demás sino que –por si esto no fuera ya suficientemente engorroso– se espera de nosotros que aportemos la nuestra, y lo que es más, que la sostengamos. Así que, a los cincuenta y dos años, cansado de malentendidos, discusiones, rencillas y reyertas, decidió erradicar de sí mismo y para siempre el vicio de opinar.
Sus primeras medidas fueron, hemos de reconocerlo, inocentes; poco radicales y por tanto nada efectivas. En un principio, partiendo de la infantil creencia de que la opinión se fomenta por medio de determinados hábitos, dejó de leer. Ni novelas, ni poesías, ni ensayos, ni, por supuesto, periódicos. También abandonó los cines, los teatros y los estadios de fútbol –estos últimos, donde las opiniones están tan a flor de piel, llegaron a resultarle tan sumamente intolerables, que incluso evitaba sus cercanías, y no salía de casa los días de partido–. Con la televisión hubo más observancias. Durante un tiempo consideró una buena cura de embrutecimiento los late-night, y fue asiduo de algunos de ellos. Pero pronto se dio cuenta de que, lejos de lo que la autoridad moral pretendía hacer creer, aquellos programas eran un auténtico hervidero de opinión… eran la olla exprés de lo opinable. Así que finalmente se decantó por no ver la televisión tampoco y, si no la tiró al contenedor de la esquina de su calle, fue por deferencia a su esposa.
Sin embargo, estos intentos de apartarse de las fuentes de opinión institucionales pronto se revelaron a todas luces insuficientes, pues seguía forjándose opiniones constantemente: por la calle, cuando una madre regañaba a su hijo, cuando una pareja de adolescentes discutían o incluso cuando un joven ejecutivo sobradamente preparado vociferaba por el móvil más de lo que su corbata se lo permitía, no podía evitar posicionarse.
Así las cosas, se resolvió por no salir de casa y, a ser posible, de su cuarto, a no ser que fuera estrictamente necesario. Volvía tarde del instituto para poder comer a deshora y solo, y el tiempo que necesitaba perder con este fin lo empleaba con el sector más conservador del profesorado, con el que nunca antes se había llevado, pero que resultó ser de gran ayuda en su propósito, pues no parecían sus integrantes interesados en inculcarle sus opiniones, ni mucho menos en recibir alguna de él, al tiempo que se mostraban satisfechos de que a su nuevo compañero se le hubiera dado por ejercer inexorablemente el voto en blanco en todo tipo de asambleas y reuniones, ejercicio que, por lo demás, era a un tiempo democrático y reivindicativo. Él, por supuesto, no se metía a opinar sobre aquello.
Llegó un momento en el que consiguió evitar incluso el mínimo indicio de opinión en las aulas. Se limitaba a repetir, clase tras clase, lo que otros antes que él habían dicho, sin opinar siquiera sobre el criterio de autoridad, pues, como no era jefe de seminario, los textos y temarios le venían impuestos y descubrió que esto, que tiempo atrás le pareciera fastidioso, se volvía ahora en un gran provecho para su proyecto. Más difícil le resultó conseguir que los propios alumnos, jóvenes e inexpertos en eso de la opinión, lo dejasen de importunar con continuas opiniones o, lo que era más grave, solicitándole la suya propia. Pero a base de repetir una y otra vez las mismas respuestas, extraídas del libro de respuestas para el profesor, hasta los alumnos más tediosamente curiosos se dieron por vencidos, y él se salió con la suya.
Fue entonces feliz, pues ya no solo no opinaba como ejercicio, sino que, fruto de este ejercicio reiterado de forma ascética durante varios años consiguió anular casi por completo –o por completo– el instinto mismo de opinar.
Pero, como suele suceder, cuando uno se las promete más felices, empiezan a llover los problemas. Todo comenzó un día en que su esposa, pensando erradamente que su marido ya no la quería, probablemente por el mero hecho de haberle él retirado la palabra durante los últimos dos años, hasta el punto que había dejado de roncar por evitar cualquier matiz de opinión que pudiera escapársele en un estado tan traicionero para esas cosas como lo es el sueño, decidió pedir el divorcio. Su marido, obviamente, no tuvo nada que opinar al respecto, si bien para sus adentros se incomodó un tanto, porque era evidente que durante la vista, por activa o por pasiva, algo tendría que opinar. Pero resolvió el inconveniente con la gracia que otorga la experiencia y, en menos de dos meses, vivía en una pensión austera, con la ventaja añadida de que comía de rancho, y no tenía así que elegir primer plato, segundo plato y postre cada día, en uno de esos pequeños resquicios de la opinión que hasta entonces le habían quedado sin tapar, y que, por temporadas, lo había torturado enormemente.
No contentos con el problema del divorcio, sus antiguos amigos –los de izquierdas– comenzaron a creer, llevados por el hábito malsano de opinar, que su compañero había caído en una depresión. Evidentemente no podían estar más lejos de la realidad, pero él, como profanos que eran, no los culpó (evitando así formarse cualquier viso de opinión) y no puso trabas en pedir un mes de baja, que pasó a ser un año, para finalmente convertirse en una jubilación anticipada.
Si hubiera tenido opinión nuestro hombre, se habría dado cuenta de que, en el fondo, la idea de sus amigos había resultado bien, pues ahora, solo y sin nada que hacer, podía por fin dedicarse en cuerpo y alma a lo que se convirtió en su única labor: evitar la opinión.
A fuerza de perseverar en su investigación sobre las formas últimas de opinión, comenzó a obsesionarse con el hecho indudable de que toda elección es reflejo de una opinión y que, por mucho que lo intentase, no podía dejar de elegir a todas horas: qué guisante dejar para el final, qué ropa ponerse –o, el más difícil todavía, que ropa no ponerse–, qué parte del cuerpo lavarse primero, con qué pie levantarse… Poco a poco toda esta avalancha de decisiones ineludibles acabó por desbordarlo.

Cuando la encargada de la pensión se lo encontró desnudo, esquelético, con la mirada perdida, encogido en una esquina del cuarto, decidió llamar a la familia.

A la semana el papeleo estaba resuelto y él era el honorable usufructuario de una plaza en el mejor asilo de la ciudad, donde lo lavaban, lo vestían, le daban de comer y, sobre todo, jamás, jamás, le preguntaron u ofrecieron opinión alguna.

Pasó así unos años, bastantes, en los que su vida se limitó a la contemplación de los árboles del patio, sin atreverse nunca a pensar si ellos tendrían menos opinión que él, por miedo a ponerse a opinar allí mismo. Murió a los noventa y nueve años de edad, en una silla de ruedas, siendo el hombre más feliz y más inopinante de la historia conocida.

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

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La persuasión

por Joaquín Lameiro Tenreiro

‘But I don’t want to go among mad people,’ Alice remarked.
‘Oh, you can’t help that,’ said the Cat: ‘we’re all mad here. I’m mad. You’re mad.’
‘How do you know I’m mad?’ said Alice.
‘You must be,’ said the Cat, ‘or you wouldn’t have come here.’
Lewis Carroll, Alice’s Adventures in Wonderland

–Y a lo mejor no está loca –dijo el otro–. ¿Y si no está loca?
–Pues, si no está loca… Pues entonces los que estamos jodidos somos nosotros.
El otro puso una cara como diciendo “Hombre…” y dijo:
–Hombre…
–No, hombre no. Ni hombre ni no hombre. Si ella no está loca, entonces estamos jodidos. Pero bien jodidos, estamos.

El otro bajó la cabeza de gibón meditabundo y juntó las yemas de los dedos. Miró hacia el suelo del corredor, que era todo manchas pequeñitas negras, grises y blancas. “¿Es un suelo de qué color? ¿De qué color es este suelo?” pensó, y luego pensó en el cielo de la ciudad, y en el cielo del campo, y en las nubes del cielo. Y pensó también “¿Cuál es, entonces, el cielo? ¿Cuál es, de todos ellos?” Y luego no pensó más, durante un tiempo, hasta que el tic-tac del reloj de la pared lo despertó. Entonces pensó que
–Pero algo loca tiene que estar… Algo medio loca por fuerza tiene que estar.
–Pero cómo algo loca ni medio loca. Si está loca, está loca, y si no, si no está loca, pues no está. Eso es así. Sobre todo en el caso que nos ocupa. Aquí y ahora.
Y se levantó del banco, dejando al otro con sus medias tintas y sus cábalas de si está medio loca o loca entera y su cara de babuino incomprensible y se puso a dar vueltas por el corredor. Y cada paso que daba sobre el suelo plástico aquel sonaba como si dijera “jodidos, estamos jodidos, estamos jodidos.” Y luego pensó “Tengo sed” y se dejó de dar tanta vuelta y tanta jodienda y se dirigió al tanque de agua, cogió un vaso de cartón y lo llenó con agua del tanque. Miró dentro del vaso y vio el agua y algunas burbujas de aire que se adherían a las paredes del vaso. “Y cómo es que puedo ver el agua, que es incolora, pero bueno, eso es un efecto óptico, porque es incolora y transparente pero modifica la trayectoria de la luz, pero lo que es peor es cómo puede ser que pueda ver las burbujas, que son de aire. Aire dentro del agua. Pero el aire fuera del agua, el aire en el aire, ese no lo puedo ver. Y, lo más extraño de todo, que de todo lo que veo, lo que menos veo es la luz, y eso cuando la veo. Y yo veo la luz allí, por debajo de la puerta de los despachos, porque allí hay luz y aquí no. Porque si hubiese luz aquí, y ahora, entonces no vería la luz que hay debajo de la puerta que da a los despachos, aunque estuviera ahí. Esto, más que otra cosa, me inquieta” y terminó de pensar y entonces sintió que el agua, pero el agua, no el vaso, era muy pequeña. Era un agua demasiado pequeña y esto también lo inquietaba, porque el vaso, “el vaso es el de siempre, es decir, uno como los de siempre, es decir, el de siempre” y ya no quiso sentir más. Se bebió el agua de un sorbo (tan pequeña era esa agua) y se giró hacia el otro. Vio al otro, pero el otro no lo miraba a él, el otro miraba hacia el suelo, y él miró hacia el suelo también, y luego volvió a mirar al otro y todo furia tiró el vaso a la papelera. Dijo:
–Estamos jodidos, estamos jodidos.

El otro puso una sonrisa de mono simpático y abrió las manos y extendió los brazos como diciendo “Pero alguna solución habrá”, pero no dijo nada.

–Estamos jodidos si no está loca, y si está loca también estamos jodidos. Igual de jodidos estamos de las dos maneras. Y eso es lo que tú no entiendes y lo que a mí más me jode de toda esta historia, y lo que más me sulfura: que no lo entiendas. Porque si no está loca y lo que dice es verdad y pasó así como ella dice (que para eso estamos aquí los tres, al fin y al cabo, para saber si pasó eso que ella dice y qué pasó, en cualquier caso, independientemente de lo que ella diga o deje de decir), pues si eso pasó así, entonces los que estamos dentro somos nosotros, es decir tú y yo, y no ella, porque ella estaría, según su versión, fuera. Y nosotros dentro. Eso mantenlo bien claro en tu cabeza de babuino, porque en eso se nos va el asunto. Porque si ella entró, como dice que entró, es decir, desde fuera (porque eso es básicamente lo que ella dice, que entró desde fuera) entonces es que nosotros ya estábamos dentro de antes. ¿Te das cuenta? Dentro y de antes. Pero si lo que dice no es cierto, y no pasó así como ella dice que pasó lo que pasó, ya sea porque es una loca, pero una loca de remate, nada de medio loca ni loca tres cuartos, no te equivoques, si ella está loca está loca del todo, eso no tiene más vuelta de hoja, digo ya sea porque está loca loquísima, ya sea porque es una mentirosa, y nos cuenta mentiras, que eso también pudiera ser, y a lo mejor es casi más factible, lo que yo no sé es qué te ha dado a ti, con esa cabeza de mono que tienes, que eres testarudo y no entiendes, y a mí eso es lo que más me jode y lo que más me sulfura de todo esto, que no entiendes un carajo de lo que pasa aquí, no porque no puedas entender, que poder puedes, sino porque no quieres entender, que es lo peor del caso, pues digo que no sé por qué se te ha tenido que meter en esa cabeza de mono que tienes, con sus orejas y sus narices y su sonrisa de mono, la idea esa de que ella está loca. Porque igual, aun no estando loca, lo que nos dice no es verdad. Y esto puede ser así porque puede ser, a ver si te enteras, que lo que nos dice no sean locuras, sino mentiras. Pura y llanamente. Mentiras. ¿Te enteras?

El otro, que seguía sentado en el banco, levantó un brazo con su mano y asintió, moviendo la cabeza que ya era más de ídolo que de mono, como diciendo “Si yo ya entiendo; ya entiendo yo todo eso” y dijo:
–Si yo ya entiendo; ya entiendo yo todo eso.
–Un carajo es lo que tú entiendes. Por eso te lo estoy explicando, lo que pasa aquí. Aquí y ahora. Entre tú y yo y ella –y agitó un brazo con su mano y en la mano su índice en dirección al vidrio– ¡Ella! Es ella la que no encaja aquí. Porque, y déjame terminar, aunque esté loca o sea una mentirosa o una cuentista o una payasa… bueno, ya me entiendes, o no sé si me entiendes, porque como últimamente parece que no entiendes un carajo de nada, pero bueno, aun en ese caso, sí, que puede ser que sea así, pues no pongas esa cara de alivio, esa cara como de ídolo que tienes tú, porque no es así, porque incluso en ese caso, que a ti te aliviaría tanto que fuese así, pues no cambia nada. ¡Claro que no! Eso es lo que tú no acabas de entender. Que si lo que dice no es cierto (que muy bien podría no serlo, por los motivos que ya hemos hablado tú y yo), pues igualmente estamos jodidos, hablando rápido y mal, porque aunque sea todo una invención de ella… pues ¿en qué posición nos deja eso a nosotros? Te lo voy a decir, en una posición bien jodida. Porque mira: si ella no entró como dice que entró, o sea desde fuera, que esa es su versión, que tú y yo estábamos ya dentro y ella entró de fuera, pues si no entró así, o incluso si no entró de ninguna manera… Fíjate bien lo que te digo: incluso si ella ni siquiera llegó a entrar, entonces es que ya estaba dentro de antes, y si ella estaba dentro de antes, y no entró, y ahora está aquí, pues suma dos y dos: si ella está aquí dentro, con nosotros, contigo y conmigo, eso quiero decir, entonces nosotros estamos dentro también. O sea que al final, a ver si te enteras, lo de menos es que ella entrase o dejase de entrar, o mienta o deje de mentir, o esté medio loca, tres cuartos de loca o loca entera. Lo que cuenta (y me refiero por lo que nos toca a nosotros, es decir a ti y a mí) es que de cualquier modo nosotros estamos dentro. Todo el tiempo hemos estado dentro. Y te digo nosotros pero podría decirte los otros, los que quedan aún en el despacho, que ves que se ve luz por debajo de la puerta, o los que ya se han marchado. Tanto me da, para el caso. Todos dentro, por h o por b. Y punto. Ahí es donde nos han jodido.

El otro lo miró, se levantó con las manos en los bolsillos y se dirigió hacia el vidrio, en el extremo opuesto del corredor. Se quedó allí mirando para ella, que estaba sentada frente a la mesa al otro lado del vidrio y ya había terminado el té que le habían llevado en un vaso de cartón, y el hilo de la bolsita colgaba y colgaba, como una sentencia infinita e inapelable, del borde del vaso, y sacó un reloj de pulsera del bolsillo derecho, el otro, y miró el reloj de pared y ajustó la hora en su reloj de pulsera que guardaba en el bolsillo y miró, con sus ojos de ídolo derrotado, a su colega, y le hizo un gesto que parecía como si dijera “Pues venga, prepárate que empezamos otra vez” y dijo:
–Pues, entonces, estamos jodidos.

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

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Dúas ficcións

por Adrián Magro

Documentais

Estábamos no cuarto e ela prendera a tele para centrarse unha outra vez nos documentais da guerra. Alí ían os soldados marchando en formación mentres unha voz contaba en números historias da guerra. Ela ollaba para a tele absorta, de súpeto sorriu, mais só por un intre, pois logo se lle esvaeceu entre os beizos e me dixo:
«Pensei que vira o meu bisavó… sei que nunca o vou encontrar nos documentais, porque nen se queira lembro ben a súa cara, mais pode ser que quizais vexa os seus ollos, os meus ollos, entre os deles».

Pedro e o lobo

Queres que che conte «Pedro e o lobo»?
Si. Mas hoxe temos de ir pronto a durmir.
Si: Pedro tiña 12 anos e tamén que coidar do rabaño todos os sábados e todos eses sábados berraba e berraba que viña o lobo. Na aldea estaban tan cansado del e dos seus berros de socorro que comezaron a usar tapóns para os ouvidos. Ninguén o ía admitir en público mas chegou o punto no que até a súa familia os usaba. E deste non oían berrar e aforraba o malestar e culpa que lles obrigaba en ir na súa axuda. Unha noite mentres pedro corría e berraba entre as sombras do monte encontrouse un lobo morto. Só estaba os osos e a pel desgarrada. Tocou a pel por dentro e por fóra e despois os osos. Cubriuse con el apertou os oso contra os seus. Deixo de mexerse por un intre e pasou os dedos polo cranio do lobo fixándose en cada detalle e coa outra man percorreu o seu. Continuo pasando os dedos polos dentes, as costelas, os cadrís e os osos das patas mentres facía o propio cos seus. Estirou a pel do lobo sobre a súa, mais non puido encontrar as veas que na súa pel encontraba. Sentiu mágoa por el e agarimou a pel do lobo. Colleu o cranio e o apertou a mandíbula até que os dentes se fundían na súa pel na procura das veas que lle faltaban ao lobo.
Era así?
Si, iso penso.
De seguro?
Cóntocho outra vez?
Si.
Na aldea estaban tan ocupados tentando non escoitar os berros de socorro de Pedro que tampouco viron ao lobo achegarse a súas camas e moito menos viron a cara de Pedro mentres asomaba por debaixo da pel do lobo para abrir as súas gorxas co seu pequeno coitelo.
¿Imos durmir?
Si.

Adrián Magro naceu na Coruña e agora vive en Vác. Publicou algúns contos e case gaña algúns premios baixo o nome de Roberto Laíz. Agora dedicase a traducir e dar clases de idiomas, amais de tentar escribir unha novela e escribir no seu blog.

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UNA PINTA EN HAWORTH

por Basilio Pujante

 

Fui a Haworth, el pueblo natal de las hermanas Brontë, con dos objetivos que no logré: poder diferenciar por fin a las tres hermanas e inspirarme para una novela de aire postromántico. Lo único que me traje de aquel viaje exprés de día y medio fue una resaca de cerveza y un principio de bronquitis.

Amanecí en las pistas del aeropuerto de Bradford, la ciudad más cercana a lo que los ingleses han llamado, siempre he admirado su capacidad de vender a sus escritores, “The Brontë Country”. Tras alquilar el coche más barato y habituarme a conducir por la izquierda, me dirigí hacia Haworth zigzagueando por la verde campiña inglesa. Desconfío de los GPS, esos inventos que te llevan de un punto A a un punto B por el camino que se le antoja a una voz metálica y dictatorial, por lo que confié el breve recorrido a mi pericia interpretando mapas. Al contrario que en otras ocasiones, esta vez mi orientación no me falló y en una hora estaba en el aparcamiento aledaño a la casa donde vivieron casi toda su vida las tres hermanas escritoras.

La vivienda, propiedad durante varias décadas del reverendo Brontë, es una sencilla construcción de dos plantas de altura y siete libras y media de entrada. Tras echar un vistazo al breve jardín y al cercano cementerio, penetré en la casa, donde el ruido del suelo de madera se mezclaba con los cuchicheos de los estudiantes, los únicos visitantes que recibía la casa, junto a mí, aquella mañana de otoño. Las habitaciones me sorprendieron por su pequeño tamaño y por la torpeza con la que las autoridades las habían llenado con una barahúnda de libros, muebles, vestidos, menaje y todo tipo de parafernalia decimonónica. Lo mejor de la visita, al menos desde mi perspectiva mitómana, fue sin duda la contemplación del diván donde murió una de las hermanas (no recuerdo cuál).

Terminado el paseo por la casa, me dirigí de nuevo hacia el jardín, pero me sorprendió una fuerte lluvia. Tuve que resguardarme en la tienda de regalos, donde, mientras esperaba a que parara, compré un calendario con fotos de la casa y una goma de borrar (a pesar de que nunca uso lápiz) con la cara de una de las Brontë. Como la lluvia no escampaba y la minúscula tienda se comenzó a llenar de estudiantes deseosos de gastar sus libras, salí a la calle y corriendo alcancé el único pub del pueblo. Era apenas mediodía, pero la larga jornada (me había despertado en España a eso de las 3 de la madrugada) y las costumbres locales me indujeron a pedir algo de comer para acompañar la pinta de cerveza que me acababan de servir.

Mientras esperaba a que me trajeran el Roast Beef (“el mejor del condado” según la fea camarera), hojeé la carta y me enteré de que aquel pub, The Black Bull, tenía una curiosa relación con las Brontë. En aquel mismo salón de madera y alfombras donde yo comenzaba a masticar mi carne asada, se emborrachaba un siglo y medio antes Branwell, el único hijo varón del reverendo. Pintor fracasado y alcohólico empedernido, su ausencia en los libros de Historia me inspiró una pena que acrecentaba el hecho de estar sentado muy cerca de la que, según rezaba un cartel, era su silla en el pub.

Terminado el almuerzo y sin nada que hacer hasta la noche, en realidad hasta el día siguiente en el que salía mi avión, me dejé convencer por la anciana que atendía la oficina de turismo del pueblo, que me recomendó la agradable caminata que lleva hacia la zona conocida como Cumbres Borrascosas. El nombre, inspirado que no inspirador por la novela de Emily, y el agujero azul que parecía abrirse entre las nubes me terminaron de animar a realizar el paseo.

Salí a buen ritmo del pueblo y me adentré en los páramos que desde siempre asociaba a la literatura romántica inglesa. Tras cruzarme con un japonés que volvía de las citadas cumbres, el tiempo comenzó a hacerse más borrascoso y el camino más impracticables. Mis zapatos Camper apenas podían sortear las piedras, los baches y los charcos de un camino que comenzaba a convertirse en sendero.

Hay lluvias que mojan, lluvias que calan y lluvias que duelen. La que comenzó a caer sobre mí en aquel páramo inglés era de este último tipo. Sin paraguas ni chubasquero, la única solución que tuve fue apretar el paso contra el viento y guarecerme en The Wuthering Heights, el nombre del pub que encontré junto al camino. Allí, tras un café con leche que me hizo entrar momentáneamente en calor, desistí de mi intento de seguir los pasos de Heathcliff y aproveché una breve pausa de la tormenta para volver al parking.

Me despedí de Haworth con unos sentimientos contradictorios en cuanto al objetivo inicial de la visita: me había imbuido en el espíritu romántico, pero no esperaba que aquello acabara con mi ropa calada. Mientras pensaba en ello y recordaba los rincones de la residencia familiar de los Brontë, me perdí al buscar en Bradford mi hotel para aquella noche. Si me pidieran que escribiera un panfleto turístico sobre esta ciudad del Yorkshire apuesto a que “gris” y “anodina” serían términos que aparecerían en la glosa de sus bondades.

Ya era de noche cuando aparqué el coche junto al Hilton de Bradford y, tras esquivar una multitudinaria boda hindú que parecía celebrarse en el vestíbulo del hotel, me cobijé en mi habitación. Allí pude, por fin, terminar de secarme y ponerme la única ropa que quedaba en mi equipaje. Barajé la opción de adentrarme en las inhóspitas calles del centro de la ciudad que había observado en mi peregrinaje en busca del hotel, que me había llevado por prácticamente todos los barrios de la localidad, pero decidí cenar en el restaurante del Hilton.

La cena fue correcta y temprana, por lo que me vi abocado a una sobremesa nocturna, solitaria y etílica en el bar del hotel. Allí apenas trabé conversación con el camarero, aficionado del Arsenal (“Wannabe Fabregas” juro que rezaba la chapa con su nombre) e hindú como el 90% de los habitantes de Bradford que vi, y con dos lingüistas rusos. En su mal inglés me contaron, mientras yo trasegaba mi tercera pinta de Foster, que estaban en un congreso en la universidad local y que llevaban ya cuatro días alojados en el hotel. Yo les conté, mientras sorbían sus vodkas, que había ido allí, tan sólo por un día y medio, para visitar la casa de las Brontë, lo cual los dejó muy sorprendidos.

Al finalizar la cuarta pinta, y afectado ya por los vapores del alcohol, decidí retirarme a mi habitación, no sin antes aceptar varios chupitos de los lingüistas vodkafagos. Nada más meterme en la cama caí en un sopor y comencé a tener un sueño largo y confuso.  En él me veía a mí mismo sentado en las sillas de madera de The Black Bull, donde tomaba un café con leche. Al poco rato se me acercaba Branwell Brontë, que en español con acento hindú, me decía: “Has venido aquí a mendigar un poco de la inspiración de mis hermanas, pero acabarás como yo: borracho y olvidado, sin talento y tuberculoso”. Tras repetir varias veces lo mismo se iba y me dejaba terminando el café que yo tomaba en un vaso de pinta.

El reloj sonó a las 5 de la mañana, mi vuelo de regreso a casa salía también muy temprano, y me incorporé como pude en la cama. Vencidos por la resaca y el cansancio, mis ojos se negaban despegarse, mientras una densa tos se abría paso por mi garganta. Un par de horas después, sentado en el avión y víctima de una fiebre que crecía minuto a minuto, maldecía a las hermanas Brontë, a la lluvia, a los páramos y a aquel viaje que me había devuelto a casa con un principio de bronquitis y sin ninguna idea para mi novela.

 
 

Basilio Pujante (Murcia, 1982) es profesor de Lengua y Literatura en un instituto de Secundaria. Ultima una tesis doctoral sobre el microrrelato en la Universidadde Murcia, institución de la que fue becario de investigación. Ha publicado poemas y relatos en revistas como Manifiesto Azul, La rosa profunda o 5000 negros. Es miembro de la asociación literaria Colectivo Iletrados.

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