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Perseida

por Jesús Serna Quijada
Ilustración de Jano

Sec. 29. Plaza del Carmen. Ext. Noche. La luz del proyector arroja a Keaton sobre la sábana de cal de una casa baja. Mendoza entera, doscientas, trescientas personas, miran cómo centellean las imágenes que susurra la caja prestidigitadora. Parpadeo de abanicos. Limonada, sandía y Charlot friendo un huevo de avestruz. Los ojos encandilados de las adolescentes. Todos sus sueños en una tira de celuloide. Pasodoble improvisado, foxtrot y Lloyd en el baño vestido de marinero. Alguien sonríe y aplaude desde una ventana. Dan las once. De repente, la luz del proyector se vuelve arcoíris y un velo de niebla cubre la plaza. Un dragón de agua y diamante cruza el cielo de Mendoza y fugaz se desvanece.

Perseida. Ilustración de Jano.

Jesús Serna Quijada nace en Albatera y se forma en Alicante, Madrid y Santiago de Chile como cineasta y filólogo. Diplomado en Dirección de Cine y Realización de TV por la Escuela Superior de Artes y Espectáculos TAI (Madrid) en 2005 y Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante en 2012. Participó en el Taller de Poesía de Raúl Zurita (Premio Nacional de Literatura en Chile) en la Universidad Diego Portales de Chile (2009). Trabaja en educación, impartiendo clases de teatro a niños y ancianos, y compagina su actividad creativa con colaboraciones en diversos proyectos audiovisuales, entre los que destacan Paisajes de mujer (2005), Polvo de hadas (2006) y Los sentados (2011). En 2005 publica la colección de poemas A boca de verso, y en 2013 su primer libro de relatos: Girasoles en Venecia.
Desde entonces, ha recorrido diversos rincones de la Península participando en tertulias, recitales, presentaciones, artículos literarios, etc., dando a conocer Girasoles en Venecia. Actualmente, está inmerso en su nuevo proyecto literario y en otros proyectos artísticos relacionados con el cine y el teatro.
Le interesa la imagen, la periferia de la imagen, su impureza. La escritura como juego de espejos, como reescritura. El laberinto. Su obra se desarrolla en el corazón de un mandala de miradas, palabras. | www.jesussernaquijada.com

Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico. | janoilustracion.blogspot.com

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Los tulipanes

por Joaquín Lameiro Tenreiro

Ilustrado por Lucía Torres Rosende

–He leído… he leído una reseña a una traducción de Dylan Thomas; una traducción nueva… bueno, eso no importa… y dice que es algo superficial…

–¿La traducción?

–No, no… Dylan Thomas… Su poesía… Que es algo superficial. Que suena muy bien, pero que no es profunda, especialmente antes de The Map of Love. ¿Tú estás de acuerdo?

–Bueno, es posible… Tal vez los primeros libros no sean muy profundos…

–Pero… no sé… a mí me gusta. Me parece muy bueno. ¿No te gusta, a ti?

–Yo no he dicho que no me guste. Pero tal vez el crítico tenga razón. Sólo eso.

–Ya… pero es que ahora parece que la canción está desprestigiada. No lo entiendo… no…

–¿Qué canción? ¿De qué me estás hablando?

–Quiero decir… ¿Me estás escuchando? ¿Me…

–Sí, sí… Puedo hacer esto y escucharte… Somos multitarea, ya sabes.

–Quiero decir… ¡Multitarea! ¡Vaya!… que Dylan Thomas es un poeta de la canción, no es un filósofo. Pero, ¿y qué pasa con toda la poesía cortés medieval, o con Espronceda, o con todo eso? ¿No es digno, eso? No descubre grandes verdades intelectuales, pero… es otra cosa… a su manera también es profundo. Es la profundidad de la tradición, de la tierra… y se expresa mejor cantando que filosofando… lo compara con Eliot y con Auden… Pero ¿qué tiene que ver? Una época no hace a un poeta. Son verdades distintas, las de Thomas y Eliot. Y yo prefiero la de Thomas, qué demonios.

–Oye, mira… A mí también me gusta Dylan Thomas, pero creo que estás sacando las cosas de quicio. Puede que el
crítico tenga razón.

Mientras dice esto (razón), levanta los ojos azules de los geranios hacia él, y arquea ligeramente las cejas negras y
finas. Luego todo se convierte en una media sonrisa con algo de socarronería complaciente. Poco antes, en el oye, mira, se ha dado la vuelta, para mover la maceta del fregadero a la mesa, y ha sido sólo entonces cuando ha dejado de darle la espalda. No ha sido interpretado como un gesto de descortesía o desdén por parte de su marido, porque venían hablando ya desde el dormitorio, cuando ella había cogido la maceta con los geranios y la había llevado hasta la cocina. Y él había ido detrás de ella todo el tiempo, como el vagón del carbón, haciendo rechinar las ruedas sobre ir al cine, el domingo y, por último, la reseña sobre la nueva traducción de Dylan Thomas. La locomotora había seguido hasta el fregadero sin dejarle saber a él que era ella la que dirigía y él el que era arrastrado, y aquí están en este momento. Las conversaciones suelen ser así, porque, aunque se reparten las tareas que a ninguno de los dos les gustan, ella hace el resto de las cosas que no son estrictamente necesarias, pero sí de agradecer. Y, en general, ella es más activa y suele ir por delante. Pero no importa, porque tiene una espalda bonita, con ese lunar tan característico en el hombro izquierdo y la columna recta y bien marcada.

–No sé que les pasa… creo que hay poca luz en la ventana del dormitorio. ¿Qué es eso de qué demonios?

–¿Mmh?

–Siempre me han hecho gracia esas expresiones tuyas. Son como de doblaje de película, o algo así.

Qué demonios es una buena expresión, ¿no?

–Sí, sí… si eso te digo. Que me hace gracia. Eres un tipo peculiar.

–¿Peculiar?

–Sí, siempre lo has sido.

Un tipo peculiar… eso si que es de películas. Como en el Nido del Cuco… Peculiar, peculiar.

–Sí… Peculiar.

Él

Él

El sol entra distante por la ventana de la cocina, como un pollo perdido buscando a su mamá gallina. Pero, como todas las gallinas, todos los edificios del bloque son más o menos iguales, y el pobre pollo no sabe bien a dónde dirigirse. Debajo, ocho pisos por debajo, la mañana del domingo circula somnolienta en una furgoneta de reparto y se pierde por entre los periódicos y el pan. Es como una mañana de Reyes, pero sin cartones en los contenedores, bicicletas nuevas y coches teledirigidos. En los niños piensa él cuando apoya la frente en el vidrio. Luego queda una marca y trata de dibujar algo en ella, pero no sabe bien qué, y acaba haciendo tres rayas cruzadas. Las tres rayas cruzadas le recuerdan a un embrión de estrella o asterisco, y añade otras dos. La imagen que tiene en mente es la de la panorámica de la noche en el pueblecito de Gepetto que abre la película de Disney. Algo así quiere él. El texto es bueno, poético, incluso; ¿por qué a los niños no se les ha de dar derecho a la justicia poética? Antes va la estética que la ética. Por lo menos para un niño. Y ella lo sabe y por eso sus textos son tan buenos. Una escritora infantil tiene que haber leído a Saint-Exupéry, pero también a Dylan Thomas. Eso es lo que el crítico de la reseña no comprende. Y las
ilustraciones han de estar a la altura del texto. Cinco años colaborando juntos y siempre queda camino por andar. Cinco años durmiendo juntos y a veces parece que nunca encontrará el delineado apropiado para los textos de ella.

–¿Cómo sabes que es un hombre?

–¿Quién?

–El crítico

–¿No lo es?

–Sí

–Claro. ¿Cómo si no?

–Ya.

Puede ser una buena idea lo del cine –mientras lleva los geranios de vuelta a la ventana del dormitorio–, a él le vendrá bien. Tan inmerso en las ilustraciones. Nunca las considera a la altura, aunque ella sabe que son muy buenas. Pero él cree que se lo dice por complacerlo. Siempre ha tenido ese deje de docilidad. Es a la vez tierno e irritante. Y luego podrían bajar al centro a tomar algo. En realidad, ese afán de perfección hacia su trabajo no depende tanto de que esté a la altura del texto, sino de que esté a la altura de él mismo. Y de ese mismo afán de perfección resultan también esos comportamientos extravagantes, los cambios de humor, el odio visceral a un crítico sólo porque dice que tal vez los primeros libros de Dylan Thomas son poco profundos. Ahora lo oye ir hasta el salón y el ruido mecánico y como de autopista de la bandeja del reproductor deslizándose hacia fuera. Luego hacia dentro. Un piano que ella cree  reconocer rueda hasta el dormitorio.

–¿Qué es? ¿Chick Corea?– se asoma a la puerta del salón.

–¿Qué?– gira la cabeza hacia ella y chasquea los dedos de ambas manos.

–¿Qué es? ¿Chick Corea?– se apoya en el marco, como las mujeres de Leonard Cohen.

–Aha. Las Children’s Songs.

–Es luminoso. Vendrá bien para los geranios– hacia la cocina de nuevo.

–Sí, claro…

–¿Vamos al cine, entonces?

–Pues… no sé. Como quieras.

–¿Qué?

–Como quieras.

–No… como quieras tú.

–Pues oye, mejor no…

–¿No?– la cabeza morena aparece brillantemente por el marco, horizontal y cómica.

–No. Quiero ir a pasear yo solo… si no te importa…

–Claro… haz lo que quieras.

–Gracias– mascullado, pero la cabeza ya ha desaparecido, como una paloma en un sombrero.

Tulipanes

Los tulipanes

Vistas desde arriba, las botas tienen un aspecto extraño. Aparecen y desaparecen alternativamente, como dos intermitentes descompasados. No parece que avancen. Parece, más bien, que lo que se desplaza es la acera. El movimiento lo hace pensar en un metrónomo. Le gustaría aprender a tocar el piano. Con el dinero de la última publicación podrían plantearse el comprar uno a plazos. Uno de esos de pie, que parecen tostadoras o radios de otra época. Tendrá que hablarlo con ella. Tal vez le parezca buena idea. A lo mejor ella también quiere aprender. Luego podrían tocar piezas a cuatro manos. Sería como hacer el amor, pero podrían hacerlo delante de invitados. A él, por una parte, le gustaría aprender a tocar como Chico Marx en las películas. Uno de esos graciosos ragtimes haciendo monerías con las manos y poniendo caras. Eso la divertiría a ella, como una de las niñas que ponen siempre cerca del piano en esas escenas y que se mondan de risa. Pero, por otro lado, también querría hacer algo más serio. Improvisaciones y todo eso. Espera que ambas cosas no sean incompatibles. En cualquier caso, será autodidacta. No se ve con paciencia para aguantar a un profesional y los estudios de Chopin. Nunca le han gustado los profesionales en el arte. Él está más del lado del “rudo oficio” de Dylan Thomas. Lo que se pierde en técnica se gana en frescura, en idiolecto artístico. Se sorprende de haber inventado de forma tan espontánea un término tan apropiado como idiolecto artístico. A esa creatividad es a lo que se refiere. Eso no es profesional. En todo caso, el piano quedará bien en el salón.

En esta calle, unos pasos más adelante, hay una tiendita de flores y productos de jardinería. La dueña es una señora muy anciana que lo hace todo con una parsimonia desesperante. Es como si todo lo que hiciera lo hiciera acariciando. A él esto lo pone un poco de los nervios. Pero le gusta la tienda. Es pequeña y abigarrada de colores, olores y tacto de madera. Le recuerda a un cuadro impresionista, como si todo, flores, maderas y anciana fueran puntos de color. A  veces también le recuerda a Nueva Orleáns, aunque de esto no está seguro, porque nunca ha estado allí. En el fondo, no es otra cosa que una ilustración de Roberto Innocenti troquelada, o más bien arrugada. Todos los pequeños detalles fuera de su sitio, pero formando un conjunto coherente.

Entra y a los cinco minutos sale con un par de pequeñas patatas en una bolsa. Deben de ser más de las siete. El sol anaranjado oscila a poca altura de la calle. Hay una cabina en una plaza cercana. Llega allí mientras revuelve en el bolsillo del pantalón hasta que encuentra cincuenta céntimos. Son italianos y le da pena deshacerse de ellos. Finalmente descuelga, introduce la moneda y marca. Unos segundos y el teléfono digiere la moneda con un sonido de juguete roto. Sí, está solo. Tiene dos o tres horas. Lo que ella quiera. Donde siempre estará bien. Entrará ella primero, él llegará un cuarto de hora después. Bien. Hasta luego, entonces.

A través de la cortina amarillenta entra aún un poco de luz natural. Pero la habitación está en penumbra. Sentado en una silla de madera con un tapizado ridículo en el contexto de la habitación, la mira desnuda y larga en la cama. La cortina, movida por la brisa, hace que la poca luz baile sobre su cuerpo y lo haga cambiar de aspecto continuamente. Lo divierte verla ahí, tintineando como uno de esos móviles de piezas de metal que ponen a las puertas de algunos establecimientos.

–Me gusta el ambiente festivo de las noches del final de la primavera…

–¿Qué es eso? ¿Cebollas?

–O del principio del verano. Creo que es más bien eso.

–Sí; tienen algo de perfume y coñac en las terrazas.

–Vaya. Eso es poético.

–Lo siento.

–No son cebollas. Son tulipanes.

–¿Tulipanes?

–Bueno. Serán tulipanes, si ella los hace crecer.

–Parecen cebollas, o patatas.

–Ella dice que eso es lo bonito. Que de algo tan prosaico salga una flor.

–Tú la quieres mucho, ¿verdad?

–¿Cuál es tu flor favorita?

–No sé. La rosa, supongo. Como todas las chicas sin novio.

–Ya.

–Del uno al diez, ¿cómo la quieres?

–Del uno al diez es poco.

–¿Infinito?

–¿Infinito? No. Infinito no. No se puede querer nada hasta el infinito. Es como no quererlo siquiera.

–Bueno, ¿cómo entonces?

–Supongo que algo intermedio. Entre diez e infinito.

–Eso es mucho.

–Es suficiente. Quiero comprarme un piano.

–¿Para qué?

–Para aprender a tocar como Chico Marx.

–Pues cómpralo.

–Uno de esos pianos de pie, que son como tostadoras o radios antiguas.

–¿Ella qué opina?

–Aún no se lo he comentado. ¿Qué crees que dirá?

–Creo que dirá que sí. Podrá poner los tulipanes encima.

–Sí. No lo había visto así…

Por la ventana comienza a entrar el murmullo del “coñac en las terrazas” y un coche ronronea una dirección de vuelta a casa. Esto le hace pensar en la hora. Debe irse ya. Tiene algunas ideas para las ilustraciones y no quiere llegar demasiado tarde. No le gusta trabajar de noche. Está bien. Nos llamaremos. ¿Cómo van las ilustraciones? Bien, bien; saldrán adelante. Como siempre. ¡Como siempre! Se gira sobre la cama y exhibe la espalda recta y blanca. Él se levanta, la besa en el hombro izquierdo y se va.

Ella

Ella

A los diez minutos, se pone las bragas y va al cuarto de baño. Se sienta sobre la tapa del váter, y se encoge, abrazándose las rodillas. Puede verse en el espejo. Gira la cabeza, horizontal y cómica. ¡Un piano! ¿Dónde va a meter un piano? Se levanta y se dirige hacia el lavabo. Coge la alianza y se la coloca en el anular. Se apoya en la pileta y se mira fijamente los ojos azules. Tendrá que comprarse un libro sobre tulipanes, nunca los ha plantado. Pero un piano… Habrá que ceder. Arquea las cejas negras y todo lo que queda es una media sonrisa.

–Un tipo peculiar.

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

Lucía Torres Rosende (A Coruña, 1975) es Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Granada.

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Colinas

por Indra Fernández Mato

Ilustración de Jano

Sí, igualito este frescor luminoso al de aquellas colinas vicentinas. Una ventana que se abre de luz y tañen las campanas de Párraga a lo lejos. Las iglesias de Yoruba, Obatalá y jimaguas travesones correteando se donan por un momento a la Virgen María, San Lázaro y a las bendiciones pegadas aún sobre el muro desgastado de tantas lluvias desde que Wojtyla bendijo estas tierras de misterio.

Como misteriosas estas iglesias africanas improvisadas en el portal, donde rezan un padre nuestro que de tan sandungón vienen ganas de retorcerse uno, recuperando pasos iniciáticos del gua-guan-có cumba quin quin cu ta-ta, bajo los pies.

El vino magnífico, vero signora? Lo hacen aquí mismo, apuntando hacia la ventana perfecta, desde la cual se alcanza el paisaje de colinas de plata. ¡Y vaya vino! Sabía a gloria de campanas tañendo sobre San Marco. A pompas de azúcar en el cielo de Venecia.

El tartufo. Piace a la signora? Ahora está en su momento. Y se acerca ese aroma irreverente, supurando el parmesano sobre la pasta fresca, chispas de pimienta negra y el vino, ¡qué vino! Cada vez más agarrado a mi paladar. El pecado de un mediodía que se aleja sobre las siluetas de Párraga. Era buona la pasta signora?

Colinas por Jano

“Como misteriosas estas iglesias africanas improvisadas en el portal, donde rezan un padre nuestro que de tan sandungón vienen ganas de retorcerse uno, recuperando pasos iniciáticos del gua-guan-có cumba quin quin cu ta-ta, bajo los pies. Ilustración de Jano.

Colinas vicentinas disfrazadas de palmeras. Desde esta ventana de luz salto de penacho en penacho recorriendo el denso espesor de verdes retostados al sol. Busco la iglesia que tañe las campanas. Una iglesia verdadera, hermosa, esbelta; busco la figura aquella que tras el tartufo y el vino colinar se elevaba sobre rumores de chicharras frenéticas. Pero ¿qué iglesia? La Villa Rotonda aparece y se detiene el tiempo, conmueve los sentidos, condiciona el gusto. Quiero encontrar tras este reguero de verde una forma igualmente perfecta. Tañen las campanas, y quiero encontrarla. Alcanzo con sorpresa de águila a ver una pequeña cúpula roja por entre las últimas yagrumas de la ventana. Ahora sé hacia dónde orientar mis pasos.

Todos por aquí saben que aquella loma es tierra de santeros y paleros profanos. Una iglesia blanca enclavada en aquel sitio hinchaba aún más mi curiosidad. Traspasé hileras de portales vestidos del color de cada santo. El amarillo de Ochún, el rojo de Changó, el blanco siempre tan indescifrable que se trastoca su concepto y parece significar todo. Y no me lo aclaran. Iniciados vestidos de blanco por las aceras llevan con rigor sus atuendos religiosos. Todo es blanco. Camisas, sayas, pantalones, chales, medias, calcetines y zapatos. Blancas son también las cabezas. Las mujeres con pañuelos blancos tapan una cabeza arrasada y los hombres llevan unas gorritas rígidas e impolutas, blancas también; y sólo el color en pulseras y collares distingue el santo para el que han sido entregados y del que esperan todas sus bondades.

Hileras de portales convertidos en capillas. Figuras cruelmente inexactas de santos romanos y apostólicos dan la bienvenida a un hogar hecho de retazos. Figuras exiguas tras las cortinas, la cabeza de un cerdo arrancada a cuajo descansa sobre un frigidaire del que sale un traje rendido. El abuelo se exaspera avergonzado de desnudez. Levanta el brazo y el enfado y exige el traje. A los jóvenes se les acaba la paciencia. ¡Espérate viejo, déjate de majaderías coño!

Las vírgenes siempre tan tristes en todas partes, sean de exquisitos lienzos bellinianos, sean de estos yesos ortopédicos burbujeando una cara. Padres nuestros desposeídos de palabras, llenos de sasón sandunguera regando el aire del mediodía.

Las flores comparten significado e importancia en los dos rituales. Pero a estos santos cristianos también se les da de comer. Heredaron de sus hermanos africanos el gusto por la comida golosa. La miel de abeja supura por los tallos de los girasoles y migajas de dulces rastrean el suelo a lomos de hormigas cabezonas. Estos santos comen ensalada fría, cordero, arroz chino, frijoles aderezados con puerco y beben. Beben ron añejo, carta oro, carta blanca, ron en las vasijas de cada santo, de cada virgen de mirada baja. El santero recostado al muro de cal, vacía el quinto vaso de añejo entre escupidas que lanza a presión y que van dirigidas a las cabezas de los santos, también a los pies de los que por allí andamos.

Salir con los pies despojados de un portal y continuar mi andadura saltando de charco en charco hasta dar con mi iglesia de cúpula roja. El camino es empinado. Colinas de muchedumbre, aguas albañales donde beben los perros, colinas que sirven para el deslizamiento de chivichanas; a bordo siete niños enloquecidos se dejan las rodillas en la frenada. Mis ojos recorren una obscura y húmeda encía de casas derrumbadas. Alguna casa apuntalada apenas se tiene sobre dos clavos anclados al piso, un puntal empuja entre dos casas y del vacío que ha quedado nace una papaya. En la esquina, con solemnidad inquebrantable se alza la iglesia que estoy buscando. Subo su tierna escalinata ovalada y en breve me hallo acogida por una magnífica nave de muros desnudos y alta cúpula. Dos arañas penden tintineando recuerdos de otros tiempos de misas abarrotadas, visitas del obispo y rebosantes limosnas. Tras las lágrimas un rosetón de vitral manda destellos de arco iris al cristal, y se hace la luz. Descubro con encantos de La Rotonda, de La Salute, que estos muros conocen la armonía del blanco y el gris que eligiera Palladio, que caen lágrimas anaranjadas, rosas, violetas, azules, como aquellas que caen sobre la laguna cuando se esconden las aves a lo lejos.

Irrumpe en la nave desierta una figura alta y desgarbada robando a su paso mis últimas postales venecianas. Viste una honesta camisa almidonada con ligeros flecos de desgaste al final de la manga, pantalones negros que arrastran el piso dejando asomar al aire unos dedos infinitos. Prosigue su paso sin advertir mi presencia. Conoce su espacio. Abre y cierra pequeñas puertas con ademanes lentos y respetuosos. Un piano desvencijado sale de su escondite aterciopelado arrancando de aquellas manos inciertos acordes de ¿Bach? al vuelo.

Indra Fernández Mato nació en La Habana hace 41 años. Formada con la revolución en escuelas de deporte y titulada en la Escuela Politécnica Nacional en la carrera de Dibujante de Ingeniería Mecánica, emigro desde muy joven a Galicia, convirtiéndome así en gallega adoptiva. En Galicia ha ejercido su otra vocación autodidacta, y heredada de familia, que es la enseñanza del Yoga. En esta profesión ha acumulado veinte años de experiencia colaborando con Centros Sociales de la ciudad de A Coruña, colegios, organismos sociales como La Once, niños discapacitados y el Centro Jesuita de Formación para la Tercera Edad.
Diplomada en Filosofía y cursando licenciatura en la actualidad, combina dichos estudios con los de Cultura y lengua italiana en la ciudad de Venecia. En dicha ciudad reside parte de su tiempo colaborando como guía de arte y ocio.

Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico.

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May Day special / Especial 1º de mayo

Ana Kun | Joaquín Lameiro | María Blanco

 

laboriousDay by Ana Kun

laboriousDay

MayDay call by Joaquín Lameiro Tenreiro

Now the streets are full with mustangs/ wild hoofs steaming open wide/ like the spirit of Mayflower/ long steam roses rising high/ from the crowded rebel cry.

‘Cos everybody’s sick and tired/ of this April fool spring showers/ dropping from the roofs of modern/ times factories so everybody’s/ a-bopping & a-beeping in the music of the thousands

– & they sing what they need & they make it out of dreams & they do believe it now/ that as modern as times are/
they are a-changing.

No more use for the merchant’s greed/ all-a that we do not need/ all the workers dressed in gray/ marchin’ through the somber grave/ of a past that’s still alive.

No more needles for the camels/ no more lucky strikes or chances/ we will gather arm to arm/ for the shake of some new heavens/ here in earth – no sugar mountain/ but a promise kept through time/ a new deal/ the seventh seal/
just a contract with ideas/ waking up like spring May flowers/ climbing up the city lights/ disclosing the hidden powers/
for everyone to see.

And as long as there still be borders and boundaries/ balls and chain-gangs/ blue Negroes a-singin’ and a-suffering/ be them black or be them white/
there still be the Italian ghosts/ haunting the endless Boston nights/ & Haymarket shall not rest/ from its thousand bloody stains.

So come friends & foes see clearly/ now through the looking-glass/ open all the gates of Eden/ that conceal your promised lands.

Follow the horses of burning eyes/ take the streets once again/ let’s no one forget the day/ let’s break loose the 1st of May.

 

1M por María Blanco

1M

Ana Kun was born in one very cold winter, sometime around noon. She waited quietly until she could go to the Fine Arts High School in the 5th grade, determined to be a graphic artist as soon as possible. Now, 20 years later, she has a BA in Graphics (Faculty of Arts and Design), a MA in Creative Writing (Faculty of Letters and Theology) and a magical 7 years experience in graphic design. Ana feels ready to see her dream come true: to doodle super colorful drawings and mega intricate texts, if possible on the same paper. Visit anakun.com

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

María Blanco Rodríguez (A Coruña, 1982) es licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Vigo. Sitio web: mariablancorodriguez.com

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He salido bajo el viento y la lluvia

por Indra Fernández Mato

Ilustración de Jano

He salido bajo el viento y la lluvia de la aldea, que siempre tiene una nube asignada, sea verano o invierno como es ahora y mientras estoy partiendo se parte en dos. Destino: La Habana. Voy con el corazón desconectado a fuerza de usar la mente; no obstante por algún lugar salen trotes de caballos en la incertidumbre, metiéndoseme por entre la ropa el frío del que ya me mofo y las patas del caballo en el pecho cuando pienso en las maletas pasando el control aduanero cubano ¿que si son de uso personal o son para importación? si en todo caso tendré que pagar el doble de valor del cola cao, la leche en polvo, café, el papel higiénico, las especias, la sal, el azúcar… y se me mueven las espuelas en el estómago si no consigo pasar el día a día concentrado en estas maletas… desayuno, primera visita al baño, una lata de las buenas gallegas, para acompañar con un boniato o una papa distraída de invierno en el almuerzo. Maletas de papel, bolígrafos, los cuatro libros sagrados, piensa uno, y resulta que sólo se salva Platón, bueno y también Lobo, que ha viajado después de tenerse abierto medio año sin llegar nunca a entenderlo. Como siempre Lobo tan genialmente difícil. Pensé que el Caribe ayudaría a desenredarlo… y sí. Se traga las tardes de hastío tropical con suaves notas de África alzándose tras el Almácigo del patio viejo.

La casa ha dejado atrás los olores del verano. Su cálido húmedo mezclado con hollín de cocina ha sido aireado por estos vientos de Diciembre ya olvidados. Serenados los primeros trotes en el estómago, no vienen los siguientes, y los esperaba de un momento a otro. El rechazo a la casa, el miedo al miedo de enfermar entre nidos de arañas y hormigas sobre los pasteles. La abuela agarrada a los años ya cansados. Pero no, no vienen. Desconectado el corazón. Me viene el sueño con las maletas aún en la escalera. Enteras, pasado el control sin ponerles un dólar de más.

El Pontiac avanza con respetable existencia por la Calzada de Diez de Octubre. ¡Qué gozo de muros carcomidos! El gusto estético que reta al cinismo cuando la vida dentro es dura, durísima. De niños agarrados a la teta seca, el orine regando el piso, neveras también secas y secas las pilas. Sin agua en cuatro días, el gas perdido, y yo que hablo de gozo, sublimación estética, recuerdos de esquinas venecianas congeladas en mi memoria. Muros carcomidos, recontradolidos, hermosos. Si mi máquina inglesa estuviera aquí, pensaba, sería como niña vestida de domingo entre abuelas estrujadas y sabias. He dejado atrás un Jaguar gris perla, que hace las veces de estorbo en nuestra ya venida a menos vida de provincias y clase media. Me subo al Pontiac y me acodo con la madre, el niño y el negro cansado que llevo detrás; delante el chofer flirtea los baches. Su codo cada vez frenado por la enorme teta de la vieja que lleva al lado y aún, para coger a otro cliente más, para el carro. Ya el culo de la vieja en el muslo, el otro con medio cuerpo en la ventanilla. El carro parece abrirse en dos. Los hierros resuenan bajo los pies y como un colador se filtra la calle hacia dentro. Las ventanillas cortan como navajas y el asiento sí es un trotar de caballos contentos. Suena inagotable el mismo reguetón de antros, palenques y discotecas de todos los días. Baja la mamá y el niño, me desplazo, suben otras dos personas más. El chofer con el fajo de billetes hecho un canuto. La mano aferrada al dinero, parece regalarlo cuando la saca por la ventana. Siempre la lleva por fuera. Hace señales de derecha, izquierda, paro… pasa y no me jodas, el claxon no se calla, tampoco las otras máquinas decrepitas se callan, rugen, regurgitan fuego, saltan sobre agujeros como pelotas de infancia. Parque central. Caballero todos pa’bajo. Y todo por 50 cts. de divisa nacional.

La marea habanera te embriaga y te agarra en el parque central. No te suelta hasta llegar al malecón por todo Obispo, y después allí otra marea más de desodorantes envueltos en ácido de cuerpo europeo se mezcla con la fórmula secreta del Marlboro que busco entre la gente. Hace mucho tiempo que no entra aquí esa maldita caja roja. Su aroma recuerda a paquetes vacacionales con todo incluido: sol, tumbona, ronsito, mulatas prohibidas de ensueño, ahora fregando pies de mexicanos, italianos, nórdicos grises. El marlboro dejando una estela desde mi juventud y los primeros cigarrillos suaves fumados aquí en esta casa del té imitando maneras de poetas engañados, gente con ganas de inventar la poesía, que no versos, animarse con la Perestroika. ¡Que si nos llegara…! Algunas pecando en el humo de cigarrillos, cruzábamos la otra acera. La estela del marlboro nos seducía, dejábamos nuestros poetas sin versos en estas mesas. Volvíamos atrás arrepentidas. No quedaba nadie. El hueco del patio con su árbol, las mesas sin té. En su lugar cervezas, emparedados, cajas rojas de tabaco cubano.

"Hace unos días he conseguido por fin un carrito cubano para alquilar unos meses". Ilustración de Jano

Hace unos días he conseguido por fin un carrito cubano para alquilar unos meses. Ilustración de Jano

Hace unos días he conseguido por fin un carrito cubano para alquilar unos meses. Buscar y hacer tratos con locales no es fácil. Hay una sola respuesta: ¡eso ya está! Parecen querer decir sí, e incluso añaden: ¡no hay lío con eso! ¡No te preocupes! Pues no. No hay nada resuelto, sí hay lío con eso, sí debes preocuparte. Los días pasan y sigues necesitando lo que buscas, sigues buscando un trato cada día, cada uno igual que el primero. He conseguido entenderme con un mulato al que se le queda corto todo esto para lo que podría llegar a hacer. Emprendedor y correcto. Con un código de decencia reconocible, es decir: te comportas, me comporto, si me das la palabra tendrás la mía, si me fallas te parto las piernas. Aunque inamovible en sus intereses he conseguido un precio asequible por un Moshkvic, que hay que mover como un peso muerto y que me mueve de un lado a otro de la ciudad. La vida de un cubano también está hecha de contar con un Lada o un Moskvich. Son los carros de los privilegiados de una época. Fueron los carros de los ministros, coroneles, médicos destacados y gente de influencias. Ahora, a pesar de la entrada de carros europeos y asiáticos al consumo de ciertos cubanos recién pudientes, los Lada y los Moskvich han recuperado un cierto valor para aquellos que cuentan con siete o diez mil dólares cubanos para revestirlos y recomponerlos pieza a pieza, y siempre que tengan una casa dado que su valor es el mismo que el de la chatarra rusa.

El Moskvich va duro y no hace más que venirme las ganas de reír cuando pienso en la lista de características varias de nuestros coches. Gira el condenado a regañadientes, pero gira, avanza sin aspavientos y va llegando lejos enmarañándose por estas calles. Me deja la ropa impregnada en perfume de Jeques árabes. Al menos es mejor que el hollín del petróleo de los carros boteros. Hecho de meno las vidas que iba intuyendo en mis compañeros de carro, la fatiga en los ojos de las mujeres, la prisa de los hombres al subir y bajar como si anduviesen huyendo. Están resolviendo. Hombres y mujeres cada uno por su lado y que como pueden se levantan resolviendo.

Todo se consigue por fuera. El mercado en moneda nacional desasistido, el mercado en divisa, también; sólo que en la acera de enfrente te venden lo que antes llenaba los estantes de la tienda. Ahorro de al menos el veinte por ciento, el mismo producto que va del almacén a la acera de enfrente. “¡Vamos bombillos, fregaderos, neveras, juegos de cuarto, juegos de comedor, frigidaires, televisores! Aquí están los mejores precios de La Habana. ¿Qué necesitas muchacha, que andas buscando?” No te dejan avanzar hacia la tienda oficial ya para entonces esquilmada.

La gente empieza a soñarse una vida. Comienzan los pequeños negocios, los emprendedores se cuentan por cientos, los que llegan a buen puerto son los menos. Aún así se siente un empuje doliente, una huida hacia el qué será, ¡vamos a ver! Como se dice.

Empiezo a estirar lo que me queda de despensa. Hay libros esparcidos por toda la casa. Comprar libros nuevos está siendo relativamente fácil y económico. Faltan muchos títulos, las traducciones de los que se encuentran dejan mucho que desear, a veces tiernas. Stendhal no podría hablar tan bien el cubano, pero lo habla. Algunos libros se meten conmigo bajo el mosquitero que construye mi aislamiento. No consiguen avanzar, no entretienen mi ya descontrolada curiosidad del mundo. Quedan cada mañana inertes y decepcionados.

El dolor de Yemayá se mete entre las sábanas viejas que envuelven a la abuela. Todos sufren aquí un dolor debido a los santos que todo lo saben y se vengan con sus huesos, su tensión, sus nervios perdidos, el amor que no llega, los palos que recibió aquella en la cabeza, el marido se ríe, ella que culpa a Ochún, que si él quisiese ir al Babalao se le pasaba eso, que él es bueno pero le han echado algo encima que lo pone así. La abuelita nada en los brazos de Yemayá serena. Y le duelen los huesos de verdad, de la vida, de la infancia, del hijo desaparecido… y no se queja, no dice nada. Sólo pretende acabar mucho antes con mi paquete sagrado de leche en polvo. La leche de los gallegos es la que le gusta. Y yo se la doy contenta, mete los dedos hasta el fondo y ríe de sus huesos bañados. El orine de Yemayá le llega hasta el pelo.

Hoy empieza un nuevo día. Un lluvioso y frío día de febrero habanero. El Moskvich ha empezado a recancanear, así que se lo han llevado para ver qué le pasa. Tiene proporcionalmente los mismos años que la abuela. No se sabe si estará para mañana. He de reponer algunas cosas de la despensa, y no será tarea rápida. Normalmente puede llevarte días encontrar una lata de leche, una botella de aceite algo reconocible. Lo normal es no conseguirlo, pero con un carro y un poco de paciencia y gusto por recorrer esta bella ciudad, quizá como compensación encuentres un kilo de arroz liberado brasileño que no está nada mal y cuesta muy poco. Has de sacar tu jabita y llevártelo antes que desaparezca durante meses, al igual que la lata de leche, el aceite y otros tantos fungibles que sigo buscando.

Contemplo la lluvia fría habanera con el corazón encogido de nostalgia gallega. Retumbes de cocido de domingos y plañideras de Monteverdi enroscándose a los plátanos paridos cuando irrumpe el pregón del maní, el frijol tiernito, el afiladorrr…

Indra Fernández Mato nació en La Habana hace 41 años. Formada con la revolución en escuelas de deporte y titulada en la Escuela Politécnica Nacional en la carrera de Dibujante de Ingeniería Mecánica, emigro desde muy joven a Galicia, convirtiéndome así en gallega adoptiva. En Galicia ha ejercido su otra vocación autodidacta, y heredada de familia, que es la enseñanza del Yoga. En esta profesión ha acumulado veinte años de experiencia colaborando con Centros Sociales de la ciudad de A Coruña, colegios, organismos sociales como La Once, niños discapacitados y el Centro Jesuita de Formación para la Tercera Edad.
Diplomada en Filosofía y cursando licenciatura en la actualidad, combina dichos estudios con los de Cultura y lengua italiana en la ciudad de Venecia. En dicha ciudad reside parte de su tiempo colaborando como guía de arte y ocio.

Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico.

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