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¿Y si el iceberg del Titanic se llamase Fallo Estructural?

por Manuel Gil Castro

And, in 1912, the paperboy shouted: “Titanic collides against Structural Failure!!!!!!!”

Como en inglés queda un poco a lo Monty Python, mejor uso el Castellano, Castellano de Castilla, y de Castilla la Vieja, metiendo alguna palabra desfasada para mejor comprensión de vuestras mercedes, a quienes dedicaré el cuasi final del mío relato.

Es que de ideas desfasadas va esto, como aquella frase que, a la menor mal dada, decimos los gallegos: ¡éche o que hai! Vamos, que las cosas pasan porque sí. Si una empresa va a la quiebra, es la crisis; si un barco se hunde, será por mala suerte, y si un tren descarrila, pues mala suerte también. Menos “o pedreiro”, que ese “móvecho o veciño”, todo pasa por la mala suerte. Es que siendo tan culpable la mala suerte, cualquier día se ve imputada. Estaría bien que la metiesen entre rejas y, semana tras semana , nos tocase el Euromillón.

Los pensamientos científico o artístico (dos maneras de abordar lo mismo), hace siglos ya, nos dejaron claro que, si no somos conformistas, podemos buscar y hallar respuestas. Curar enfermedades incurables y prevenir catástrofes, que no tenemos por qué sufrir por afición. Indagando se llega a tratar de explicar el funcionamiento de agujeros negros y nebulosas, a poner a un tío en la Luna, o a desplazarnos de un lado al otro del planeta en cuestión de horas. Precisamente los hermanos Wright, hace más de cien años, tardaron uno en construir su primer avión “más pesado que el aire”…

Pero en el siglo XXI se necesitaron once para determinar que la catástrofe del Prestige probablemente se debió a un fallo estructural, a una avería extraordinaria… ¿Es estructural o extraordinario? Porque si tiene fallo estructural lo más ordinario es que “casque” cada dos por tres. Y en cuanto hizo aparición la desalmada avería hubo que improvisar una solución que, sea acertada o no, repito, hubo que improvisar. Sin ningún tipo de protocolo para tal azaroso inconveniente. Cosa normal, pues quién iba a pensar que en Galicia pudiese pasar esto; haberse visto en problemas un petrolero aquí, lo nunca visto. Once años para no decir nada, para no saber nada. Para culpar títeres. Para volatilizar empresas y presuntos. Es lo que tiene este gobierno (o como sería otro made in Spain), y por ende la justicia, que nunca saben nada… y dicen que no se puede saber, de la misma forma que nuestros antepasados decían que tampoco se podía saber por qué llovía más allá de caprichos divinos. Creo que en el PP odian el Meteosat… ¿Se lo cargarán por impertinente?

Y hablando de cosas desfasadas ¿qué opinan de la Constitución? Esa que nos da a los descontentos ciudadanos herramientas de protesta tan eficaces como manifestaciones o huelgas, lo no va más, la última tendencia de la moderna Revolución Soviética. Vas tan tranquilo y de repente te ves envuelto en banderas y pancartas de otros partidos políticos, portavoces que no te representan y cantan himnos que no tienen sentido en un mundo tan diferente. Si nace un Nunca Máis o un 15M es cuestión de horas que se apunten a la fiesta los partidos rivales del gobierno, pervirtiéndolo, haciéndolo suyo, dando oportunidades para criticarlo. ¡Dejadnos en paz!

Esa misma Constitución que se crearon a medida los salientes de la Dictadura (¿salientes?) con algún que otro rojo para disimular y crear un bonito tinglado a gusto, blindados e impunes, con una previsión ejemplar, aquí sí, para que nadie se lo pudiese clausurar.

Hablemos un segundo de economía porque, por aquí, solo se ven dos modelos ideológicos, aunque cueste ponerles nombre: el voraz capitalismo neoclásico o el comunismo, parido por un tío brillante pero ya fuera de contexto. Véase contexto como siglo XXI. El PSOE es eso que nadie sabe qué defiende, andan por ahí y tal, de vez en cuando parece que quieren hablar… criaturas. Y mira que hay teorías económicas modernas, ya no ideologías, ¡ciencia! Unas que hablan de la economía del bien común, entre otras. Todas nos suenan a muy cool, la hostia en verso, pero claro, como no es blanco o negro nos cuesta entenderlo por estas latitudes. Estos economistas locos… ¡Científicos!… Como es sabido por todos, la economía no es una ciencia, es ¡un color! Unos se visten de rojo, otros de azul, pero los que saben algo del cotarro se manejan mejor en el verde.

¿Saben por qué funciona el dinero que tienen en la cartera? Porque es fiduciario, es decir, tiene valor porque la comunidad tiene fe en él. Si el dinero de su bolsillo dejase de tener la confianza de los usuarios, no valdría nada, es solo papel y tendría el valor del papel empleado. La política es igual. La población de un Estado cede el poder a unas determinadas personas para que dirijan las actuaciones a seguir. Con la justicia ídem: los ciudadanos confían en unos profesionales para que determinen la legalidad o no de determinados hechos. Todo este sistema actual se basa en la confianza. Incluyo, cómo no, los mercados y conceptos como la deuda de los países, prima de riesgo, etc, etc. Está tremendamente claro, por tanto, que la primera obligación de un político es mantener esa confianza, porque de la otra manera el sistema estaría viciado y las cosas no podrían funcionar de forma correcta y, si por cualquier motivo, no existe esa premisa para con la mayoría de la población,1 deben tener la responsabilidad de abandonar todos y cada uno de los que hayan contribuido o contribuyan a generar esa desconfianza, sean del partido que sean y estén imputados o no. Abandonar su puesto pagado con dinero público. Hay tantos metidos en temas “turbios” que ya no hay quien distinga “buenos o malos”, todos cómplices. Dirán, erguidos, que la gente confió en ellos en las elecciones, esas donde la primera fuerza política fue la abstención, gran número de nulos, blancos, sin alternativas reales.2 Digámosles, a ver qué pasa, que hagan un referéndum, esa palabra en latín prohibida por “moderna”… a la hoguera con ella.
Como nota de estilo: recomendaría que dejasen de llevar autobuses de señoras y señores a votar, con consignas apocalípticas del fin de las pensiones y otras. O, cuando menos, que después nos dejen esos autobuses a los jóvenes –pagamos el peaje, tranquilos– para ir saliendo del país. El país de los viejos que se creen seguros y de los nuevos en busca y captura. Que seguirá secándose al Sol de los alemanes. Con olor a ajo, naftalina y a rancio. Apuntalando el pasado y temiendo al futuro.

Al final me dejo arrastrar por lo íntimo.

Algún día, na Galiza, o mar nos ía quitar todo o que nos dá, alén das viúvas dos mariñeiros e os días de chapapote, para afundirnos na incompetencia de quen o medo nos mete; porque nos declaramos “inorantes” e nin Rosalía nin Pondal comporían inconformismo na nosa mente. Ben sabido é que nacimos para sufrir, como sofre o amante que, recreado na melancolía e o derrotismo, relaxou a carreira tratando de alcanzar o tren, e perdeu á súa namorada entre rechouchío e avance de ferros vellos, mentres lle esvaraba a man da varanda de subida, e tornándose poeta, culpou ás meigas; esas zorras que perden o tempo só contigo. A única meiga es ti, Galiza, que non sei por que te quero. Que non entendo por que non podo deixar de facelo. E sáeme, nun murmurio, un burleiro “éche o que hai”. Vai ser que os galegos temos algo de poetas.

1 José Juan Toharia, “Científicos y políticos: los polos extremos de la confianza ciudadana”, Blog Metroscopia (El País), http://blogs.elpais.com/metroscopia/2013/01/cientificos-y-politicos-los-polos-extremos-de-la-confianza-ciudadana.html | Volver al texto

2 “Los votos en blanco y los votos nulos sumados constituiría la cuarta fuerza política de España”, 20 Minutos, http://www.20minutos.es/noticia/1059740/ | Volver al texto

Manuel Gil Castro es técnico superior en realización audiovisual por la Escola de Imaxe e Son de A Coruña, estudiante de ADE esporádico, bloguero esporádico, escribe colaboraciones y relatos de manera esporádica. Le encanta la palabra “esporádico-a”. | pleasetickonebox.blogspot.com

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Los tulipanes

por Joaquín Lameiro Tenreiro

Ilustrado por Lucía Torres Rosende

–He leído… he leído una reseña a una traducción de Dylan Thomas; una traducción nueva… bueno, eso no importa… y dice que es algo superficial…

–¿La traducción?

–No, no… Dylan Thomas… Su poesía… Que es algo superficial. Que suena muy bien, pero que no es profunda, especialmente antes de The Map of Love. ¿Tú estás de acuerdo?

–Bueno, es posible… Tal vez los primeros libros no sean muy profundos…

–Pero… no sé… a mí me gusta. Me parece muy bueno. ¿No te gusta, a ti?

–Yo no he dicho que no me guste. Pero tal vez el crítico tenga razón. Sólo eso.

–Ya… pero es que ahora parece que la canción está desprestigiada. No lo entiendo… no…

–¿Qué canción? ¿De qué me estás hablando?

–Quiero decir… ¿Me estás escuchando? ¿Me…

–Sí, sí… Puedo hacer esto y escucharte… Somos multitarea, ya sabes.

–Quiero decir… ¡Multitarea! ¡Vaya!… que Dylan Thomas es un poeta de la canción, no es un filósofo. Pero, ¿y qué pasa con toda la poesía cortés medieval, o con Espronceda, o con todo eso? ¿No es digno, eso? No descubre grandes verdades intelectuales, pero… es otra cosa… a su manera también es profundo. Es la profundidad de la tradición, de la tierra… y se expresa mejor cantando que filosofando… lo compara con Eliot y con Auden… Pero ¿qué tiene que ver? Una época no hace a un poeta. Son verdades distintas, las de Thomas y Eliot. Y yo prefiero la de Thomas, qué demonios.

–Oye, mira… A mí también me gusta Dylan Thomas, pero creo que estás sacando las cosas de quicio. Puede que el
crítico tenga razón.

Mientras dice esto (razón), levanta los ojos azules de los geranios hacia él, y arquea ligeramente las cejas negras y
finas. Luego todo se convierte en una media sonrisa con algo de socarronería complaciente. Poco antes, en el oye, mira, se ha dado la vuelta, para mover la maceta del fregadero a la mesa, y ha sido sólo entonces cuando ha dejado de darle la espalda. No ha sido interpretado como un gesto de descortesía o desdén por parte de su marido, porque venían hablando ya desde el dormitorio, cuando ella había cogido la maceta con los geranios y la había llevado hasta la cocina. Y él había ido detrás de ella todo el tiempo, como el vagón del carbón, haciendo rechinar las ruedas sobre ir al cine, el domingo y, por último, la reseña sobre la nueva traducción de Dylan Thomas. La locomotora había seguido hasta el fregadero sin dejarle saber a él que era ella la que dirigía y él el que era arrastrado, y aquí están en este momento. Las conversaciones suelen ser así, porque, aunque se reparten las tareas que a ninguno de los dos les gustan, ella hace el resto de las cosas que no son estrictamente necesarias, pero sí de agradecer. Y, en general, ella es más activa y suele ir por delante. Pero no importa, porque tiene una espalda bonita, con ese lunar tan característico en el hombro izquierdo y la columna recta y bien marcada.

–No sé que les pasa… creo que hay poca luz en la ventana del dormitorio. ¿Qué es eso de qué demonios?

–¿Mmh?

–Siempre me han hecho gracia esas expresiones tuyas. Son como de doblaje de película, o algo así.

Qué demonios es una buena expresión, ¿no?

–Sí, sí… si eso te digo. Que me hace gracia. Eres un tipo peculiar.

–¿Peculiar?

–Sí, siempre lo has sido.

Un tipo peculiar… eso si que es de películas. Como en el Nido del Cuco… Peculiar, peculiar.

–Sí… Peculiar.

Él

Él

El sol entra distante por la ventana de la cocina, como un pollo perdido buscando a su mamá gallina. Pero, como todas las gallinas, todos los edificios del bloque son más o menos iguales, y el pobre pollo no sabe bien a dónde dirigirse. Debajo, ocho pisos por debajo, la mañana del domingo circula somnolienta en una furgoneta de reparto y se pierde por entre los periódicos y el pan. Es como una mañana de Reyes, pero sin cartones en los contenedores, bicicletas nuevas y coches teledirigidos. En los niños piensa él cuando apoya la frente en el vidrio. Luego queda una marca y trata de dibujar algo en ella, pero no sabe bien qué, y acaba haciendo tres rayas cruzadas. Las tres rayas cruzadas le recuerdan a un embrión de estrella o asterisco, y añade otras dos. La imagen que tiene en mente es la de la panorámica de la noche en el pueblecito de Gepetto que abre la película de Disney. Algo así quiere él. El texto es bueno, poético, incluso; ¿por qué a los niños no se les ha de dar derecho a la justicia poética? Antes va la estética que la ética. Por lo menos para un niño. Y ella lo sabe y por eso sus textos son tan buenos. Una escritora infantil tiene que haber leído a Saint-Exupéry, pero también a Dylan Thomas. Eso es lo que el crítico de la reseña no comprende. Y las
ilustraciones han de estar a la altura del texto. Cinco años colaborando juntos y siempre queda camino por andar. Cinco años durmiendo juntos y a veces parece que nunca encontrará el delineado apropiado para los textos de ella.

–¿Cómo sabes que es un hombre?

–¿Quién?

–El crítico

–¿No lo es?

–Sí

–Claro. ¿Cómo si no?

–Ya.

Puede ser una buena idea lo del cine –mientras lleva los geranios de vuelta a la ventana del dormitorio–, a él le vendrá bien. Tan inmerso en las ilustraciones. Nunca las considera a la altura, aunque ella sabe que son muy buenas. Pero él cree que se lo dice por complacerlo. Siempre ha tenido ese deje de docilidad. Es a la vez tierno e irritante. Y luego podrían bajar al centro a tomar algo. En realidad, ese afán de perfección hacia su trabajo no depende tanto de que esté a la altura del texto, sino de que esté a la altura de él mismo. Y de ese mismo afán de perfección resultan también esos comportamientos extravagantes, los cambios de humor, el odio visceral a un crítico sólo porque dice que tal vez los primeros libros de Dylan Thomas son poco profundos. Ahora lo oye ir hasta el salón y el ruido mecánico y como de autopista de la bandeja del reproductor deslizándose hacia fuera. Luego hacia dentro. Un piano que ella cree  reconocer rueda hasta el dormitorio.

–¿Qué es? ¿Chick Corea?– se asoma a la puerta del salón.

–¿Qué?– gira la cabeza hacia ella y chasquea los dedos de ambas manos.

–¿Qué es? ¿Chick Corea?– se apoya en el marco, como las mujeres de Leonard Cohen.

–Aha. Las Children’s Songs.

–Es luminoso. Vendrá bien para los geranios– hacia la cocina de nuevo.

–Sí, claro…

–¿Vamos al cine, entonces?

–Pues… no sé. Como quieras.

–¿Qué?

–Como quieras.

–No… como quieras tú.

–Pues oye, mejor no…

–¿No?– la cabeza morena aparece brillantemente por el marco, horizontal y cómica.

–No. Quiero ir a pasear yo solo… si no te importa…

–Claro… haz lo que quieras.

–Gracias– mascullado, pero la cabeza ya ha desaparecido, como una paloma en un sombrero.

Tulipanes

Los tulipanes

Vistas desde arriba, las botas tienen un aspecto extraño. Aparecen y desaparecen alternativamente, como dos intermitentes descompasados. No parece que avancen. Parece, más bien, que lo que se desplaza es la acera. El movimiento lo hace pensar en un metrónomo. Le gustaría aprender a tocar el piano. Con el dinero de la última publicación podrían plantearse el comprar uno a plazos. Uno de esos de pie, que parecen tostadoras o radios de otra época. Tendrá que hablarlo con ella. Tal vez le parezca buena idea. A lo mejor ella también quiere aprender. Luego podrían tocar piezas a cuatro manos. Sería como hacer el amor, pero podrían hacerlo delante de invitados. A él, por una parte, le gustaría aprender a tocar como Chico Marx en las películas. Uno de esos graciosos ragtimes haciendo monerías con las manos y poniendo caras. Eso la divertiría a ella, como una de las niñas que ponen siempre cerca del piano en esas escenas y que se mondan de risa. Pero, por otro lado, también querría hacer algo más serio. Improvisaciones y todo eso. Espera que ambas cosas no sean incompatibles. En cualquier caso, será autodidacta. No se ve con paciencia para aguantar a un profesional y los estudios de Chopin. Nunca le han gustado los profesionales en el arte. Él está más del lado del “rudo oficio” de Dylan Thomas. Lo que se pierde en técnica se gana en frescura, en idiolecto artístico. Se sorprende de haber inventado de forma tan espontánea un término tan apropiado como idiolecto artístico. A esa creatividad es a lo que se refiere. Eso no es profesional. En todo caso, el piano quedará bien en el salón.

En esta calle, unos pasos más adelante, hay una tiendita de flores y productos de jardinería. La dueña es una señora muy anciana que lo hace todo con una parsimonia desesperante. Es como si todo lo que hiciera lo hiciera acariciando. A él esto lo pone un poco de los nervios. Pero le gusta la tienda. Es pequeña y abigarrada de colores, olores y tacto de madera. Le recuerda a un cuadro impresionista, como si todo, flores, maderas y anciana fueran puntos de color. A  veces también le recuerda a Nueva Orleáns, aunque de esto no está seguro, porque nunca ha estado allí. En el fondo, no es otra cosa que una ilustración de Roberto Innocenti troquelada, o más bien arrugada. Todos los pequeños detalles fuera de su sitio, pero formando un conjunto coherente.

Entra y a los cinco minutos sale con un par de pequeñas patatas en una bolsa. Deben de ser más de las siete. El sol anaranjado oscila a poca altura de la calle. Hay una cabina en una plaza cercana. Llega allí mientras revuelve en el bolsillo del pantalón hasta que encuentra cincuenta céntimos. Son italianos y le da pena deshacerse de ellos. Finalmente descuelga, introduce la moneda y marca. Unos segundos y el teléfono digiere la moneda con un sonido de juguete roto. Sí, está solo. Tiene dos o tres horas. Lo que ella quiera. Donde siempre estará bien. Entrará ella primero, él llegará un cuarto de hora después. Bien. Hasta luego, entonces.

A través de la cortina amarillenta entra aún un poco de luz natural. Pero la habitación está en penumbra. Sentado en una silla de madera con un tapizado ridículo en el contexto de la habitación, la mira desnuda y larga en la cama. La cortina, movida por la brisa, hace que la poca luz baile sobre su cuerpo y lo haga cambiar de aspecto continuamente. Lo divierte verla ahí, tintineando como uno de esos móviles de piezas de metal que ponen a las puertas de algunos establecimientos.

–Me gusta el ambiente festivo de las noches del final de la primavera…

–¿Qué es eso? ¿Cebollas?

–O del principio del verano. Creo que es más bien eso.

–Sí; tienen algo de perfume y coñac en las terrazas.

–Vaya. Eso es poético.

–Lo siento.

–No son cebollas. Son tulipanes.

–¿Tulipanes?

–Bueno. Serán tulipanes, si ella los hace crecer.

–Parecen cebollas, o patatas.

–Ella dice que eso es lo bonito. Que de algo tan prosaico salga una flor.

–Tú la quieres mucho, ¿verdad?

–¿Cuál es tu flor favorita?

–No sé. La rosa, supongo. Como todas las chicas sin novio.

–Ya.

–Del uno al diez, ¿cómo la quieres?

–Del uno al diez es poco.

–¿Infinito?

–¿Infinito? No. Infinito no. No se puede querer nada hasta el infinito. Es como no quererlo siquiera.

–Bueno, ¿cómo entonces?

–Supongo que algo intermedio. Entre diez e infinito.

–Eso es mucho.

–Es suficiente. Quiero comprarme un piano.

–¿Para qué?

–Para aprender a tocar como Chico Marx.

–Pues cómpralo.

–Uno de esos pianos de pie, que son como tostadoras o radios antiguas.

–¿Ella qué opina?

–Aún no se lo he comentado. ¿Qué crees que dirá?

–Creo que dirá que sí. Podrá poner los tulipanes encima.

–Sí. No lo había visto así…

Por la ventana comienza a entrar el murmullo del “coñac en las terrazas” y un coche ronronea una dirección de vuelta a casa. Esto le hace pensar en la hora. Debe irse ya. Tiene algunas ideas para las ilustraciones y no quiere llegar demasiado tarde. No le gusta trabajar de noche. Está bien. Nos llamaremos. ¿Cómo van las ilustraciones? Bien, bien; saldrán adelante. Como siempre. ¡Como siempre! Se gira sobre la cama y exhibe la espalda recta y blanca. Él se levanta, la besa en el hombro izquierdo y se va.

Ella

Ella

A los diez minutos, se pone las bragas y va al cuarto de baño. Se sienta sobre la tapa del váter, y se encoge, abrazándose las rodillas. Puede verse en el espejo. Gira la cabeza, horizontal y cómica. ¡Un piano! ¿Dónde va a meter un piano? Se levanta y se dirige hacia el lavabo. Coge la alianza y se la coloca en el anular. Se apoya en la pileta y se mira fijamente los ojos azules. Tendrá que comprarse un libro sobre tulipanes, nunca los ha plantado. Pero un piano… Habrá que ceder. Arquea las cejas negras y todo lo que queda es una media sonrisa.

–Un tipo peculiar.

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

Lucía Torres Rosende (A Coruña, 1975) es Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Granada.

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Tributo de la sombra (y X)

por Gustavo Lespada (texto) y Pablo Schröder (fotografía)

Con esta décima entrega cerramos la selección de Tributo de la sombra, el proyecto poético/fotográfico desarrollado por Gustavo Lespada y Pablo Schröder. Los poemas de Lespada se acaban de publicar en un volumen coeditado por Paradiso (Argentina) y Rebeca Linke (Uruguay). | Ver otras entradas de Tributo de la sombra

lo real

Y cómo conformarse
con sólo lo sabido, con aquello
que coció su dureza, su arista, su contorno
a expensas de lo informe, cómo no ver
que todo lo ignorado es un desierto
que no tiene límites salvo
nuestro deseo.

Cómo doblegarnos
al éxito trivial de lo que vemos,
cómo no rebelarse ante la prepotencia
de lo establecido, cómo no tomar parte
por aquello que fuera
desplazado:

Real es todo lo que aún no ha sido.

"Lo real" por Pablo Schröder

Gustavo Lespada, doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA), es autor de Carencia y Literatura. El procedimiento narrativo de Felisberto Hernández (ensayo, 2013, en imprenta); Las palabras y lo inefable (ensayo, 2012); Naufragio, (poesía, 2005), Esa promiscua escritura, (ensayo, 2002), e Hilo de Ariadna, (poesía, 1999), además de antologías y numerosas publicaciones en revistas especializadas. Obtuvo el Premio Juan Rulfo 2003 y un premio de la Academia Nacional de Letras del Uruguay en 1997, entre otras distinciones.

Pablo Schröder es egresado en Fotografía Profesional por “La Nueva Escuela” de Buenos Aires (2007), ha estudiado Fotoperiodismo en la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (2008-2009) y Dirección de Fotografía en el S.I.C.A. (2010-2011). Ha recibido el 5º premio en el IX concurso “Gente de mi ciudad” del Banco Ciudad de Buenos Aires (2008) y una mención en el concurso de FEI “Los niños en su ambiente” (2012). Ha participado en la muestra Hotel de Inmigrantes en Santa Fe y en el propio Museo Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires en 2010. En 2012 presentó su muestra individual Cicatrices en el Centro de Lectura y Transmisión Ciudad de Buenos Aires.

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Ungern / Hungría

av Ola Nilsson

Traducido al español por Leonardo Rossiello

ungern

Taklampan med den gulröda skärmen av luddigt tyg sprider ett varmt sken över det lilla rummet.

På matbordets gråmelerade perstorp står en svart symaskin av märket Singer dekorerad med fina silverrankor.

Mamma pressar ned fotpedalen och hjälper igång maskinen genom att snurra på det lilla hjulet vid kortändan.

De grova sockarna sticks, men värmer skönt under fotsulorna där Odon står i dörren och ser på mamma.

Den krökta ryggen. Det framåtböjda huvudet. Den tjocka locken som dallrar över pannan. Fotens tryck mot pedalen. Armarnas snåla rörelser. Högerranden på hjulet. Vänsterhanden som styr tygstycket och som då och då, när maskinen stannat, viker upp en skedskaftsliknande liten spak så att nål och tråd lyfts upp från tyget.

Trygghet.

Han känner sig dåsig efter smörgåsarna och den varma chokladdrycken, men vill inte gå och lägga sig ännu.

Piratlappen över ena ögat är ett med köksfönstrets lacksvärta, med pilbågspilen som kommit från ingenstans och …

Barnen på gatan hade lekt rymmare och fasttagare.

Det var knappt att han funnits, där han stått bakom gardinen och drömt att han legat och kurat i rallarrosriset på grannens övervuxna jordhög.

Pilen som … Det drar åt i magen. Om det inte varit för den, hade också han …

Du får vänta till dess att doktorn sätter in ögonprotesen, säger mamma. Just det, instämmer pappa ibland barskt efter att ha stoppat och tänt pipan för att sedan fördjupa sig i PT, Piteå-tidningen. Odon tränger sig in mellan mors gröna pinnstol och den gråvita väggen. Ställer sig framför radioapparaten i hörnet.

Grappo kommer fram och sniffar. Han föser undan honom med foten. Men taxen ger sig inte. Då sparkar han honom i sidan så att han tjuter till. Mamma vänder sig om och ser frågande ned på hunden, sedan på honom. Han ler tillbaka.

Ur högtalaren strömmar sprakande rytmer, musik från Amerika.

Negermusik.

Negrernas kamp är vår, säger far.

Vilken kamp?

Våra toner. Förbjudna toner.

Han har inte kommit hem ännu. Dragspelskungen. Skall han komma? Vem vet. Vem bryr sig.

Det lyser svagt i apparatens rektangulära fönster. Med huvudet på sned studerar han de diagonalt tryckta orden och siffrorna över glaset. Svårstavade, magiska namn på fjärran städer och platser.

På var sin sida om radioapparaten sitter två svarta, refflade rattar.

Samtidigt som mor snurrar på symaskinens svänghjul, skruvar han på volymratten, leker med ljudstyrkan så att den glada, struttande musiken inte skall drunkna i det tågtuffande oljud som Singern ger ifrån sig.

Mamma tycks ingenting märka. Han undrar om hon vet att han står där snett bakom henne och hjälper henne att höra medan hon arbetar.

Plötsligt bryts sändningen. Mitt i ett trumpetsolo.

Den vita sytråden slits av med en liten smäll. Som när en tändsticka knäcks.

Mamma plockar fram en ny rulle från syskrinet, trycker fast den på tenen ovanpå symaskinen och träder tråden genom ett otal öglor och hakar, av vilka några sticker ut från dess sida likt små korkskruvar.

En mansröst talar. Rösten låter både bestämd och upphetsad. Fast mest bestämd, för den talar fint, som herrefolk enligt pappa. Ganska fort talar rösten. Ett meddelande. Någonting allvarligt har hänt.

Känslan av trygghet i mammas närhet är ändå stor där han står med handflatorna tryckta mot radioapparatens böjda överstycke och stirrar in i det matt upplysta fönstret. Från baksidan stiger en torr, stickande lukt av damm, syra och het metall. Med ett fast grepp om apparaten drar och trycker han sig fram och tillbaka över golvet med de sockbeklädda fötterna tätt ihop.

Skjuter ifrån och drar, medan radiorösten talar och talar, som kungen.

Det är krig i ett land som heter Ungern.

Senhösten är mörker och närhet och bortom det ännu ofullbordade, det som vill vara med och få en skärv av uppmärksamhet, lappar och fållar mamma oförtrutet sina byxor mot natten.

hungría

La lámpara del techo, con su pantalla de tela amarillenta y lanosa, ilumina con un cálido resplandor la pequeña habitación. Sobre la mesa de mica del comedor hay una máquina de coser marca Singer de color negro, decorada con finos arabescos plateados. Mamá presiona el pedal y ayuda la máquina a empezar haciendo girar la pequeña rueda del extremo corto.

Los calcetines gruesos pican, pero calientan maravillosamente las plantas cuando Oscar, de pie en la puerta, mira a mamá.

La espalda curvada. La cabeza inclinada hacia adelante. El rulo grueso que tiembla sobre la frente. La presión del pie sobre el pedal. Los breves movimientos de los brazos. La mano derecha en la rueda. La izquierda, que dirige la dirección de la tela y, en ocasiones, cuando se para la máquina, levanta una pequeña palanca que recuerda el mango de una cuchara, de modo que aguja e hilo se separan de la tela.

Seguridad.

Se siente somnoliento después de los bocadillos y del chocolate caliente, pero todavía no quiere irse a dormir. El parche de pirata en el ojo es uno con el negro de la ventana de la cocina; la flecha que había surgido de la nada y…

Los niños de la calle habían jugado a Ladrón y Policía.

Era increíble que él hubiera estado, ahí, detrás de la cortina, que hubiera soñado que estaba escondido, yaciente, acechante entre el alto pastizal y los arbustos del montículo de tierra del vecino.

La flecha que… Tirones en el estómago. Si no fuera por eso, también él habría…

Debes esperar hasta que el médico te ponga la prótesis ocular, dice mamá. Sí, eso, apoya papá con dureza, después de haber cargado y encendido la pipa, para luego sumergirse en la lectura del diario. A veces, en cambio, se paraba frente a la ventana y miraba para afuera, esperando la comida o cualquier otra cosa.

Oscar se mete entre la silla verde de la madre y la pared de color blanco grisáceo, frente al aparato de radio en el rincón.

Grapo se acerca y huele; Oscar lo echa con el pie. Pero el perro no se rinde y entonces él le da una patada en el costado que lo hace aullar. Mamá se da la vuelta y mira inquisitivamente al perro, y luego a él, que le sonríe.

Desde el altavoz se escurren ritmos chisporroteantes, música de América.

De negros.

La lucha de los negros es la nuestra, dice el padre.

¿Qué lucha?

Nuestras melodías. Las prohibidas.

Todavía no ha vuelto a casa, el rey del acordeón. ¿Vendrá? Quién sabe. A quién le importa.

La pequeña ventana rectangular del aparato está tenuemente iluminada. Con la cabeza inclinada hacia un lado, Oscar estudia las palabras y los números impresos en diagonal sobre el vidrio. Nombres mágicos, difíciles de deletrear; nombres de ciudades y lugares remotos. A cada lado de la radio hay dos ruedas negras estriadas.

Mientras la madre hace girar la rueda de la máquina de coser él hace girar la perilla del volumen y juega con el control del sonido de manera que la alegre música pueda seguir pavoneándose sin que la ahogue el ruido de locomotora de la Singer.

Mamá no parece darse cuenta de nada. Él se pregunta si sabe que él se encuentra justo detrás de ella y la ayuda a escuchar mientras trabaja.

De pronto se interrumpe la transmisión. Justo en medio de un solo de trompeta.

El hilo de coser blanco se rompe con una pequeña explosión. Como cuando se parte una cerilla.

Mamá toma un nuevo rollo del cofre de la costura, lo oprime en el sujetador de la máquina y enhebra el hilo a través de una serie de orificios y ganchos, de los cuales algunos sobresalen del costado, semejantes a pequeños sacacorchos.

Habla una voz de hombre que suena decidida y excitada al mismo tiempo. Aunque más decidida, porque habla muy bien, como un señor, según papá. Habla bastante rápido, la voz. Un mensaje. Algo grave ha sucedido.

La sensación de seguridad en la proximidad de mamá es todavía grande cuando está de pie con sus manos apretadas contra el dintel curvo de la radio, mirando la ventana mate iluminada. De la parte trasera del aparato se levanta un olor a polvo, ácido y metal caliente. Con un firme control lo jala hacia atrás y lo empuja adelante sobre el suelo, con los pies juntos, enfundados en los calcetines de lana.

Lo mueve para atrás y para adelante, mientras que la voz de la radio habla y habla, como el rey.

Hay guerra en un país llamado Hungría.

El final del otoño es oscuridad y cercanía, y más allá de lo aún inconcluso, de lo que quiere participar y lograr un poco de atención, mamá emparcha y cose incansablemente sus pantalones en la noche.

Ola F. Nilsson, född 1946 i norra Sverige. Som student vid Uppsala universitet under 70-talet, språk- och samhällsvetenskap, debuterade han med novellsamlingen Odjuret 1979. Därefter följde novellsamlingen Fara vilse 1983 och 1989 romanen Hundars vargar. 1997 publicerades romanerna Himmelshöjd och avgrundsdjup samt Torsdagsmördaren. 2002 landade novellsamlingen Jätten på bokhandelns diskar. 2007 var det dags för novellsamlingen Artur under kepsen och 2008 såg romanen Fader vår dagens ljus. Därutöver verkar Nilsson idag, efter en lång gärning som högstadielärare, även som översättare och mentor åt blivande författare.

Ola F. Nilsson nació en 1946 en el norte de Suecia. Siendo estudiante en la Universidad de Uppsala, donde estudió Lenguas y Ciencias Sociales, debutó en 1979 con la colección de cuentos Odjuret (El monstruo). En 1982 siguió otra colección de relatos, Fara vilse (Perderse) y en 1989 la novela Hundars vargar (Los lobos de los perros). En 1997 se publicaron sus novelas Himmelshöjd och avgrundsdjup (Alturas celestiales y abismos) y Torsdagsmördaren (El asesino de los jueves). En 2002 apareció en librerías su colección de cuentos Jätten (El gigante). En 2007 fue el turno de una nueva colección de cuentos, Artur under kepsen (Arturo bajo la gorra) y en 2008 vio la luz su por ahora última novela, Fader vår (Padre nuestro). Desde entonces y tras una larga carrera como profesor de liceo, Ola Nilsson trabaja como traductor y mentor de futuros escritores.

Leonardo Rossiello Ramírez (Montevideo, 1953) es profesor e investigador universitario en Suecia y autor de obras narrativas, teatrales y de poesía. Ha recibido premios nacionales de literatura en dos ocasiones y galardones internacionales, como el Premio Juan Rulfo de cuento otorgado por La Maison de l’Amérique latine de París y el de novela corta Álvaro Cepeda Samudio, en Colombia.

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Tributo de la sombra (IX)

por Gustavo Lespada (texto) y Pablo Schröder (fotografía)

El poeta Gustavo Lespada y el fotógrafo Pablo Schröder nos ofrecen un avance del proyecto en el que trabajan de modo paralelo, Tributo de la sombra. Los poemas de Lespada se acaban de publicar en un volumen coeditado por Paradiso (Argentina) y Rebeca Linke (Uruguay). | Ver otras entradas de Tributo de la sombra

la idea

o rebelión contra la ley, los techos, los cómodos
sillones frente al crepúsculo, idea o golpe alado
que barre con el yo y su circunstancia, idea
o la manera de acceder a lo eterno, idea
o el camino entre el paramecio y dios
o el abandono de toda garantía, idea
o la expulsión del paraíso,
o sea, la caída fuera
de la estructura, o
la pérdida, idea
o la intemperie
adonde nos arroja
sin compasión
la idea.

"La idea" por Pablo Schröder

Gustavo Lespada, doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA), es autor de Carencia y Literatura. El procedimiento narrativo de Felisberto Hernández (ensayo, 2013, en imprenta); Las palabras y lo inefable (ensayo, 2012); Naufragio, (poesía, 2005), Esa promiscua escritura, (ensayo, 2002), e Hilo de Ariadna, (poesía, 1999), además de antologías y numerosas publicaciones en revistas especializadas. Obtuvo el Premio Juan Rulfo 2003 y un premio de la Academia Nacional de Letras del Uruguay en 1997, entre otras distinciones.

Pablo Schröder es egresado en Fotografía Profesional por “La Nueva Escuela” de Buenos Aires (2007), ha estudiado Fotoperiodismo en la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (2008-2009) y Dirección de Fotografía en el S.I.C.A. (2010-2011). Ha recibido el 5º premio en el IX concurso “Gente de mi ciudad” del Banco Ciudad de Buenos Aires (2008) y una mención en el concurso de FEI “Los niños en su ambiente” (2012). Ha participado en la muestra Hotel de Inmigrantes en Santa Fe y en el propio Museo Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires en 2010. En 2012 presentó su muestra individual Cicatrices en el Centro de Lectura y Transmisión Ciudad de Buenos Aires.

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Días no Imperio I o La Universidad

una serie de Xavier Dapena

“who passed through universities with radiant cool eyes
hallucinating Arkansas and Blake-light tragedy
among the scholars of war

who were expelled from the academies for crazy & publis-
hing obscene odes on the windows of the skull”

Allen Ginsberg, Howl

“I could really write my own ticket if I went back to Boulder now, couldn’t I?”

Stanley Kubrick y Diane Johnson, The Shining

“La educación ha caído en las garras del neoliberalismo” es el primer exabrupto de Aurora.

Principios de mayo. Estertores del curso. Era el último día en el departamento. Debo devolver cincuenta o sesenta libros que llevo en mi carrito rojo (custodia compartida) y con un tedioso caminar me dirijo a McKenna Languages Building, un antiguo caserón de dos plantas, que fuera dormitorio de mujeres en su época y que ahora aloja a los Departamentos de Español y Portugués y Alemán y Ruso. Me dispongo a meterme en el ascensor, que nadie utiliza. No hay nadie en el edificio y realmente es una planta hasta el sótano. No puedo bajar las escaleras con el carrito. Entro y pulso el -1. Pulso de nuevo. No se mueve. Vuelvo a pulsar. Y arranca dubitativo. Y a los dos segundos de descenso, entre la planta principal y el sótano, el ascensor se rebela contra el destino y se detiene.

Parece un cuento o artículo de Javier Marías, sin mayordomo. En ese momento me pregunto por qué estoy aquí. Quién me mandaría a mí venir a parar al medio de la nada, en el centro del Imperio, en este engendro del capitalismo tardío. Pienso en los nueve meses que llevo sin ver a mi familia y sin emborracharme con mis amigos. No voy a morir, por lo menos hoy. Will. Will dijo que “el sueño americano se siente como una pesadilla”. Respiro profundamente. Maldito Boulder, maldito Colorado. Aurora. Aurora estudia Políticas. El tiempo parece detenerse, para contradecir a Borges o a Heráclito y darle la razón a Grossman, pues como un combatiente, pierdo la noción del tiempo. Pero tengo libros. Mmm. Saco uno. Es Howl.

Cuando Allen Ginsberg inauguró la Escuela Jack Kerouac de Poéticas Incorpóreas allá por el 1974, en el recién creado Naropa Institute (hoy Naropa University) en Boulder, apuntalaba de forma definitiva una idea de Boulder en el imaginario colectivo, en algún lugar de ese registro de lo psíquico de Lacan, en su versión norteamericana. Medio metro de nieve separa lo Real del Falo. Boulder es una isla, una excepción estadística. Ese mismo año, Stephen King viajaba por Colorado junto a su familia y no muy lejos de Boulder se inspiró para escribir The Shining. Es excepción. Una extraña ficción (“la lógica de la fantasía colectiva o grupal es siempre alegórica” dice Jameson) que conjuga la narrativa propia del sueño americano jalonado por algún Starbucks, y que, en este caso, incluye también mapaches, ardillas, osos y venados, y la propia universidad, que todo lo capitaliza, que es máquina registradora, y que tiende a ejercer un poder de atracción a nivel interno en los Estados Unidos sobre lo que denominaremos hippijismo, a falta de mejor término. También Barack Obama sucumbió a la imaginería creada de lugar progre, marihuanero y pacifista. Durante su última campaña presidencial, que seguí con cierta tensión, por esto de vivir allí (o aquí, según se mire), el presidente nos visitó un par de veces. Boulder representa cierto espíritu progresista en el centro mismo del Oeste estadounidense. Colorado (por cierto, la accidentada garganta del Gran Cañón está en Arizona) acaba de aprobar, coincidiendo con la elección decisiva del estado que se decantó por Obama, una ley por la que se permite el consumo, tenencia y comercialización de la marihuana. Boulder, una pequeña ciudad de unos cien mil habitantes al noroeste de Denver, aloja una de las dos universidades budistas de este país, Naropa, que ya visitó Allen. Y por otra parte la pública (este concepto es relativo) y estatal University of Colorado at Boulder (en adelante CU), que ya visitó Barack. Aquí imparto clase y estudio. Y en esta última, en la cafetería de la biblioteca, llamada Laughing Goat, tuve la conversación sobre el sistema educativo, que se repite en mi cabeza. Pienso en Will y en Aurora, estudiantes de CU. Will me recuerda la cita del Doctor King: “Muy a menudo tenemos socialismo para los ricos y salvaje capitalismo de libre mercado para los pobres”. Y vuelvo al tiempo.

Respiro. No puede ser, que el último día que oficialmente tengo que venir de todo el año me quede encerrado, pero así es. Hay un hermoso botón de emergencia. Lo pulso compulsivamente y suena una secuencia de tonos propia de un teléfono móvil. Al cabo de unos segundos, en el inglés más nítido que han escuchado mis tímpanos, un amable señor me interpela. Respondo: “Hola mire me he quedado encerrado en el ascensor en el Edificio McKenna”. “¿En qué planta?” me responde lacónico. “Entre la principal y el sótano”. “¿Se encuentra usted bien?” me inquiere la voz. “Sí”. “¿Hay alguien más con usted?” vuelve a preguntar. “No, sólo yo”. “¿Alguna embarazada?” El tiempo se vuelve a detener. Palpo mi incipiente barriga hereditaria. “No, que yo sepa” respondo. “Pues no se preocupe ya mando a alguien a ayudarle. Si tiene cualquier problema, vuelva a llamar. No se preocupe”. “Muchas gracias”. No tengo claustrofobia, sé que no hay más de un par de metros desde donde está el ascensor hasta el suelo, así que en el peor de los casos, una buena hostia y poco más… Y hay wifi. Así que lo comento en Facebook. Mis amigos ya saben que suelo exagerar los acontecimientos. Es decir no me creen. Yo lo considero un don, ellos, bueno, digamos parte de mi encanto. Escucho a Piglia o a mi amigo Van der Linde que susurra “sé diáfano” y “cede al otro la voz”.

Mis dos estudiantes. Laughing Goat. Aurora llega. Es de Loveland y un mechón negro se agiganta entre el resto de su cabello de un refulgente rubio. La experiencia de la posibilidad del sistema educativo estadounidense. Will se trastabilla. Se referirá de forma insistente a “los Estados Unidos” en perfecto español y entrecomillado con la frustración propia de la adolescencia perdida y los sueños. Estudia Biología, porque pretende ser médico. Durante los veranos se dedica a conducir una ambulancia para un servicio de urgencias en New Hampshire. Nos relata, y me mareo, algún episodio sanguinolento. Su mirada de niño travieso esconde un pasado musical como batería de un grupo de cierto éxito. Su padre, un republicano recalcitrante y acaudalado, se niega a asistirle porque cree que los títulos son innecesarios. “En «los Estados Unidos» aquel que no obtenga un título universitario experimentará serias dificultades para cubrir sus necesidades básicas […] y tendrá un acceso restringido a la asistencia médica” me dice Will. Pero el problema deviene a la hora de afrontar por uno mismo los costes de la educación. Los bancos conceden “generosos” créditos a los estudiantes. El cincuenta por ciento del alumnado está endeudado y trabajan en uno o dos empleos, en el tiempo que le permite la universidad. El otro cincuenta o son deportistas (con lo cual la Universidad asume los gastos de su educación) o son militares (con lo cual el Ejército asume los gastos de su educación, a cambio de 4 o 5 años de servicio) o tienen los suficientes recursos para afrontar un promedio de 70.000 dólares al año (incluyendo el alojamiento, la comida y el transporte). Multiplicado por los años que le llevará acabar la carrera a Will, por ejemplo, os podéis imaginar el tamaño de su crédito, antes incluso de iniciar sus estudios graduados y sin saber a ciencia cierta si podrá asumir su deuda. Aurora salta “el sistema educativo en Estados Unidos está regido por el paradigma neoliberal”. Es de Políticas y ama a Jameson, si es posible, sobre todas las cosas. Escucho ruidos y voces en inglés en el ascensor. Vuelvo. “Hola”, grito.

Una vez que dejemos de conceptualizarnos –sentencia Aurora– como homo economicus y resistir la marea de la racionalidad del mercado (que ha ido más allá de su ámbito propio y ha alcanzado a la educación), podríamos imaginar una universidad donde se anima a los estudiantes a ser curiosos, pensar críticamente y a aprender. El problema de esto es que la única esperanza de un cambio cultural provendría de las propias universidades. Por lo tanto, creo que estamos en el frente de algo drástico e importante.

Se abren las puertas. Cuatro bomberos, dos policías, dos de mantenimiento, una ambulancia. Y dos compañeros de departamento, que me miran atónitos y me preguntan “¿por qué utilizaste el ascensor? ¿quién utiliza el ascensor en McKenna?”. Yo sonrío por la exagerada repercusión del encierro y les digo “Hola”.

Después de un año escaso de la conversación sobre el sistema educativo, Aurora L. Randolph ha finalizado su maestría con la tesis titulada The Perpetuation of Neoliberalism through the Cycle of Individualization y trabaja para la oficina del Gobernador de Colorado. William Dube ha tenido que dejar sus estudios, trabaja en una tienda de instrumentos musicales Ralph’s House of Tone y en los servicios de emergencia del hospital Wentworth-Douglass en New Hampshire. Ella lloró nuestro último día de clase y él me ha prometido que volverá.

Xavier Dapena anda perdido en un departamento de Español en el Oeste americano, aunque acostumbra a rezarle a Borges y a Virginia Woolf todas las noches. Procura restringir sus escarceos sexuales a eso que algunos llaman literatura y todos los géneros subyacentes: la televisión, el cine, los cómics, la historia, la filosofía… No tiene teléfono, y suele responder tarde, con una sonrisa y silbando en este “campo de batalla constante”. Días no Imperio es el título de un poemario del poeta, periodista y, en ocasiones, músico Dani Salgado.

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en el metro

por Diego Mariño Sánchez

Liberado de todo eso (ya sabes), abierto a la fuerza por una
ventana en mi frente, sin nada a lo que agarrarme, cogido por
sorpresa por un viento borracho, sacado como una fotografía,
me siento tres minutos contados al borde de los raíles.

Monedas. Resaca marina. Tacones. Murmullos acentuados.
Pitidos.

La banda sonora es la de otras veces, pero faltan las imágenes.
Se han perdido como astronautas. Como astronautas. Las
estaciones despiden a oscuras a los viajeros, que pasan
perforando el negro con sus entrecejos erectos. Nuevos
túneles se hacen presentes, y nos deslizamos como deseos
por sus curvas. Las fotos, a penas iluminadas, forman paredes
que, según ciertos teóricos, podríamos atravesar. Al mirarlas
se revelan otras tras ellas, nuevas, seductoras como flashes
que nos ciegan y nos abren los ojos.

En el último piso, al fondo de todo, se apiña un abigarrado
ganado que pisotea la mirada, despedazándola en perfiles
de mejilla ardiente, venas de muñeca hinchada, uña reluciente
o sucia, pelo, pelo, piel, granos, grasa. Y la banda sonora que
vuelve…

el crujido irregular y escalonado de las hojas de periódico, el
bramar del metro –animal suelto en la oscuridad salvaje–, el
murmullo gangoso de las conversaciones, la percusión de los
baches.

Ya no tengo instrumentos para confirmar dónde me
encuentro o para recordar. El calor del interior, apenas
turbado por una brisa estacional y cronometrada, sumerge
los vagones del día en una olla soporífera. Brotes de memoria
emergen como burbujas turgentes, que estallan al momento y
apenas dejan una alusión indirecta a colonia barata en el
ambiente.

Todas tus emociones juntas no valen más que este instante
único (la brisa). Tu colección de banderas imperiales
cubiertas artificialmente de polvo tampoco. No lo pienses
más, todo esto se acabará pronto (ya sabes).

Diego Mariño Sánchez (Melide, 1979), doctor en Historia por la Universidad de Santiago (2007) con la tesis Historiografía de Dioniso, publicada por la USC. En proceso de publicación de la obra Injertando a Dioniso (edit. Akal). Co-autor de la película Diegos Gedichte (Os poemas de Diego), presentada en el CGAI en Octubre del 2007. Autor de los poemarios inéditos: pausas, depresión y poemas de los 30 años. Actualmente profesor de Historia en el Colegio Obradoiro (A Coruña) y guía oficial de turismo de Galicia.

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El hombre inopinante

por Joaquín Lameiro Tenreiro

A los cincuenta y dos años se percató de lo inoportuno de la opinión. Para empezar, tener una opinión fomenta el entrar en controversia con otras opiniones, ya sea de forma expresa o implícita y, continuamente, tener que actualizar y reformular uno la propia opinión, también expresa o implícitamente. Además, es común consideración el que una opinión, para serlo, debe ser expresada. Esto implica aún mayores contrariedades, pues no solo debemos escuchar las opiniones de los demás sino que –por si esto no fuera ya suficientemente engorroso– se espera de nosotros que aportemos la nuestra, y lo que es más, que la sostengamos. Así que, a los cincuenta y dos años, cansado de malentendidos, discusiones, rencillas y reyertas, decidió erradicar de sí mismo y para siempre el vicio de opinar.
Sus primeras medidas fueron, hemos de reconocerlo, inocentes; poco radicales y por tanto nada efectivas. En un principio, partiendo de la infantil creencia de que la opinión se fomenta por medio de determinados hábitos, dejó de leer. Ni novelas, ni poesías, ni ensayos, ni, por supuesto, periódicos. También abandonó los cines, los teatros y los estadios de fútbol –estos últimos, donde las opiniones están tan a flor de piel, llegaron a resultarle tan sumamente intolerables, que incluso evitaba sus cercanías, y no salía de casa los días de partido–. Con la televisión hubo más observancias. Durante un tiempo consideró una buena cura de embrutecimiento los late-night, y fue asiduo de algunos de ellos. Pero pronto se dio cuenta de que, lejos de lo que la autoridad moral pretendía hacer creer, aquellos programas eran un auténtico hervidero de opinión… eran la olla exprés de lo opinable. Así que finalmente se decantó por no ver la televisión tampoco y, si no la tiró al contenedor de la esquina de su calle, fue por deferencia a su esposa.
Sin embargo, estos intentos de apartarse de las fuentes de opinión institucionales pronto se revelaron a todas luces insuficientes, pues seguía forjándose opiniones constantemente: por la calle, cuando una madre regañaba a su hijo, cuando una pareja de adolescentes discutían o incluso cuando un joven ejecutivo sobradamente preparado vociferaba por el móvil más de lo que su corbata se lo permitía, no podía evitar posicionarse.
Así las cosas, se resolvió por no salir de casa y, a ser posible, de su cuarto, a no ser que fuera estrictamente necesario. Volvía tarde del instituto para poder comer a deshora y solo, y el tiempo que necesitaba perder con este fin lo empleaba con el sector más conservador del profesorado, con el que nunca antes se había llevado, pero que resultó ser de gran ayuda en su propósito, pues no parecían sus integrantes interesados en inculcarle sus opiniones, ni mucho menos en recibir alguna de él, al tiempo que se mostraban satisfechos de que a su nuevo compañero se le hubiera dado por ejercer inexorablemente el voto en blanco en todo tipo de asambleas y reuniones, ejercicio que, por lo demás, era a un tiempo democrático y reivindicativo. Él, por supuesto, no se metía a opinar sobre aquello.
Llegó un momento en el que consiguió evitar incluso el mínimo indicio de opinión en las aulas. Se limitaba a repetir, clase tras clase, lo que otros antes que él habían dicho, sin opinar siquiera sobre el criterio de autoridad, pues, como no era jefe de seminario, los textos y temarios le venían impuestos y descubrió que esto, que tiempo atrás le pareciera fastidioso, se volvía ahora en un gran provecho para su proyecto. Más difícil le resultó conseguir que los propios alumnos, jóvenes e inexpertos en eso de la opinión, lo dejasen de importunar con continuas opiniones o, lo que era más grave, solicitándole la suya propia. Pero a base de repetir una y otra vez las mismas respuestas, extraídas del libro de respuestas para el profesor, hasta los alumnos más tediosamente curiosos se dieron por vencidos, y él se salió con la suya.
Fue entonces feliz, pues ya no solo no opinaba como ejercicio, sino que, fruto de este ejercicio reiterado de forma ascética durante varios años consiguió anular casi por completo –o por completo– el instinto mismo de opinar.
Pero, como suele suceder, cuando uno se las promete más felices, empiezan a llover los problemas. Todo comenzó un día en que su esposa, pensando erradamente que su marido ya no la quería, probablemente por el mero hecho de haberle él retirado la palabra durante los últimos dos años, hasta el punto que había dejado de roncar por evitar cualquier matiz de opinión que pudiera escapársele en un estado tan traicionero para esas cosas como lo es el sueño, decidió pedir el divorcio. Su marido, obviamente, no tuvo nada que opinar al respecto, si bien para sus adentros se incomodó un tanto, porque era evidente que durante la vista, por activa o por pasiva, algo tendría que opinar. Pero resolvió el inconveniente con la gracia que otorga la experiencia y, en menos de dos meses, vivía en una pensión austera, con la ventaja añadida de que comía de rancho, y no tenía así que elegir primer plato, segundo plato y postre cada día, en uno de esos pequeños resquicios de la opinión que hasta entonces le habían quedado sin tapar, y que, por temporadas, lo había torturado enormemente.
No contentos con el problema del divorcio, sus antiguos amigos –los de izquierdas– comenzaron a creer, llevados por el hábito malsano de opinar, que su compañero había caído en una depresión. Evidentemente no podían estar más lejos de la realidad, pero él, como profanos que eran, no los culpó (evitando así formarse cualquier viso de opinión) y no puso trabas en pedir un mes de baja, que pasó a ser un año, para finalmente convertirse en una jubilación anticipada.
Si hubiera tenido opinión nuestro hombre, se habría dado cuenta de que, en el fondo, la idea de sus amigos había resultado bien, pues ahora, solo y sin nada que hacer, podía por fin dedicarse en cuerpo y alma a lo que se convirtió en su única labor: evitar la opinión.
A fuerza de perseverar en su investigación sobre las formas últimas de opinión, comenzó a obsesionarse con el hecho indudable de que toda elección es reflejo de una opinión y que, por mucho que lo intentase, no podía dejar de elegir a todas horas: qué guisante dejar para el final, qué ropa ponerse –o, el más difícil todavía, que ropa no ponerse–, qué parte del cuerpo lavarse primero, con qué pie levantarse… Poco a poco toda esta avalancha de decisiones ineludibles acabó por desbordarlo.

Cuando la encargada de la pensión se lo encontró desnudo, esquelético, con la mirada perdida, encogido en una esquina del cuarto, decidió llamar a la familia.

A la semana el papeleo estaba resuelto y él era el honorable usufructuario de una plaza en el mejor asilo de la ciudad, donde lo lavaban, lo vestían, le daban de comer y, sobre todo, jamás, jamás, le preguntaron u ofrecieron opinión alguna.

Pasó así unos años, bastantes, en los que su vida se limitó a la contemplación de los árboles del patio, sin atreverse nunca a pensar si ellos tendrían menos opinión que él, por miedo a ponerse a opinar allí mismo. Murió a los noventa y nueve años de edad, en una silla de ruedas, siendo el hombre más feliz y más inopinante de la historia conocida.

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.

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Tributo de la sombra (VIII)

por Gustavo Lespada (texto) y Pablo Schröder (fotografía)

El poeta Gustavo Lespada y el fotógrafo Pablo Schröder nos ofrecen un avance del proyecto en el que trabajan de modo paralelo, Tributo de la sombra. Los poemas de Lespada se acaban de publicar en un volumen coeditado por Paradiso (Argentina) y Rebeca Linke (Uruguay). | Ver otras entradas de Tributo de la sombra

el equilibrista

Seré el equilibrista del trayecto que media entre tus ojos. Pendiente de tu copa, por no espantar las torcazas dormidas en tu pecho, esperaré a que bebas para servirte el vino, nuevamente. Te hablaré como si pulsara una cuerda de violín, escogiendo las palabras por su volumen y color, cual si eligiera frutas frescas en el mercado. Acecharé los húmedos ladrones de mi aliento moviéndose con sigilo detrás de la frontera de tu boca. No querré ni pensar en las tibias torcazas aunque no deje de sentirlas respirar ni un instante, y miraré hacia otro lado cuando un cruce de piernas relampaguee en el horizonte de tu falda. Tal vez hasta te ofrezca una frase ingeniosa como si fuera un tierno bocadillo y, si cometo una torpeza, será un error que se disculpará por sí solo. Haré que el tiempo se bifurque en sentidos paralelos: el literal, que miente, disfraza la verdad del figurado. Puliré cada instante con paciencia de orfebre y te enseñaré una luna de leche sobre el río, casi tan redonda como las torcazas que simulan dormir al alcance de la mano. Y acorde tras acorde y cesura a cesura y dedo sobre dedo, cuando hayamos quedado definitivamente solos en el mundo y cada hoja tenga su rocío y la sed moje tus labios, entonces, sólo entonces, he de llevarte hasta tu ser más hondo. Y firme en el timón, aún allí, cuidaré de tu ritmo prenda a prenda.

"El equilibrista" por Pablo Schröder

Gustavo Lespada, doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA), es autor de Carencia y Literatura. El procedimiento narrativo de Felisberto Hernández (ensayo, 2013, en imprenta); Las palabras y lo inefable (ensayo, 2012); Naufragio, (poesía, 2005), Esa promiscua escritura, (ensayo, 2002), e Hilo de Ariadna, (poesía, 1999), además de antologías y numerosas publicaciones en revistas especializadas. Obtuvo el Premio Juan Rulfo 2003 y un premio de la Academia Nacional de Letras del Uruguay en 1997, entre otras distinciones.

Pablo Schröder es egresado en Fotografía Profesional por “La Nueva Escuela” de Buenos Aires (2007), ha estudiado Fotoperiodismo en la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (2008-2009) y Dirección de Fotografía en el S.I.C.A. (2010-2011). Ha recibido el 5º premio en el IX concurso “Gente de mi ciudad” del Banco Ciudad de Buenos Aires (2008) y una mención en el concurso de FEI “Los niños en su ambiente” (2012). Ha participado en la muestra Hotel de Inmigrantes en Santa Fe y en el propio Museo Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires en 2010. En 2012 presentó su muestra individual Cicatrices en el Centro de Lectura y Transmisión Ciudad de Buenos Aires.

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las canciones que nos desconciertan

por Diego Mariño Sánchez

a Fernando Vales

¿Por dónde se va al centro? Dudas tirantes
agarran por las extremidades al X. Mi
conciencia se dilata y de pronto es pequeña
como un piojo ¿Qué sentido tiene todo esto?
Te pido por dios que me des un beso. La soledad
me ha convertido en un desierto. Vacío, sin
contenido, asciendo como el calor –vibrante– para
volver –húmedo– a precipitarme sobre la arena
ardiente. Tumba y cielo. Cielo y tumba. Tumbas
de mis XX . Tumbas bautismales para mis
glóbulos oculares tejidos en púrpura y oro. Tumbas
ovaladas para mis pensamientos. Ruinas
y edificios de nueva planta. Mi cuerpo plagado de
bancos!? Plantaciones eléctricas!? Sigo preguntando
por el centro, pero no hay ningún nativo por aquí,
a causa de la X. Sigo sin entenderlo, me siento
como un X al que generaciones de
pájaros devoran lentamente, un cachito cada nueva
primavera (¡amapolas! ¡las praderas!). Debí
eludir la cuestión tirando hacia algún barrio en la
periferia, en la zona 4 (o incluso en la 5). Pero es que me
duele en serio (¿¡cuánto falta!?). Las calles se han
convertido en cacas alargadas, tengo los ojos pringados
y tú también. Y los dos brazos, marcados como un yonqui.
Pásame la chisma esa. Jolifántame. Aforúncame.
Reconténteme. Larúlame. Atruípame. Terjúndiame.
Pintrúlcame. Cagadas como dédalos entre tus piernas,
rubia. Dame mi dosis de X por hoy. Súbete.
Atravesemos juntos los barrios de la perdición, armados
tan sólo de imaginación y del número de un tal
“Rambo” (today available). Sigamos moviéndonos
hacia las extremidades del X. Bajando
los 196 escalones en espiral. Dejando que los andenes
se nos abran como heridas de mortero en nuestras paredes
color carne. Mortero de la última guerra mundial (la septuagésimonovena) esculpiendo el paisaje de nuestras emociones ¿¡Qué va a ser de X!?
¿¡Qué va a ser de X!?

Diego Mariño Sánchez (Melide, 1979), doctor en Historia por la Universidad de Santiago (2007) con la tesis Historiografía de Dioniso, publicada por la USC. En proceso de publicación de la obra Injertando a Dioniso (edit. Akal). Co-autor de la película Diegos Gedichte (Os poemas de Diego), presentada en el CGAI en Octubre del 2007. Autor de los poemarios inéditos: pausas, depresión y poemas de los 30 años. Actualmente profesor de Historia en el Colegio Obradoiro (A Coruña) y guía oficial de turismo de Galicia.

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