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CONVERSACIÓN

por Ada Agrasar

 

Un pato entra en un restaurante, eh, y ahí se encuentra con un ornitorrinco, que es el camarero, eh… eh y le dice, ehe eh… ¿qué va a ser , señor? qué… pues un ojo de buey… pero… está agotado… ya sabía usted, ya sabía usted que mi hijo no era Pachín que era Pirulo. Pues hombre, hágale tomar el biberón. Y pero, pero, pero… dice el pato ¿qué tiene para tomar? Oreja de caballo. Pero ese caballo ¿está recién llegado de la carnicería? Y el ornitorrinco dice: No, está a régimen de productos lácteos. Y hombre, hombre ¿cómo se llama? Pachín, hombre, que ha salido hace un momento. Pues verá señor, ¿cómo se mató el caballo? No me da la gana de responder, no me da la gana, no me da la gana (cantando). Vamos… diga… diga o se lo haré decir a la fuerza.
El caballo se mató de risa mientras se pintaba las pezuñas del color de la brisa.
¿Qué brisa, qué brisa? La que le agita la camisa, hombre. ¿Es que el caballo tenía camisa, hombre? Sí,sí, y conducía  una moto, era un caballo de polo, hombre, de polo, polo y lauren, hombre laurenpolo. ¿Ralph? Eso. Y está a régimen de productos lácteos, hombre. ¡Está a régimen? Eso, a régimen, pero se acaba de tomar un… ¿qué? eso, un queeeso (y un yoguuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu-
uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuur). Abur.

 

Ada Agrasar Valcárcel tiene 8 años. Su color favorito es el azul. Le emocionan los animales y se imagina viviendo en una granja, sembrando y cuidando a los caballos. El año pasado viajó con un ratón llamado Relé y una patita asustadiza por el mundo del arte: pudo mirar al interior de algunos miró, y conversar con unos delgadísimos giacometti. Todo sucedió una noche en Venecia. Ahora sabe que surrealismo no es una palabrota.

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JANO


Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico.

 

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A LAS DOS COMIENDO LENTEJAS

por Niebla Lolita Calcetín

 

Querríamos ser sinceras, pero no,
prohibida la mímesis.

Querríamos quedarnos en la intimidad,
intimismo,
en ti mismo,
pero así, ¿cómo íbamos a insultarte?
Podríamos pero sonaría a venganza, no a lucha

Si hablamos de úteros, es poesía femenina,
si hablamos de pollas, es poesía erótica.

Querría hablar por la totalidad,
pero vivo en un piso con cuatro habitaciones
y no sé el nombre de la nueva vecina.

-o-

Las raíces nunca están fuera,
los árboles, tampoco.

 

-o-

Picar ajo y meterlo en la cazuela como forma de conexión con todo lo anterior y lo simultáneo,
y que quemen los putos libros de Derrida.

 

-o-

Cada vez que nos paramos a leer sobre la existencia
alguien está haciendo unas lentejas.
Vosotros sabréis,
yo saboreo.

 

-o-

enfermaste de analizar la vida no vivida y acabaste buscando como llenar los vacíos con líneas fuiste hasta Latinoamérica para que te dijeran cuál era el objetivo de tu lucha te hiciste comunista por lo menos te hiciste comunista si no fuese que cambias de idea con cada ensayo nuevo y coño deberías ver que la raíces están dentro te plantaría una puta lenteja en el cerebro eso sí sería una acto de creación y no esa invasión continua de sabiduría triturada que te da tema para el fin de semana empiezas hablando de Walter Benjamin y acabas comiéndome la oreja a las siete en el maycar ¿y yo? yo soy mucho peor que todo eso porque me das envidia por lo menos tú sabes que eres comunista a mí la postmodernidad me lavó el cerebro

 
 

Niebla Lolita Calcetín nació el 14 de octubre de 1983 en Lugo, en el mes del San Froilán y el pulpo. Actualmente reside en Santiago de Compostela. Recuerda haberse licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña. A día de hoy, colabora con el proyecto de gestión sociocultural Tinta de Lura y, a veces, cursa un Máster en Estudios Comparados de Literatura y Cultura Europea. Ha recitado, escrito, pintado, hecho joyas recicladas y collage, siempre como camino a ninguna parte.

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ASSANGE

por Kike Benlloch

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POEMAS

por Joaquín Lameiro

 

lo que queda de los salmos

Lo que queda de los salmos
es disposición derogatoria única
de la partición salomónica,
del caudillaje lírico,
de la profecía y la guadaña
y el tirano y la virgen,
ojo y diente e inmunidad
de confesores y confesos.

Lo que queda de los salmos
es, ante todo,
fundación de una nueva casa
con su fuego, su cosecha, su animal
y un germen en la palma de la mano
como un contrato con los nuevos cielos,
como vida más allá de esta eternidad
promiscua y engañosa.

 

gimme christ or gimme hiroshima

El dolor es
un llanto que no podemos deshacer,
una esperanza que no vamos a encontrar.

El dolor es una herida
repentina y continuada,
una luz indeseable
delante de nosotros
o detrás.

Es odio del placer;
envidia de la calma.

Eso y nada más
es el dolor.

Y cada palabra dicha
contra él
es un hurto al tiempo
y a la vida.

 

el remolcador virgen auxiliadora responde a la llamada de socorro del carguero nuestra señora de la soledad

The Devil won’t let me speak…
Leonard Cohen, S.O.S

—Habla, pues,
también tú invisiblemente;
con mano hábil
domina la sombra
y doblega el gambito.

Conserva las dieciséis piezas,
despliégate como revelación
o epidemia o mapa
del amor.

Haz transparente su invisibilidad
si es que es opaca.

Muestra cartas, velamen y colores
que los obliguen a salir
de grutas y madrigueras.

Si no con humo,
ya que no eres cazador;
con canto, voz y lengua
sé Orfeo y no mires atrás.

Igualmente sabrás
cómo van cayendo.

O, si así lo prefieres,
guarda silencio.

Sé callado y rotundo como una piedra.
Innegable y evidente.

Habla o calla, o haz como
mejor te parezca.
Pero estate y no te muevas:
los quince restantes
comienzan a declinar.

 

starvin’ in the belly of a whale

La escena es barriga
que no vientre
para el hombre que vino del frío.
Manos y rostro y sexo
de alguien que fue
y conoció laberinto y misterio.

Pero ahora
… en relación a la situación
política actual…
la polis se abre
para que todos vean.

Tramoya, soga y secuestro
de la dignidad del que
sabe, hace, juega.

Y, a cambio,
la gran habitación roja,
la barriga de butaca e hinchazón.

Devuélveme al vientre,
hombre del frío.
Manos de nieve y
verdad en tu piel.

La casa del misterio
sigue frente a ti.

Doblega telón y sombra.
Abre la ciudad.
Por ti solo esperamos;
recuerda las llaves del reino.

 

madriguera

Tu ejercicio no conoce de raíces.
Solo hojas en tu comercio.
Trato fractal con el marchante
que nunca ganará el acceso a
los almacenes de tu práctica.

Allí, subsuelo y rizoma,
la mercancía se pierde
y se confunde con la aspereza
de una tierra que no acepta
otra acumulación que la de su
ceniza o su humus.

Todo se multiplica en tus dominios,
hombre de la isla.
Todas las islas son tu isla
como tú eres tierra y galería.

Cuando ya la galería haya
horadado toda tierra,
¿cómo podrá desaparecer tanto trabajo
si no es vuelto en tierra y ceniza y humus?

Hombre de la isla,
tu obra no es de este mundo.

Construye tu mundo,
sé fiel y no claudiques.

Marchantes, mercaderes, abogados
y el diablo mismo acechan
de este lado, de donde
tú vienes, adonde ya no
perteneces.

 
 

Joaquín Lameiro Tenreiro nació en A Coruña en 1982. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña, en donde actualmente realiza su tesis doctoral y otros trabajos de investigación sobre las Vanguardias Históricas y la literatura hispanoamericana. Ha publicado poesía y relato breve en varias revistas y fanzines, en gallego y en español.


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JANO

Alejandro Viñuela Agra, “Jano” es Licenciado en Bellas Artes por la facultad de Pontevedra y ha ganado premios como el Injuve en el 2002, el Certame Ourense en el 2003 o el Golden Globos 2011. Trabaja como historietista, ilustrador y diseñador gráfico.

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LA PELÍCULA

por Manuel Gil

 

Se me ha ocurrido una peli. De las buenas, con efectos especiales y puede que alguna pistola láser. Así que mientras espero a que se me hagan las palomitas les cuento el argumento: Aparece un león ¡grrrowlfff grrrowlff! Nos sugiere. Los productores dan satisfacción a su ego encabezando los títulos de crédito, nos dicen de modo escrito que nos presentan la película y de modo implícito que el dinero sigue valiendo más que el ingenio (y así es, sin dinero no hay película pero el ingenio ya es optativo, reza el epitafio de la especie humana). Los créditos prosiguen indicándonos que la música corre a cargo de John Williams, no he reparado en gastos. Empieza a sonar… Se muestra bonita y simple, un par de notas bien ensalzadas al piano, un do que sube, se suman poco a poco nuevos instrumentos y cada compás transmuta a un latido cada vez más intenso, se torna atormentada, la obertura de un pasaje épico que coincide con la bravura del estallido de las palomitas en el microondas. Prom prom prom. Unos campesinos abren la imagen. Están comerciando al trueque en la calle de una aldea al lado del mar. Unas gallinas corretean al fondo mientras un niño les tira piedras. La gente viste ropas que se ven viejas, pero se distinguen de las de sus camaradas medievales en ciertos logos que, aunque gastados, todavía se distinguen: Nike, Levi´s… Las casas han sido rústicamente construidas, con bloques de hormigón y ventanas de aluminio viejas , alguna parece un chalet de los actuales rehabilitado en modalidad Virgen del puño… De repente un sonido estridente hace que todos los aldeanos giren sus cabezas, manos en orejas, hacia la enorme cúpula ocre que corta el paisaje en dos, con el océano al fondo de ambos. Dividiendo la pantalla en dos mundos tan distintos como si de dos planos existenciales se tratase. ¿Ya están intrigados eh? Soy un monstruo fílmico, o como se diga. Les contaré que la élite de la civilización vive en cúpulas así, dos evoluciones totalmente distintas. El sonido indica que el enorme engendro de cristal se dispone a vaciar residuos en el mar. Lo hace una vez al día; pasa que este día en concreto, varios hombres y mujeres se cuelan por las compuertas de desagüe y acceden al interior, sorprendentemente, con menos problemas de los esperados. Al plantarse en la calle cara los gigantescos edificios se miran helados los unos a los otros, petrificados, sorprendidos por el estallido de la música que desata una batuta fuera de si, y el vacío, sin muestra de la menor vida, del interior del corazón evolutivo. Tatatachánnn!! Y se desarrollaría la brillante trama a partir de ahí, pero oigan, esto tiene copyright, ni piensen en plagiarme la idea.

¿Les cuento cómo se me ocurrió? Seguro que me imaginan divagando sobre una silla inclinada hacia atrás, sobre sus patas traseras, oteando la nada desde unos ojos bohemios perdidos en la pared, desglosando cada capa de materialidad en pro de la verdad oculta y acordada del propio ser, siempre acordada, en el momento que un hada se aparece deslizándose entre las cortinas de la ventana y deja caer sobre mi unos polvos brillantes que emanan de los meneos de su varita, para que yo irrumpa al grito de ¡EUREKA!… Lo siento, espero que no hayan apostado un duro a ello. La verdad es que no pretendía en ningún momento escribir un guión de cine, solo estaba moviendo de sitio unos viejos apuntes de economía antes de ir a la cama, pensando un poco en el telediario de la noche, estaba, simplemente, haciendo conjeturas económicas en pijama. Siento el poco glamour, para los Goya vestiré mejor. No creo que este futuro se llegue a producir, lo interesante es saber cuánto de descabellado alberga su concepción. Así que sacad del armario vuestras camisas de fuerza preferidas, viajar la locura merece todos los honores:

En la actual sociedad y a cada día que pasa cobra mayor importancia un nuevo bien. Hablo del tiempo, como elemento negociable y de valor. Su importancia crece de una manera exponencial, de tal forma que su tasación económica es posible. La libertad de disponer y utilizar el tiempo es un concepto muy a tener en cuenta, más en una sociedad industrial. Para entendernos, los trabajos que no aportan un motivo de autorrealización personal, que son un gran número, se realizan de la manera más mecánica posible por parte del trabajador, la frase social de trabajar para vivir. Lo importante es la paga, con la que comprar el tiempo y el disfrute dentro de este último, y el tiempo ganado de las horas obligatorias de cada trabajo. Ser un poco más libre. Pero en un mercado laboral mecanizado, el mejor obrero es el de las venas de cables y aceite en las vísceras, el robot, el dispositivo mecánico. La propia terminología le saca a uno de dudas. Son más baratos en términos marginales que los de carne, y en los demás también. No dan problemas, no piensan, no enferman, no se sindicalizan, no molestan y son rápidos, precisos y limpios. Gran parte de la sociedad no protesta ni se atemoriza en exceso pues en nuestra percepción de lo que queremos no se encuentra ser contratados para ninguno de esos trabajos. Queremos los de mayor autorrealización y libertad y los menos automatizados, y en caso de no quedar otra, los menos duros a efectos de esfuerzo y tiempo. ¿Cuántos chavales quieren trabajar en una cadena de montaje? Entendemos que es la evolución lógica del mercado laboral y yo pienso sinceramente que así es. El problema es que 7000 millones de seres autorrealizados no cogen. No hay más que mirar los porcentajes de puestos de trabajo demandados y que se realizan a día de hoy. Si quitas los puramente procedimentales, ¿cuanto trabajo destruyes? Pero la cuestión no es discutir sobre esto, porque no alberga discusión a priori, la cuestión es mirar para adelante y buscar reajustes para el futuro que seguro que viene. Desafiar la miopía.

Hasta aquí más o menos claro. Ahora, en este contexto de crisis económica se han destruido una gran cantidad de puestos de trabajo. Muchas políticas de muchos gobiernos acentuarán la posibilidad de que esto vaya en aumento. La recuperación económica es posible, pero muchas empresas intentarán maximizar la utilidad del menor número de empleados posibles, usando y desarrollando maquinaria (o chinos) para cubrir sus necesidades. Muy probablemente nunca vuelva el nivel de trabajo de antes de la crisis y si lo hace es para ir marchándose lentamente, como cuando corres por el andén despidiéndote del que nunca va a volver. Pero es lo mejor, para los dos, lo aceptas.

El ser humano solo puede competir contra una máquina en creatividad y no hace falta que les recuerde el epitafio. Y esto es lo que va a pasar en las próximas décadas. Así que existen 2 posibilidades primarias, o bien que se reasigne a toda la masa laboral a empleos que no puedan ser desarrollados por máquinas, de los buenos, para entendernos, o bien que no se haga. Sinceramente, elija la que vea más factible, la más realista en esta concepción global, mientras me voy poniendo el gorrito de vidente… ¿Ya? Veamos. Como usted ha elegido la segunda vamos a caminar un poco por ahí. En un tiempo tendremos a miles de personas sin trabajo ni expectativas de tenerlo. Porque no lo hay ni lo habrá. ¿Qué hará esa gente? Unos delinquirán, robarán supermercados, tiendas, harán sus pinitos en política. Todos los otros (la mayoría) se buscarán la vida de la manera que puedan. Intentarán sobrevivir, solos o con sus familias. ¿Y qué está relacionado con la supervivencia? Si no puedes depender de otros, obviamente hablamos de la autosubsistencia, que nos trae directamente conceptos como el de agricultura.  Así que se dará un éxodo de la ciudad y sus indigestos adoquines al campo, a buscar una mala tierra dónde sacarse para comer. Retroceder en parte a otra época. Por tanto en las ciudades nos quedan los trabajadores, que desempeñan por esa época trabajos no robóticos. Las empresas pueden disponer de los beneficios de lo barato que resulta fabricar con robots cada día más asequibles, menguados eso sí, por la cantidad de mercado potencial perdido, pero oigan, esa parte no la entiende la táctica empresarial, esos lumbreras de la pragmática y feligreses de Maquiavelo. A día de hoy casi todos. Si quieres ser competitivo en un competición de dopados, ¿qué tienes que hacer? Me ahorro ya el gorrito.

Bien, tenemos ahora una élite en las ciudades dónde viven bastante bien y a una gran masa en los alrededores de estas volviendo a la agricultura, ganadería y al comercio de supervivencia. Volverían a renacer manufacturas: ropa, utensilios varios, etc. El nivel de contaminación de las ciudades sería alarmante por tanto robot, por lo que buscarían sistemas para mantener las calles saludables… Fabricar lejos, sistemas de evacuación de residuos, alejar el aire de las fábricas…¿una cúpula quizá?

¿Les parece muy descabellado? Muy… ¿ciencia ficción? ¿novelesco?¿están buscando esa palabra?… ¿Un poco pesimista? Poco es decir poco, irrefutable la frase. ¿O no tanto tanto? ¿algo?

¿Saben lo que sí es inverosímil? La siguiente obviedad: Que un hombre se haya comprado una casa con su mujer a un precio sacado de su órbita por los distintos lobbies, hipotecados a 50 años simplemente para hacerle la comida a ella los domingos, compartir, poder vivir juntos y decirle que la quiere empañando ,al pronunciarlo, su cuello, como si fuese posible.

Que ese mismo sistema financiero que les exigió responsabilidad y avales, haya inventado, sobornado, engañado, robado y se haya desmoronado sobre su propia basura. Al fin de cuentas, es lo que también eran. Que hayan arrastrado a toda la economía en su caída. Que pudiesen gritarles a los gobiernos un “o me ayudas o esta sociedad se viene abajo con nosotros” (parte de razón no les faltaba) como se hiciese falta eso, como si  no los pudiesen comprar con títulos sin valor real, realidades a un político, bah. Que incluso repartieron dividendo y aligeraron peso, ¿qué va a ser esto? Ladrones sí, pero muy amañaditos eh. Que a causa de todo esto,  propiciaron una deuda bestial en los gobiernos. Que esta deuda impidió cualquier intento gubernamental de reactivar la economía por la crisis que ellos crearon y condenaron a permanecer en pie. Que esa crisis haya dejado sin trabajo a la pareja del principio. Que al no cobrar no pueden hacer frente a la hipoteca. Que les embargan la vivienda. Y que se pasarán media vida de esfuerzo pagando el bien del que los echaron.

¿Qué nos hace especiales? ¿Qué permitió a esa élite vivir en cúpulas y a nosotros llegar a plantearnos la monstruosidad que creamos, cuales doctores Frankenstein, al ver el cadáver de un bosque levantarse chirriante reconstruido de hierros y placas metálicas, con sus chimeneas recubiertas de hollín, como largos brazos estirados hacia el cielo, queriendo cogerlo, con sus manos de humo listas para estrangularlo, ahogarlo, hacerlo tan respirable como el fondo del mar. La respuesta, y así será hasta un futuro mucho más lejano que el planteado en la historia del principio, es la creatividad, la imaginación, la reflexión, lo humano. Y a pesar de que no se hacen todos los esfuerzos (la educación en este sentido es muy floja) , hemos alcanzado en estos días un nivel alto en ellas. El motivo es la libertad y facilidad de expresión global, que nos abre caminos y cruces en cada mente y llena de material que el cuerpo aprovecha para seguir su evolución biológica. ¿O ya no existe ese concepto? Pero hay problemas importantes que frenan el proceso. Incluso indican que a corto plazo pueda iniciarse una recesión, también en este sentido. Es conocido por todos lo poco que interesa para los gobiernos y lobbies varios esa creatividad fuera de mercado y censura. Lo conocido como cultura, la oficial, se vende… en otros casos se subvenciona, unos por un ¿qué tal tu mujer Paco, qué necesitas? Y otros muchos por el emblema del ministerio correspondiente bien visible en los créditos, la exposición o la plaquita del museo. Una técnica de marketing más, del malo (sigo creyendo que existe un bueno). Del que revuelve las tripas y calla las bocas.

Me planteo para la película el tema de los derechos de autor. Creo en los derechos de autor. Sí, son necesarios. Cualquier persona tiene el derecho de ser retribuida por su creación y trabajo. Es lo justo y lo que lo fomenta. Pero me horripila que a día de hoy John Lennon siga cobrando derechos de autor… ¿para qué los querrá? ¿cómo se los hacen llegar? Los bancos tienen sucursales en todos lados… pero ¿¡en el más allá!? En el infierno me lo creería, con sus televisores de regalo y sus trajeados empleados, una compensación del Diablo por tanta alma del sector agenciada. ¿No será que los cobran otras personas ajenas porque los han adquirido? Cobrar eternamente por el trabajo de otros, me quito el sombrero.

Pienso en mi película. Busco la manera de acabarla, un buen final, algo que perdure. El que no se deshace en la lluvia. No lo encuentro. Me digo: ¿sabes lo que de verdad es horripilante? No encontrarlo.

No es por vender más entradas, hay quién quiere ser rico y quién quiere tener dinero. Cariño, ¿hacerte llorar tendrá algún valor?

Se me ocurre un robot entrando a un escenario a tocar un poco de soul. Me gusta lo que significa, un final que abre una segunda parte, todavía más inquietante que esta, pero que se me escapa la manera de proyectarme tantísimo en el futuro como para poder abordarla de manera mínimamente factible y que no me tachen de loco, aunque ya sea tarde para esto último. Una pareja está sentada en el patio de butacas del Hyperteatro, esperando la actuación. Él la agarra a ella de la mano, acariciándole el dorso con la yema del pulgar, le pregunta por los días, el de hoy  y el de pasado mañana, y le dice que le quiere (Ciencia ficción, ciencia ficción,  estarán asintiendo en este momento algunas mujeres). La chica se coloca el pelo hacia un lado, suspira un dulce aliento que se cuela por las fosas nasales de él, siendo un ¡Gloria! en su mente. ¡Aleluya par el sin credo! Que cree que es el momento de dar las gracias al inclinarse, lentamente, dispuesto a besarla, conteniendo la caja de percusión improvisada en su torso, fundiéndose con la música y con ella en un beso tan apasionado que ni quince mil circuitos perfectamente ensamblados pudiesen tocar.

 

Manuel Gil Castro. Estudiante de ADE en la Universidad de la Coruña y de Realización audiovisual en la Escola de Imaxe e Son de La Coruña.

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UNA PINTA EN HAWORTH

por Basilio Pujante

 

Fui a Haworth, el pueblo natal de las hermanas Brontë, con dos objetivos que no logré: poder diferenciar por fin a las tres hermanas e inspirarme para una novela de aire postromántico. Lo único que me traje de aquel viaje exprés de día y medio fue una resaca de cerveza y un principio de bronquitis.

Amanecí en las pistas del aeropuerto de Bradford, la ciudad más cercana a lo que los ingleses han llamado, siempre he admirado su capacidad de vender a sus escritores, “The Brontë Country”. Tras alquilar el coche más barato y habituarme a conducir por la izquierda, me dirigí hacia Haworth zigzagueando por la verde campiña inglesa. Desconfío de los GPS, esos inventos que te llevan de un punto A a un punto B por el camino que se le antoja a una voz metálica y dictatorial, por lo que confié el breve recorrido a mi pericia interpretando mapas. Al contrario que en otras ocasiones, esta vez mi orientación no me falló y en una hora estaba en el aparcamiento aledaño a la casa donde vivieron casi toda su vida las tres hermanas escritoras.

La vivienda, propiedad durante varias décadas del reverendo Brontë, es una sencilla construcción de dos plantas de altura y siete libras y media de entrada. Tras echar un vistazo al breve jardín y al cercano cementerio, penetré en la casa, donde el ruido del suelo de madera se mezclaba con los cuchicheos de los estudiantes, los únicos visitantes que recibía la casa, junto a mí, aquella mañana de otoño. Las habitaciones me sorprendieron por su pequeño tamaño y por la torpeza con la que las autoridades las habían llenado con una barahúnda de libros, muebles, vestidos, menaje y todo tipo de parafernalia decimonónica. Lo mejor de la visita, al menos desde mi perspectiva mitómana, fue sin duda la contemplación del diván donde murió una de las hermanas (no recuerdo cuál).

Terminado el paseo por la casa, me dirigí de nuevo hacia el jardín, pero me sorprendió una fuerte lluvia. Tuve que resguardarme en la tienda de regalos, donde, mientras esperaba a que parara, compré un calendario con fotos de la casa y una goma de borrar (a pesar de que nunca uso lápiz) con la cara de una de las Brontë. Como la lluvia no escampaba y la minúscula tienda se comenzó a llenar de estudiantes deseosos de gastar sus libras, salí a la calle y corriendo alcancé el único pub del pueblo. Era apenas mediodía, pero la larga jornada (me había despertado en España a eso de las 3 de la madrugada) y las costumbres locales me indujeron a pedir algo de comer para acompañar la pinta de cerveza que me acababan de servir.

Mientras esperaba a que me trajeran el Roast Beef (“el mejor del condado” según la fea camarera), hojeé la carta y me enteré de que aquel pub, The Black Bull, tenía una curiosa relación con las Brontë. En aquel mismo salón de madera y alfombras donde yo comenzaba a masticar mi carne asada, se emborrachaba un siglo y medio antes Branwell, el único hijo varón del reverendo. Pintor fracasado y alcohólico empedernido, su ausencia en los libros de Historia me inspiró una pena que acrecentaba el hecho de estar sentado muy cerca de la que, según rezaba un cartel, era su silla en el pub.

Terminado el almuerzo y sin nada que hacer hasta la noche, en realidad hasta el día siguiente en el que salía mi avión, me dejé convencer por la anciana que atendía la oficina de turismo del pueblo, que me recomendó la agradable caminata que lleva hacia la zona conocida como Cumbres Borrascosas. El nombre, inspirado que no inspirador por la novela de Emily, y el agujero azul que parecía abrirse entre las nubes me terminaron de animar a realizar el paseo.

Salí a buen ritmo del pueblo y me adentré en los páramos que desde siempre asociaba a la literatura romántica inglesa. Tras cruzarme con un japonés que volvía de las citadas cumbres, el tiempo comenzó a hacerse más borrascoso y el camino más impracticables. Mis zapatos Camper apenas podían sortear las piedras, los baches y los charcos de un camino que comenzaba a convertirse en sendero.

Hay lluvias que mojan, lluvias que calan y lluvias que duelen. La que comenzó a caer sobre mí en aquel páramo inglés era de este último tipo. Sin paraguas ni chubasquero, la única solución que tuve fue apretar el paso contra el viento y guarecerme en The Wuthering Heights, el nombre del pub que encontré junto al camino. Allí, tras un café con leche que me hizo entrar momentáneamente en calor, desistí de mi intento de seguir los pasos de Heathcliff y aproveché una breve pausa de la tormenta para volver al parking.

Me despedí de Haworth con unos sentimientos contradictorios en cuanto al objetivo inicial de la visita: me había imbuido en el espíritu romántico, pero no esperaba que aquello acabara con mi ropa calada. Mientras pensaba en ello y recordaba los rincones de la residencia familiar de los Brontë, me perdí al buscar en Bradford mi hotel para aquella noche. Si me pidieran que escribiera un panfleto turístico sobre esta ciudad del Yorkshire apuesto a que “gris” y “anodina” serían términos que aparecerían en la glosa de sus bondades.

Ya era de noche cuando aparqué el coche junto al Hilton de Bradford y, tras esquivar una multitudinaria boda hindú que parecía celebrarse en el vestíbulo del hotel, me cobijé en mi habitación. Allí pude, por fin, terminar de secarme y ponerme la única ropa que quedaba en mi equipaje. Barajé la opción de adentrarme en las inhóspitas calles del centro de la ciudad que había observado en mi peregrinaje en busca del hotel, que me había llevado por prácticamente todos los barrios de la localidad, pero decidí cenar en el restaurante del Hilton.

La cena fue correcta y temprana, por lo que me vi abocado a una sobremesa nocturna, solitaria y etílica en el bar del hotel. Allí apenas trabé conversación con el camarero, aficionado del Arsenal (“Wannabe Fabregas” juro que rezaba la chapa con su nombre) e hindú como el 90% de los habitantes de Bradford que vi, y con dos lingüistas rusos. En su mal inglés me contaron, mientras yo trasegaba mi tercera pinta de Foster, que estaban en un congreso en la universidad local y que llevaban ya cuatro días alojados en el hotel. Yo les conté, mientras sorbían sus vodkas, que había ido allí, tan sólo por un día y medio, para visitar la casa de las Brontë, lo cual los dejó muy sorprendidos.

Al finalizar la cuarta pinta, y afectado ya por los vapores del alcohol, decidí retirarme a mi habitación, no sin antes aceptar varios chupitos de los lingüistas vodkafagos. Nada más meterme en la cama caí en un sopor y comencé a tener un sueño largo y confuso.  En él me veía a mí mismo sentado en las sillas de madera de The Black Bull, donde tomaba un café con leche. Al poco rato se me acercaba Branwell Brontë, que en español con acento hindú, me decía: “Has venido aquí a mendigar un poco de la inspiración de mis hermanas, pero acabarás como yo: borracho y olvidado, sin talento y tuberculoso”. Tras repetir varias veces lo mismo se iba y me dejaba terminando el café que yo tomaba en un vaso de pinta.

El reloj sonó a las 5 de la mañana, mi vuelo de regreso a casa salía también muy temprano, y me incorporé como pude en la cama. Vencidos por la resaca y el cansancio, mis ojos se negaban despegarse, mientras una densa tos se abría paso por mi garganta. Un par de horas después, sentado en el avión y víctima de una fiebre que crecía minuto a minuto, maldecía a las hermanas Brontë, a la lluvia, a los páramos y a aquel viaje que me había devuelto a casa con un principio de bronquitis y sin ninguna idea para mi novela.

 
 

Basilio Pujante (Murcia, 1982) es profesor de Lengua y Literatura en un instituto de Secundaria. Ultima una tesis doctoral sobre el microrrelato en la Universidadde Murcia, institución de la que fue becario de investigación. Ha publicado poemas y relatos en revistas como Manifiesto Azul, La rosa profunda o 5000 negros. Es miembro de la asociación literaria Colectivo Iletrados.

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XUBILACIÓN ACTIVA

por Charo Cuba

 

Desde que Pancho e Antón lle propuxeran o caso, non podía sacar a teima da cabeza; polo menos agora tíñaa ocupada en algo. Naturalmente, el negárase en redondo e eles marcharan decepcionados, pero entretíñase matinando e iso divertíao. Sara observábao de esguello, preguntándose que andaría tramando, e por fin parecíalle ver luz no fondo dos seus ollos.

Había un ano que, da noite para a mañá, o prexubilaran cos outros dous traballadores máis antigos da oficina. Entre os tres conseguiran a clientela e loitaran con ela desde que abriran a sucursal. Levaba trinta anos traballando como se o banco fose seu, investindo alí moitos esforzos e moitas ilusións, ademais, o mesmo banco llo recoñecera outorgándolle unha medalla como director exemplar. Nos últimos tempos empezaran a ter inspeccións de yuppies arrogantes con esixencias estrafalarias, que só falaban de optimizar recursos, de poñer en valor e de reducir custos, pero que non sabían nada de ir tomar un café cun cliente e interesarse pola cota do leite ou polos estudos dos netos.

Para el fora un mazazo. Cada vez que o pensaba sentía un lategazo de frustración no peito. Envolvíao, noite e día, unha nube de cinza que lle impedía apreciar as cores da vida. Pancho e Antón tomárano mellor, ou iso dicían eles, porque cando Sara o arrastraba para saír dar unha volta, tamén os vía andar desnortados, vagando pola vila. Facendo a ruta do colesterol, dicían eles.

El intentaba ocuparse, metódico e sistemático. Erguíase á mesma hora de antes, a pesar de que os pensamentos se lle desmandaban nun remuíño que tiraba por el cara ao fondo. Agora, empeñábase en facer sempre el a compra e en cociñar. Non perdía un programa de Arguiñano e facía, primorosamente, todas as receitas ao día seguinte. Tiña o dedo teso de facer solitarios no ordenador e, de vez en cando, sorprendíase apampando ante as telenovelas, aínda que disimulaba, cambiando de canal precipitadamente, cando oía chegar a Sara. Esgotara todos os encrucillados, autodefinidos e sudokus do mercado. “Fai encrucillados, papá, que son bos para a memoria”. A memoria e a lucidez eran, xustamente, as que lle arruinaban a vida. Xa non esperaba nada; non conseguía enganarse por moitos encrucillados que fixese. 

Cando os seus colegas lle falaran do asunto, tivo un primeiro momento de rexeitamento total e non quixo escoitalos. Pero a idea prendeu e foi enraizando ata que empezou a desenvolvela, coma quen resolve unha charada, só por xogar. E viu que tiña posibilidades. Chegou un momento que non podía pensar noutra cousa. Tiñan razón en que el era o máis idóneo para facelo: era un home cabal, tiña unha reputación de integridade e seriedade e tamén tiña máis información ca ninguén. Sabía o que tiña que facer e que paso dar en cada momento. El nunca deixaba as cousas a medias.

Nin nos máis grandes momentos de delirio se lle ocorrería a el só unha cousa así, pero, seguía dándolle voltas á cabeza, maquinando estratexias, optimizando recursos…

Unha mañá ao levantarse sentiuse máis lixeiro e notou que a nube de cinza era máis liviá. Latíalle forte o corazón cando levantou o teléfono e marcou o número de Pancho.

Sería un atraco perfecto.

 

Charo Cuba quedó en el paro a los 58 años y escribe historias como terapia contra la desesperanza.

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LOS COMENSALES

por Alberto Carpio

 

Querido Voltaire,
no me caben las palabras, no me sanan,
no sé cómo decirte, me siento un estúpido,
me acosan tantas páginas vanas sobre el bien,
tantas grandes palabras huecas
son un manto de barro sobre mis huesos,
mi carne es el mantillo de las cenizas de Lisboa,
la realidad se impone mi hermano,
no he visto aún a los niños ni a las mujeres,
sé que las iglesias se cayeron sobre las cabezas de sus familias
y no sé cómo se honra a los muertos,
ni cómo se les dice si ya no les importa.
Sobre la cama tibia
esta noche me ofrecerá su cuerpo una mujer viva y caliente,
me entregaré a su calor para hacer cesar las palabras.

Querido hermano, el asedio es inevitable,
no hacen falta bárbaros a las puertas de Constantinopla
el enemigo es muy otro,
mejor no contribuir a su encubrimiento,
mejor no decir tantas palabras para enturbiar los cuerpos y su dolor.
La arquitectura y los siglos y siglos de letanías y cantos
no esconden el momento crucial de la carne,
Eloim, Eloim, lama sabacthani
el velo material de las costumbres ha caído,
tampoco nosotros encontraremos los conjuros para tanto miedo,
sepamos ser humildes en la carne
como no lo fuimos en el verbo.

 

Alberto Carpio nació en 1983 en Sevilla, estudió Filosofía en la Universidad de Sevilla, y actualmente debería trabajar en su doctorado en la Universidad de Valladolid con una tesis sobre Claudio Rodríguez, pero realmente trabaja como profesor de instituto de lengua y literatura. En noviembre del año pasado ganó el Premio de Poesía Emilio Prados con su libro Los comensales (Pre-Textos, 2012), que tiene relación con la comida pero sobre todo con el comensalismo; la relación que se establece entre un animal que obtiene beneficio de otro sin dañarlo, como metáfora de cómo habitan en nosotros o habitamos en las personas –y escritores– que tratamos.

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